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jueves, 20 de junio de 2013
TAXI
Un frío súbito trepó hacia su garganta. Comenzó a temblar. Se incorporó mientras sus entrañas se le escapaban entre las manos. La gente lo siguió. Él pensó por un momento que tal vez estaba soñando, porque sólo en los sueños pueden las gentes verlo a uno caminar mientras se va muriendo.
- ¡Taxi!.. – gritó-. A un hospital, por favor.
El taxista lo miró. Iba a partir, cuando se dio cuenta de que manaba abundante sangre. Frenó en seco.
- Bájese- le dijo.
- Ya manché el auto – dijo él.
- ¡Bájese!
- Le daré mis zapatos, son nuevos y muy caros. Es lo único que tengo, todo lo demás me lo robaron- balbuceó.
- Démelos de una vez – lo apuró el taxista.
DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2012 Rogger Alzamora Quijano
NELSON, EL MARISCAL
Antes de salir, Nelson, El Mariscal, encargó al Doctor Miranda su atado con efectos personales y le pagó por adelantado. Su gabán negro se batía al viento. Nelson, El Mariscal, era alto, muy delgado, de larga cabellera y barba de año y medio. La claridad del día no le daba seguridad, pero esta vez no le importaría la impertinencia del sol.
- Nelsito, cariño -Betty, todavía estaba trabajando a esas horas.
- ¿No hay para el pan, preciosa?
- No he comido desde ayer ¿Adónde vas tan elegante?
- A casarme –dijo Nelson, El Mariscal, con voz solemne.
- Dijiste que te ibas a casar conmigo.
- Te prometo que le seré infiel. La engañaré contigo.
- Eres lindo. El más bello de mis amantes –Betty le sopló un beso desde su mano y le dedicó su mejor sonrisa.
Nelson, El Mariscal, le alcanzó un billete.
- Vete a casa.
Siguió su camino. Ningún rostro pacífico y ninguno confiable. La gente sana se extinguió el siglo pasado, pensó Nelson, El Mariscal. Llegó a la esquina de la iglesia y vio durmiendo sobre cartones a Felipe de Austria. Siguió caminando. Tomó la calle Normandía. Atravesó sin ascos los contenedores donde cada día se procuraba comida. No Nelson, hoy no. Hoy es un día de celebración.
- Nelson, El Mariscal, ¿qué te trae por Normandía? ¿Adónde vas?
Era Mosquito, el “dueño” de esa calle.
- A casarme.
- ¿No me invitas a la ceremonia?
- Cuida tu burdel y deja de joder.
Horas después, Nelson, El Mariscal, desembarcaba en la gran Avenida del Sur, su destino final. Casas hermosas, elegantes, costosas. Un enjambre de escolares salía del colegio. Chicos y chicas de uniforme gris, azul y blanco y corbatas rojas.
Nelson, El Mariscal, no evitó la colisión.
- ¡Mira, es Rasputín!!
Alguien tiró de su gabán. Una negra nube de buitres. Nelson, El Mariscal, siguió caminando. Le pareció que se le descoyuntaban los hombros, de tanto sopapo que le habían propinado.
Una voz de niña lo acusó ante su chofer:
- ¡Cuidado! ¡Es un loco peligroso!
El hombre, vestido de uniforme azul, lo ignoró. Nelson, El Mariscal le trató de decir que no, con la mirada. El bólido salió disparado. Los demás curiosos lo miraron entre asqueados y temerosos; siempre de lejos, guardando la prudente distancia que se debe guardar de los locos.
- Es guapo, -dijo una mujer a su amiga –un buen baño y me lo llevo.
La otra lo miró y sonrió.
Aunque burlón, el comentario era un gran regalo para ese día tan importante. Nelson, El Mariscal, encontró un parque verde y amplio, con unos pocos niños a quienes sus madres o nanas rescataron inmediatamente. Nelson, El Mariscal, los miró tratando de mostrarse amigable, pero sin conseguirlo.
Se sentó en una banca, destapó lentamente la botella, bebió tres grandes sorbos y se dispuso a esperar que lo envolvieran las definitivas sombras.
DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2013 Rogger Alzamora Quijano
miércoles, 19 de junio de 2013
SUEÑOS SON
despertar antes y dormir después de abrigarte
cerrar las puertas
apagar las luces
alistar el desayuno
las frutas
el café caricia
acompañarte
cruzar las calles
hacerte adiós
ver la nieve
y el olvido
la caliente comida
las nobles causas
los paisajes matutinos
los sueños sin tus brazos
la risa sin tus miedos
buscar colores para la morada
calentar proyectos imposibles
olvidar los pactos
abrazarnos con y sin abrigo
aferrarnos al sino esquivo
aunque después
la sentencia de Calderón de la Barca.
DE: versos conversos derechos Reservados Copyright © 2013 de Rogger Alzamora Quijano
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lunes, 17 de junio de 2013
DISQUISICIONES
Me quiere cuando lame mis heridas, cubre ausencias, remienda desgarros.
No me quiere cuando insulta, tira mi nombre a la ciénaga y lo malversa.
Me quiere cuando abraza y mira, cuando ríe, corre en la arena y no desanima.
No me quiere con su precaria lealtad y sus infamias.
Me quiere con su canto al teléfono.
No me quiere cuando escapa.
Me quiere cuando comprende y escucha.
No me quiere cuando juzga y sentencia.
Me quiere cuando me mira y me tiene.
No me quiere cuando se autoexilia.
Me quiere.
No puede.
No sabe.
De: versos conversos Derechos Reservados Copyright © 2013 de Rogger Alzamora Quijano
domingo, 16 de junio de 2013
LA FELICIDAD NO ES REDONDA
- ¿Cómo es que nunca lo supe?
Mi amigo Fabián tragó saliva. Sus ojos intentaron escapar. Noté un leve temblor en sus manos, mientras trituraba las migas de pan en la terraza de aquél elegante lugar que casi planeaba sobre el mar.
Todo comenzó en mi auto. En la radio sonó la voz de Varela. Yo me puse a cantar. Fabián volteó hacia la ventana. Yo intuí que estaba recordando a aquella bellísima muchacha de ojos color tierra, el amor de su vida, a quien –según yo sabía- él había abandonado. Un poco de ironía me bastó para desatar en mi amigo la tormenta.
Interrumpió abruptamente su conversación, puedo asegurar que para encerrar su llanto.
Ya en la terraza, cafés de por medio, Fabián siguió taciturno, mirando el amplio mar de Lima. La vista era espléndida, pero yo no la podía gozar plenamente porque allí mismo, en el mismo cuadro, en el mismo paisaje, mi amigo se desangraba. Parecía buscar algo en la lejanía, en la profundidad de las grises aguas. Las migajas saltaban de sus dedos.
- Mil años. Han pasado mil años –dijo-. No es que me haya puesto a contarlos. Sólo que para mí el primer día, la primera noche de total desvelo y angustia fue como mil años de todas las muertes juntas. El tiempo que vino después sólo fue acumulándose sobre esos mil años.
- Lamento habértelo dicho. Hubiera preferido… habría sido mejor que te quedaras sin saberlo– dije yo, a modo de arrepentimiento por haber dejado suelta la lengua- Ya para qué.
- Pues sí, habría sido mejor. Ya me había acostumbrado a la historia oficial, la que se contó a los cuatro vientos y todos la dieron por cierta. Yo también. Acuñé esa mentira en mi cerebro. Me acostumbré a sentirme culpable. Me convencí de que la inmolación había sido la mejor decisión. Mejor que amar y sufrir, extrañar y añorar, soñar, y no poder tener ni tocar.
Fabián se quedó mirando el mar. Su inmensidad lo fue envolviendo. Yo quedé en silencio, viendo el inminente retorno de mi amigo desde el pasado.
Todos sabíamos de su sacrificio. Todos de su infinito dolor. Pero no todos sabíamos que aquella mujer los desairó. Era bellísima, pensé. Fabián lo sabía. Era bellísima, recordé. No han pasado mil años como él dice, pero sí varios. Cinco o seis. Suficientes para olvidar, para renunciar, para continuar.
Era bellísima, pero no logró ser preciosa, concluí. Mi percepción acerca de los hechos cambiará. Ella no había esperado a que Fabián terminará de irse, para traicionarlo. Era bellísima. Nunca se me habia dado por hacer un juicio sobre ella. Ahora una opinión cincelaba repetidamente. Ella sabía que era bellísima. Buscó y encontró el arrullo en otros territorios menos sinceros, menos profundos… pero inmediatos. Echó sus anclas y olvidó.
Fabián dejó de mirar el mar, para mirarse él.
- La felicidad no es redonda– dijo.
DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2013 Rogger Alzamora Quijano
martes, 4 de junio de 2013
NOCTILUCAS
Todavía vemos el brillo de las estrellas muertas.
Todavía algún verano trae sonrisas nostalgia.
O nace una rosa centella y su encanto opaca el sol.
Brillos reales o milagros tangibles.
El mar que lleva tormentas duele y castiga.
Es el mismo donde nadan los sueños,
duerme la ofrenda y el sacrificio,
refulge el honor de los anónimos.
Hay de todo en el mar sin calma.
Brillos de paz y de muerte. Noctilucas del desespero.
Viven y se apagan los cielos tormenta.
Reverberan y se calcinan. Noctilucas del desespero.
DE: BITÁCORA DE LA FELICIDAD Copyright © 2013 de Rogger Alzamora Quijano
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domingo, 2 de junio de 2013
LAGO NEGRO
Por segunda vez estaba en ese pueblo, en la sierra del Perú, pequeño, hermoso, casi vacío de gentes pero lleno de cultura e historia. Una semana antes, mientras revisaba el periódico, mis ojos se detuvieron en una crónica acerca del mismo Lago Negro que allí conocí.
Entre el pueblo y la montaña hay apenas un par de kilómetros. Tal vez un poco más. La cuesta no es pronunciada. Saliendo por el lado oeste de la ciudad uno se topa con el Lago Negro, junto al camposanto. Es un lugar solitario, donde el aire frío sopla inclemente en toda época, según me dijeron. Un lugar donde ni en su cenit el sol logra calentar.
La crónica cuenta que una princesa y un modesto amauta caminaron hasta la cumbre de la montaña para aprovechar la que quizá sería la única oportunidad. Con la complicidad del sol, el viento, las montañas y los apus, decidieron unirse en unas nupcias originales y sinceras. Aquella brillante mañana, la princesa olvidó su solitaria vida -de rígida disciplina establecida por su padre, el severo curaca. Habló de sus sueños, tan modestos como los de una doncella: amar, tener hijos, ser feliz. Y se casaron solo para corroborar la supremacía del sentimiento, más que como un vano ritual. Algo muy suyo, algo que significaría la celebración de un amor único, total y definitivo. Hicieron sus alianzas con los ichus frescos de la puna y brindaron con agua de la lluvia empozada en la roca. Luego treparon hasta la luna mientras descubrían allá, sobre la línea del poniente, un futuro de preciosos colores y esperanzas. Se juraron fidelidad hasta la muerte.
Sin embargo, un día en que la espera infructuosa la aplastó hasta la soledad, la princesa aceptó un marido. Se casaron. Olvidó sus promesas, por la realidad y la cercanía.
Cuando se enteró, el amauta resistió inquebrantable el desaire.
Mucho tiempo después, la princesa y el amauta se encontraron junto al Lago Negro. Según el cronista, allí fueron vistos por última vez. Y mientras se miraban a los ojos, de pronto desaparecieron.
No se supo más de ellos. El escándalo cundió, como es de suponer en un pueblo pequeño. Y aunque el furioso marido de la princesa usó todo su poder, jamás logró hallar evidencias. Poco tiempo después moriría sin haber saciado su venganza.
Recoge el cronista que el Lago Negro se tragó a los amantes y de inmediato oscureció sus aguas transparentes, para que en sus profundidades pudieran los amantes cumplir su promesa sin obstáculos. No faltan los que aseguran que por las noches se escuchan risas y voces de niños, en constante celebración y boato.
El Lago Negro es el mundo de los amantes, que en vida no lograron realizar sus sueños.
DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2013 Rogger Alzamora Quijano
miércoles, 29 de mayo de 2013
EL TERREMOTO DE 1970
Dedicado a los testigos del 31 de Mayo de 1970 en Ancash y el Perú.
Escribe: Rogger Alzamora Quijano
Hace cuarenta y tres años, una tarde de mayo, el cielo se volvió tierra.
Hace cuarenta y tres años, la tarde del 31 de mayo, el dolor atropelló la hermosa tarde soleada.
Hace cuarenta y tres años, el 31 de mayo, poco después de las 3 y 20 de la tarde, por alguna razón –o ninguna- la tierra se enfureció con Ancash. Nadie podía entender cómo los paisajes más bellos del planeta se iban convirtiendo en un amasijo de sangre, tierra, agua, llanto, caos, destrucción y muerte.
Los horrendos espasmos duraron 45 segundos. Puede parecer poco tiempo, pero en 45 segundos cien mil vidas se apagaron, otro medio millón se quedó sin techo. Cientos de miles de sobrevivientes fueron confinados para siempre entre la ausencia y la soledad. Todo un país y parte del mundo se unieron al lamento.
Alguien movió la tierra con furia. Alguien le arrancó un brazo al macizo Huascarán y provocó que su torrente bajara incontenible, rugiendo terrorífico y sepultando la bella y noble Yungay, la ciudad de las cuatro palmeras.
Tras días enteros de hambre e incertidumbre, el cielo de polvo fue recobrando su azul intenso. Los rostros fueron recobrando la ilusión, se multiplicaron los planes. Nuevas casas, calles, plazas, mercados emergieron de los escombros. Las esperanzas fracturadas eran reparadas con ayuda de gentes venidas de ultramar. Aunque hablaban lenguas indescifrables, tenían la llave maestra para abrir los corazones: el amor. Hubieron también algunos oportunistas que no dudaron en comerciar con el dolor humano yo apropiarse de donaciones y dineros destinados a la reconstrucción.
Hace cuarenta y tres años algunos quedamos en pie, testigos del dolor, el coraje y el inexcusable crimen.
(Fragmento) Derechos Reservados 2010 de Rogger Alzamora Quijano
miércoles, 22 de mayo de 2013
ELLA
ella contaba los días,
ella apilaba los sueños,
ella mordía la esperanza,
ella se intoxicaba,
serenamente
con todas las muertes.
DE: versos conversos Copyright © 2011 de Rogger Alzamora Quijano
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viernes, 10 de mayo de 2013
CAMINANDO CON MAMÁ
Agustina: 36 años después tengo fresca nuestra historia. Déjame contarla ahora.
Agosto en Lima. La temperatura dice que hace un poco más de diez grados, pero la realidad la desmiente. Hace mucho más frío.
Tengo diecisiete años pero hoy no siento frío. Lo que tengo es angustia. Vine muy temprano ansiando abrazarla y la encontré levantada, pálida, adolorida.
La ayudo a alistarse.
Tengo diecisiete, repito. No tengo frío, repito. Tengo angustia, repito, pero además tengo preguntas que martillan mi cabeza y esas no quiero repetirlas. No sirven las dudas existenciales ahora.
Bajamos los casi veinte escalones de madera. La pensión es una casa antigua y mi madre está hospedada aquí desde esta madrugada. Yo estoy alojado más lejos, en Barranco.
Luego del lento descenso, ya estamos en la calle. Casi las siete de la mañana.
Unas cuantas personas nos miran, quizá sin comprender.
Yo tampoco comprendo mucho.
Mamá me pide que le ayude a mantener erguida su cabeza.
La primera estación del vía crucis debe ser la esquina, apenas a diez metros de la puerta de la pensión. Llegamos allí. Nos miramos. Es decir, la miro. Ella trata de no mirarme.
Emprendemos otra vez la travesía.
Voy pegado a ella, tratando de seguir sus instrucciones. Un poco más hacia acá o allá, abajo o arriba, así, allí está bien. Aunque habla serena, siento que mi madre tiembla.
Tengo diecisiete y no pienso en la muerte. Sólo pienso en mi madre, en llevar su cabeza entre mis manos, tratando de mantenerla quieta, absolutamente quieta. Cuando lo logro, ella deja de sufrir.
Pienso en llegar pronto a la siguiente estación. Hasta la esquina, dice ella al notarme cansado. Un poco más, hasta la esquina.
Cuando llegamos a la esquina, veo el reloj: siete y treinta y tres. Media hora para ciento diez metros. Nos faltan otros ochocientos. Miro al cielo, pero no tengo tiempo de suplicar. Debo tomar su cabeza y seguir viviendo aquí, en esta calle, en esta nueva obsesión por la quietud absoluta.
Cuatro horas después estamos frente a la puerta de emergencia del hospital central. Ella y yo empapados en sudor. Puedo ver que sus ojos están mojados, pero ella, al sospecharlo también, dice: qué calor. Y se seca la frente y, soterradamente, las lágrimas.
Yo pienso en los límites del dolor. Me pregunto qué extraña fuerza nutre su valentía.
Y por un instante soy feliz.
Porque si ella es valiente, también yo lo seré.
Pronto su rostro agotado me reclama. Entramos. Un médico va de salida en el larguísimo trecho entre la calle y la puerta de ingreso. Le pregunta algo. Ella responde. Yo veo el traje blanco como si fuera una luz. Le quiero decir algo, pero ya él va de regreso. Ella se limpia el sudor y me dice que esperemos allí mismo.
El médico retorna muy pronto, con una enfermera, un collarín ortopédico y una silla de ruedas. Ella suspira y vuelve a suspirar, mientras la enfermera le coloca el collarín y la ayuda a sentarse.
Mamá me toma del brazo y me da las gracias con la mirada. Ya no tiembla.
Yo también suspiro.
Es cuatro de Agosto. Mamá y yo hablamos de muchas cosas mientras aguardamos por una cama disponible. Alguien nos dice que en otro hospital afiliado la aceptarán. Y nos envían en una ambulancia por todo Lima, buscando aquí o allá la habitación que nos dará sosiego. No hay cupo dice uno, no hay cupo dice otro; el seguro no paga a tiempo, dice otro. Regresamos al hospital central. Está cayendo la tarde.
Quizá reforzado por la valentía que ella me contagia, me despabilo y entro a exigirle -a no sé quién- que encuentre una cama. No sé si lo amenazo, no sé si le imploro. No importa. Él me escucha y promete que en media hora tendremos habitación. Casi una hora después ella ya está instalada en su habitación.
Faltan diez días para tu cumpleaños, le digo. Ella sonríe.
Sí, dice. Ya para eso estaremos en casa.
Y nos iremos al teatro, le digo.
Ella asiente.
Ella sabe que no será así. Yo siento lo que ella sabe.
La miro y ella a mí. Si ella no llora, tampoco yo lo haré. Pero me dan tantas ganas. Ha sido un larguísimo día y todavía no puedo creer que estemos en una habitación del hospital.
Ella me pide que mañana le traiga su tejido. La veo sonreír. Los palitos de tejer vuelan en sus ojos.
DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2013 Rogger Alzamora Quijano
Agosto en Lima. La temperatura dice que hace un poco más de diez grados, pero la realidad la desmiente. Hace mucho más frío.
Tengo diecisiete años pero hoy no siento frío. Lo que tengo es angustia. Vine muy temprano ansiando abrazarla y la encontré levantada, pálida, adolorida.
La ayudo a alistarse.
Tengo diecisiete, repito. No tengo frío, repito. Tengo angustia, repito, pero además tengo preguntas que martillan mi cabeza y esas no quiero repetirlas. No sirven las dudas existenciales ahora.
Bajamos los casi veinte escalones de madera. La pensión es una casa antigua y mi madre está hospedada aquí desde esta madrugada. Yo estoy alojado más lejos, en Barranco.
Luego del lento descenso, ya estamos en la calle. Casi las siete de la mañana.
Unas cuantas personas nos miran, quizá sin comprender.
Yo tampoco comprendo mucho.
Mamá me pide que le ayude a mantener erguida su cabeza.
La primera estación del vía crucis debe ser la esquina, apenas a diez metros de la puerta de la pensión. Llegamos allí. Nos miramos. Es decir, la miro. Ella trata de no mirarme.
Emprendemos otra vez la travesía.
Voy pegado a ella, tratando de seguir sus instrucciones. Un poco más hacia acá o allá, abajo o arriba, así, allí está bien. Aunque habla serena, siento que mi madre tiembla.
Tengo diecisiete y no pienso en la muerte. Sólo pienso en mi madre, en llevar su cabeza entre mis manos, tratando de mantenerla quieta, absolutamente quieta. Cuando lo logro, ella deja de sufrir.
Pienso en llegar pronto a la siguiente estación. Hasta la esquina, dice ella al notarme cansado. Un poco más, hasta la esquina.
Cuando llegamos a la esquina, veo el reloj: siete y treinta y tres. Media hora para ciento diez metros. Nos faltan otros ochocientos. Miro al cielo, pero no tengo tiempo de suplicar. Debo tomar su cabeza y seguir viviendo aquí, en esta calle, en esta nueva obsesión por la quietud absoluta.
Cuatro horas después estamos frente a la puerta de emergencia del hospital central. Ella y yo empapados en sudor. Puedo ver que sus ojos están mojados, pero ella, al sospecharlo también, dice: qué calor. Y se seca la frente y, soterradamente, las lágrimas.
Yo pienso en los límites del dolor. Me pregunto qué extraña fuerza nutre su valentía.
Y por un instante soy feliz.
Porque si ella es valiente, también yo lo seré.
Pronto su rostro agotado me reclama. Entramos. Un médico va de salida en el larguísimo trecho entre la calle y la puerta de ingreso. Le pregunta algo. Ella responde. Yo veo el traje blanco como si fuera una luz. Le quiero decir algo, pero ya él va de regreso. Ella se limpia el sudor y me dice que esperemos allí mismo.
El médico retorna muy pronto, con una enfermera, un collarín ortopédico y una silla de ruedas. Ella suspira y vuelve a suspirar, mientras la enfermera le coloca el collarín y la ayuda a sentarse.
Mamá me toma del brazo y me da las gracias con la mirada. Ya no tiembla.
Yo también suspiro.
Es cuatro de Agosto. Mamá y yo hablamos de muchas cosas mientras aguardamos por una cama disponible. Alguien nos dice que en otro hospital afiliado la aceptarán. Y nos envían en una ambulancia por todo Lima, buscando aquí o allá la habitación que nos dará sosiego. No hay cupo dice uno, no hay cupo dice otro; el seguro no paga a tiempo, dice otro. Regresamos al hospital central. Está cayendo la tarde.
Quizá reforzado por la valentía que ella me contagia, me despabilo y entro a exigirle -a no sé quién- que encuentre una cama. No sé si lo amenazo, no sé si le imploro. No importa. Él me escucha y promete que en media hora tendremos habitación. Casi una hora después ella ya está instalada en su habitación.
Faltan diez días para tu cumpleaños, le digo. Ella sonríe.
Sí, dice. Ya para eso estaremos en casa.
Y nos iremos al teatro, le digo.
Ella asiente.
Ella sabe que no será así. Yo siento lo que ella sabe.
La miro y ella a mí. Si ella no llora, tampoco yo lo haré. Pero me dan tantas ganas. Ha sido un larguísimo día y todavía no puedo creer que estemos en una habitación del hospital.
Ella me pide que mañana le traiga su tejido. La veo sonreír. Los palitos de tejer vuelan en sus ojos.
DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2013 Rogger Alzamora Quijano
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