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lunes, 27 de abril de 2020

EL INMORTAL


No señor, se equivoca.

Lo conozco mucho más que usted. A él la vida le dio la espalda, ahora él se cobrará la revancha. Sepa usted que su madre murió mientras él nacía y su padre no lo supo, por andar de tocachín. Debió llamarse Andrés como su abuelo y le pusieron Juan, como el padrino al que terminaría odiando. Ni siquiera había cumplido seis años cuando le hicieron responsable de las cuarenta cabras del padrino. Aún así, se daba tiempo para ayudar a Melchora a cocinar el arroz, servir la comida y lavar los platos. Era un buen cantante, aunque en el coro de la iglesia siempre le negaran el Mi. Cursó la primaria como el mejor en matemáticas. He de contarle, además, que en segundo de secundaria vio morir a Marisa, aquella niña pecosa que había conocido durante el baile de la primavera. Poco después, a los catorce,  rechazó la oferta del padre Du Bois que quería llevarle con él a Bruselas. Yo lo conocí en los tiempos en que aún dormía en los canastos de la trastienda del mercado de frutas. Él con el violín y yo con ta guitarra, solíamos cantarle a la alevosía, mientras nos emborrachábamos con mezcal de noventa y sal de gusano. Así era él de leal. Silencioso, arisco y cauto, Juan siempre se enfrentó a su destino. 

Ahora todos se creen con el derecho de juzgarlo. No señor, ni usted ni nadie lo conoce como yo. Creen que nació de pie, que todo le llovió del cielo. Haber vivido setenta años es una proeza para alguien como Juan. Y por eso mismo, se ha ganado el derecho de celebrarlo a su manera: con la muerte. Porque a un destino esquivo y traidor como el suyo, no se le concede nada.



Derechos Reservados Copyright © 2020 de Rogger Alzamora Quijano

jueves, 13 de octubre de 2016

CERCA DEL MOLDAVA



Van a dar las seis. Nueve amigos bebemos cerveza en el Karlovy, venimos de recorrer la ciudad vieja. Nuestras risas parecen flotar sobre el rumor del Moldava. Los colores son fastuosos. Hace sol. Todas las mesas revientan. La multitud está despidiendo el verano. Nuestro dispendio presagia cerveza y shisha, de aquí hasta la madrugada. Al cabo, Daniel y Pavel vomitarán en alguna esquina, los embarcaré en sus trenes y me quedaré solo por un rato más. Siempre es así.

Mis ojos están sobre el Karluv, pero yo estoy en el Sena, un par de años atrás, en un bar como este, con Elisa y sus amigos. Elisa me explica los chistes en polaco, no lo sé, me gustaría entenderlos yo mismo. Elisa trata de que no me aburra. Yo río con algo de piedad. Elisa tiene sentido del humor pero no sirve para contar ni medio chiste en buena forma. Tímidas olas visitan la orilla, no sé si del Moldava, del Sena, o de cualquiera de los ríos que hemos visto juntos. Demasiados ríos en mi vida.

Mis amigos siguen sacándose los trapos sucios entre carcajadas. Tengo guardada una mueca para ellos. Lo saben pero no me lo reprochan.

Cuando Elisa soñó con Praga estábamos recostados en la cama después de hacer el amor. Lo dijo con tanta convicción que me animó. Conocía ese tono de voz tan decidido. Y tan falso. Le gustaba lanzar palabras y planes. "Sin pretextos", le advertí. Me miró. Para Elisa era natural inventar subterfugios. Luego de unas horas, y mientras caminábamos por Voie Pompidou, encontramos el mes y la semana, el momento propicio para ir a Praga. Luego empezaría la etapa de los excesivos detalles. Todo comenzaba a virar hacia la dirección indeseada.

Dos días después abortamos la idea y luego firmamos la ruptura.

Me he levantado. Mis amigos me miran. Voy a caminar por Karluv most, ya vuelvo. A la mierda el shisha, pienso, fumaré cigarros de verdad.

El Moldava comienza a desaparecer en la penumbra. Enfrente, se va levantando un paisaje opaco y más allá una oscuridad aterradora. Las estatuas del puente parecen acecharme todos al mismo tiempo. Como las noches en los malecones o los puentes sobre los ríos andinos, que Elisa y yo atravesamos en tiempos de gozo.

Es una Elisa sin gloria, caminando mientras lanza gajos. Demasiado imperceptible como para significar nostalgia. Quizás solo un opaco recuerdo, como esta noche cerca del Moldava. Dejo escapar un improperio.

Después de media hora, encuentro más efusivos a los muchachos. Me miran. Van a dar las once. Me sumo al cónclave, con sendos sorbos de cerveza. Una carcajada sirve para maquillar los éxodos.



Fragmento extraído del libro: Y ENTONCES Derechos Reservados © 2020 de Rogger Alzamora Quijano

martes, 11 de agosto de 2015

LA RETIRADA

Te otorgué los más rendidos epítetos y reclamé a los demás el pedestal que creí merecías. Pero tú ya no estabas. Me estrellé una y otra vez contra el muro de tu silencio. Como si tuvieras de qué avergonzarte. Pese a mis esfuerzos, te negaste a acpetar los hechos. Hubiera sido más fácil enfrentarlos aceptando que el amor se puede acabar a la vuelta de la esquina. Pasaron los días. Mientras yo intentaba una coartada, tu desidia me desmentía y tu silencio alimentaba las sospechas. A los ojos del resto habías claudicado, quien sabe si para eludir el escarnio. Recorrí cada una de las miradas. La decepción cundía en la sala. Después de eso, cada vez con menos convicción fui enumerando tus talentos. Tu ausencia multiplicó el desconcierto. Tu nombre encabezaba las fotografías en mis redes sociales. En todas parecíamos sólidos y enamorados. ¿Por qué darle alimento a los buitres? De haber aisitido les habrías obligado a beber de su veneno. Pero callaste. Optaste por un escape sin gloria, cuando debías mostrar coraje y entereza. ¿Yo? Devastado, me fui cruzando el festín de murmullos. No me interesa ser el bueno de la película. Lo que quedó de ti fue aquella foto que mostraba tu insolayable intención. DE: EL JUEGO DE LA VIDA Copyright © 2015 de  Rogger Alzamora Quijano

viernes, 16 de enero de 2015

PARA QUÉ



Me dejó en su casa. Las nueve de la mañana. Es un día de otoño.

Habíamos llegado en autobús y las cuatro cuadras que nos separaban de su casa las caminamos en silencio. Me mostró la mesa. Ahí tienes, dijo. Tiró las llaves sobre el mueble y se fue. Los folios, agrupados con un clip. Más allá, fotografías, una cajita con discos, un vaso publicitario lleno de bolígrafos y un cenicero vacío.

Primera hoja:

"Fecha Ene/3. No contestó. La llamé diez veces. Dejé mensajes en el buzón de voz: 'Es posible que el usuario no esté disponible o se encuentre fuera de alcance'. En WhatsApp, última vista, ayer a las nueve de la noche.
El cuatro por la mañana, al no tener noticias, fui a buscarla a su casa. Su madre me atendió un tanto confundida, pero sin pizca de alarma. Eso me tranquilizó, pero también me dejó sembradas más dudas. Al final de la tarde apareció en mi puerta. Cariacontecida, me dijo que la hermana de su amiga de colegio y tal, que sin intención sea fueron a la Polmalca y tal, que su teléfono murió de tanto intentar llamarme y tal, y a su madre le alcanzó a explicar, pero que para mí se cortó la línea. Que Cartavio es un pueblito complicado para los celulares. Que lo sentía mucho y que me invitaba un chifita para reparar su ausencia y compensar mi angustia.

No era angustia, eran dudas, sospechas. Pero no le dije eso. Solo le dije que no, gracias. Que se fuese a su casa y mañana hablaríamos. Que tenía mucho que hacer. No me creyó, pero igual se fue. No dormí bien por alistar mis argumentos. No dejar nada al azar, porque seguramente aprovecharía cualquier inconsistencia. Ella no imaginaba lo que yo sabía. La primera vez, hace una año, tuvo también una extraña desaparición por casi tres horas. La segunda, hace seis meses, Lucas me envió su foto a mi WhatsApp: una de sus amigas posteó una foto (que unas horas más tarde retiró), con Lucero y unos amigos lanzando gallos en un karaoke de Huanchaco, después que ella me dijera que aquella tarde se iba temprano a casa porque sentía el cuerpo apaleado debido a un inminente resfrío. Después, al ser descubierta, ensayó uno de sus consabidos ataques a modo de defensa: píldoras acerca de la confianza y la fidelidad. Siempre le habrá dado resultado.

Como un molde, los días subsiguientes a cada episodio, se mostraba absolutamente dócil, entregada, querendona. De hecho, no es habitual en ella. Parece que después de comprender la magnitud de su traición, inevitablemente se derrumba y va a parar primero al especialista, después al sanatorio. Cuando la visito en su retiro, siento pena e infinito amor por ella. La amo tanto que olvido todo y me dedico únicamente a consentirla y atenderla. Y por su mirada siento que ella también me ama. Me pide perdón mil veces, y cuando le pregunto por qué, me mira largamente, calla y rompe a llorar amargamente. Por eso ya no le pregunto. Sólo le digo, está bien, está bien. Y cambio de tema.

Su tratamiento dura un mes o más. Es un mes donde podemos sentirnos cercanos y unidos. Al término, sale radiante. Yo voy a recogerla a esa casa grande, aislada de la ciudad, adonde Lucero no quiere que su familia vaya. La mayoría de sus compañeras la despiden con mucho cariño. Tiene el don de hacerse querer. Es muy generosa y capaz de dejar de comer para que otro lo haga. Esa es una razón más para admiradla y quererla como el primer día. Pero, ¿qué tiene que pasar para que ella rompa esos códigos, su lealtad, y ponga en riesgo todo: nuestra relación, sus vínculos familiares y su salud emocional? ¿Alguien la manipula de una manera que ella no pueda resistir? ¿Alguien conoce sus debilidades más que ella misma? Y si no es así, ¿es ella quien busca la aventura de un instante de placer? ¿Es solo una aventura o es una forma de hartazgo? ¿Acaso la necesidad de anclarse en su pasado? ¿Es autodestrucción?."

He dejado de leer. La habitación es grande. Por aquí, como dije, la mesa con sus manuscritos. Unos cinco pasos más allá, junto a la ventana, el escritorio con un computador, libros apilados, otro cenicero vacío y una botella con agua. En la esquina de ese lado su cama, un velador con un par de libros y una lámpara azul. Alrededor, más anaqueles con libros, un par de pesas y una bicicleta estacionaria. En las paredes, dos cuadros, siete fotografías familiares -yo aparezco en cinco de ellas-, y dos grandes ventanas desde donde se puede oír el rumor del mar.

Me cuesta volver a enfocarme. Hay todavía más, pero tengo miedo. Me voy a saltear algunos párrafos, demasiado explícitos.

"La sospecha es un plato que quema aunque esté frío. Hace medio año yo confiaba en ella. Ahora no me reconozco. No la reconozco. Solo tengo una foto que no prueba nada, algunas conclusiones y que quizá no pasan de ser eso. La sospecha, sin embargo, es un aluvión. Nada lo contiene. No es racional. Son conjeturas. Pura intuición. La suma de ambas. Y concluye con un írrito concepto del amor."

Quince folios de puño y letra. Leer lo que no esperaba. Lo que no quiero seguir leyendo. Un amor malgastado que imaginé provechoso y hasta eterno, por más exagerada que sea la palabra. Porque Lucero me dio esa pista. Porque nos la dio a todos, hace mucho tiempo.

Quince folios puede ser demasiado o muy poco, según quien los lea. Descubrir el sufrimiento de tu mejor amigo condiciona la opinión y las fuerzas. Luego de una hora y media me niego a leer la última página. Ya no quiero más. No es necesario. Fechas, horas, trances, argucias, estratagemas, excusas, idas y retornos. Todo minuciosamente registrado. Ahora puedo entender. Me arrepiento de haber confrontado a mi amigo de la forma en que lo hice, lindante con la canallada.

Según esto, Lucero había logrado por mucho tiempo disfrazar de ficción la realidad, con una depurada técnica de negación y distorsión de la realidad. Me da pena por ella y, después de esto, estoy de acuerdo con Lorenzo. Reconozco que yo lo hubiera hecho peor. Admiro en él la sensatez y la ecuanimidad para tomar el camino más doloroso, sin atisbo de repudio ni revancha. Aunque Lucero es mi hermana, celebro la decisión de Lorenzo. Estaré del lado de ella, ahora que ya mi amigo no irá al sanatorio.

Voy a dejarle una nota breve. Me disculparé con él y le dejaré clara muestra de mi posición. Pero también que antes que amigo soy hermano, y debo cumplir mi deber. Lorenzo lo entenderá.

Algún día, si ambos nos lo permitimos, recuperaremos el puente que construimos cuando niños.



DE: "EL JUEGO DE LA VIDA" Copyright © 2015 de Rogger Alzamora Quijano




lunes, 29 de diciembre de 2014

TANIA



Es año nuevo.

Siempre he pensado que el primero de enero es el día más triste del año. Las calles no solo están en silencio, están vacías. Es verano en Lima. El mismo sol de todos los años nuevos: un sol inútil.

He salido. Llevo lentes oscuros, sandalias y sombrero. El silencio contagia, aprisiona, coarta. Habitualmente soy parco. Igual, es demasiado el silencio del año nuevo. Lo peor no es que todo esté cerrado, sino que ni el hambre puede evitar este silencio que aplasta.

Llegan los tibios murmullos de los árboles. No sé si estoy buscando algo o solo quiero comprobar la vacuidad del primer día del año. Los semáforos funcionan para nadie. Cruzo. Hasta podría caminar sin prisa por la pista. Esto no es armonía, como dicen algunos, esto es vacío.

He llegado al parque, donde habitualmente corro. Sólo dos bancas ocupadas de un total de catorce. Vuelvo a contar, son quince. Hay dos parejas de enamorados, distantes una de otra. El mismo ritual: se miran, hablan, sonríen, se acarician, se seducen. Me he quedado parado. Esto mismo solíamos ver con Tania, desde la ventana del séptimo piso del hotel, cada fin de mes. Más abajo flamean las descoloridas banderas que pretenden darle categoría a este hotel de medio pelo.

Un tipo cruza intempestivamente. Rompe mi abstracción. La vida está llena de paréntesis. Nos apartan de la realidad, de la sensatez, de la cordura, de la razón.

Tania.
¿Qué estará haciendo en este momento? ¿Dibujando eses en las arenas de playas ignotas? ¿Corriendo, cual gacela montaraz por las colinas provincianas? ¿Echando vapores de hirviente aliento en las gélidas calles nórdicas? ¿Gastando el tiempo en los pasillos de cines, bares, mercados y hoteles? ¿Buscando en iglesias, mezquitas y sinagogas la fe perdida? ¿Soslayando sus traiciones en puertos olvidados, cruceros absurdos y románticos trenes? ¿Reemplazando sus sueños con falsos afectos?

Suena mi teléfono.
Es Paco. Me dice: ¡Feliz año nuevo!... (Silencio) ¡Hey flaco, desmodórrate! (Silencio).

Piensa que se cortó la llamada, por eso vuelve a decir: Alex, ¿me escuchas?
Le digo que sí, que qué pasa, que para qué me llama.
Paco suelta un improperio. Te llamaba para deserte feliz año. Y cuelga.

Que no joda.


De la colección: EL JUEGO DE LA VIDA © 2014 Rogger Alzamora Quijano

sábado, 11 de octubre de 2014

CANTANDO A DIOMEDES



«Donde habite el olvido
En los vastos jardines sin aurora
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas..»


Luis Cernuda



Fue una tarde caótica.

Un viernes en que la oficina hervía de vendedores. Todos ajustaban sus cuentas, llamaban a clientes indecisos para cerrar algún trato en la hora nona. Iban y venían, sudorosos y angustiados. Como todo fin de mes.

- Buenas...

Entró sin esperar respuesta.

La había visto antes. Era la colombiana, Gerenta de Ventas. Rosada, ojos verdes, sonrisa cáustica, cabello amarrado, falda breve.

Se sentó y sutilmente sugirió revisar ciertos contratos rechazados por el Departamento de Verificaciones.

Así empezó la historia, medio en serio, medio en broma. Tal vez por eso se acostumbraron a la confusión. Entre las confrontaciones laborales y sus coqueteos, hubieron de reinventarse a cada minuto, uno tras otro y peor episodio. Distancias abismales que el amor no lograba soslayar. Sentimientos insoslayables que se agazapaban siempre tras algún vallenato de Diomedes. Cantaban y silbaban la voz del Cacique de la Junta y el acordeón de Juancho Rois. Era natural y tenía muy mala voz, pero él adoraba ese descaro. No había otra opción. No cumbias, no huaynos ni valses ni festejos ni marineras. Valledupar y el Magdalena le salían por los poros.

Para diciembre la tragedia fue inevitable, excepto por unos cuantos devaneos en aquél alérgico rincón de San Borja Sur. Luego de eso poco y nada. Era tan linda como intransigente. Y tenía razón. Él no renunciaría a nada por su causa. La adoraba, pero nada más.

Aquella tarde de viernes de cierre de ventas, le citó a tomar un café. Usó su mejor sonrisa. Cuando estaban frente a frente, le pidió las llaves del departamento. Él no se sorprendió. Dos meses después, entre tumbo y tumbo todo terminó. Tal como empezó, medio en serio medio en broma, y cantando a Diomedes.

Cinco noches para decir adiós. Cinco más para volver a intentarlo. En diez noches, ella siempre se durmió. En esas diez noches, él nunca.




DE: "EL JUEGO DE LA VIDA" Copyright © 2014 Rogger Alzamora Quijano

domingo, 25 de mayo de 2014

WANDOR WINDOR



Como siempre, Wandor Windor era el primero de la fila.

Lo quedaron mirando. Wandor Windor estaba preparado para todas las burlas del mundo. Se alisó el pantalón de polistel marrón sobre los deformes zapatos mientras Pilatos seguía llamando a sus jugadores: hey Batán, aquí; Cacique, Cirujano y Mago. Pilatos, el todopoderoso alero zurdo tenía el ceño fruncido, los aludidos se ubicaban en sus lugares chinos de risa. Wandor Windor caminaba con su habitual desparpajo, en medio de la chanza de lo compañeros y rivales. Un metro sesenta de estatura, para un gigante del arco.

En el otro equipo, El Indio tenía lo suyo. Un equipo de macheteros y rascapiernas que no dejaban pasar pelota ni jugador. Por ejemplo, Lelo, el grandulón tartamudo, estaba encargado de los brutales codazos que te dejaban sin aire para toda la vida. Pero no todo era rudeza. El Indio era el cerebro y quien se cargaba el equipo al hombro. Habilidoso, pericotero, socarrón, macho para aguantar las patadas e igualmente veloz para retrucar la boquilla. Un dolor de cabeza de Pilatos.

El duelo se vislumbraba ardoroso y sucio como siempre. Estaba en juego -aparte de media docena de incacolas- el honor que confrontaba a los criollos huarmeyanos con los cholos lugareños. No era fácil explicar el encono dominical que hace tres años se renovaba en la canchita de la escuela 1700. La rivalidad era irreconciliable.

El nuevo episodio de doce piconazos ante cuatro gatos en la tribuna iba a comenzar. La impaciencia llegaba al límite y la calistenia hervía la sangre. Estaban listos, sin árbitro, sin reglas y sin tiempo. Hasta que el otro tirara la toalla.

Wandor Windor había por fin llegado al arco, contorsionándose al colocar primero una muleta, después la otra. Sus omóplatos le sobresalían en la espalda, su pequeña cabeza rapada se hundía y volvía a aparecer. Su caminar dubitativo y la escuálida sombra que dejaba gotear sobre la tierra muerta, provocaban la burla del público. El Gordo César lanzó un improperio. Ya pues carajo, apúrate, mientras se rascaba la protuberante panza. Wandor Windor ni lo miró. Arrastró por última vez su pierna derecha, se remangó la camisa y se cuadro en la portería. Sus piernas aflojadas por la polio, las muletas firmes bajo sus axilas, sus excesivos huesos. Parecía aún más invencible.

Pilatos se paró en el centro, frente a El Indio. Se miraron a los ojos. Y con un furibundo bote sobre el polvo, comenzó el partido.

Luego de dos horas y media, trece atajadas suicidas, moretón en el pómulo izquierdo, raspones y magulladuras, el rostro grotesco por las barrosas riadas de sudor, Wandor Windor emergió. Primero una muleta, después la otra, se alejó altivo, ante el aplauso de los presentes, que por primera vez premiaban la derrota.



De: EL JUEGO DE LA VIDA Copyright © 2014 Rogger Alzamora Quijano

martes, 24 de septiembre de 2013

LA DESPEDIDA




Aquél veintitrés de septiembre el día era brillante como tu rostro.
Tejías como en los viejos domingos rumbo al campo.
Ovillo de lana, bolso amarillo, manos colibríes.
Penúltima esperanza de eternidad.
Me senté y te vi tejer mientras me preocupaba por sembrar el futuro.
Por la tarde dormiste un poco antes de regresar al suéter amarillo.
Hablamos mientras mirabas cómo las sombras conquistaban la ciudad.
Es un lujo tener una cama en un hospital, dijiste.
Es un lujo tener una mamá como tú, pensé.
Quizás no debí haberme ido,
pero quise regalarte al día siguiente la mejor nota de la clase.
Quizá no debí haberme ido.
Hubo nota y mañana y hubo noticia.
Cuando desperté, habías volado.
 


DE: versos conversos Derechos Reservados Copyright © 2013 de Rogger Alzamora Quijano


domingo, 16 de junio de 2013

LA FELICIDAD NO ES REDONDA



- ¿Cómo es que nunca lo supe?

Mi amigo Fabián tragó saliva. Sus ojos intentaron escapar. Noté un leve temblor en sus manos, mientras trituraba las migas de pan en la terraza de aquél elegante lugar que casi planeaba sobre el mar.

Todo comenzó en mi auto. En la radio sonó la voz de Varela. Yo me puse a cantar. Fabián volteó hacia la ventana. Yo intuí que estaba recordando a aquella bellísima muchacha de ojos color tierra, el amor de su vida, a quien –según yo sabía- él había abandonado. Un poco de ironía me bastó para desatar en mi amigo la tormenta.
Interrumpió abruptamente su conversación, puedo asegurar que para encerrar su llanto.
Ya en la terraza, cafés de por medio, Fabián siguió taciturno, mirando el amplio mar de Lima. La vista era espléndida, pero yo no la podía gozar plenamente porque allí mismo, en el mismo cuadro, en el mismo paisaje, mi amigo se desangraba. Parecía buscar algo en la lejanía, en la profundidad de las grises aguas. Las migajas saltaban de sus dedos.

- Mil años. Han pasado mil años –dijo-. No es que me haya puesto a contarlos. Sólo que para mí el primer día, la primera noche de total desvelo y angustia fue como mil años de todas las muertes juntas. El tiempo que vino después sólo fue acumulándose sobre esos mil años.

- Lamento habértelo dicho. Hubiera preferido… habría sido mejor que te quedaras sin saberlo– dije yo, a modo de arrepentimiento por haber dejado suelta la lengua- Ya para qué.

- Pues sí, habría sido mejor. Ya me había acostumbrado a la historia oficial, la que se contó a los cuatro vientos y todos la dieron por cierta. Yo también. Acuñé esa mentira en mi cerebro. Me acostumbré a sentirme culpable. Me convencí de que la inmolación había sido la mejor decisión. Mejor que amar y sufrir, extrañar y añorar, soñar, y no poder tener ni tocar.

Fabián se quedó mirando el mar. Su inmensidad lo fue envolviendo. Yo quedé en silencio, viendo el inminente retorno de mi amigo desde el pasado.
Todos sabíamos de su sacrificio. Todos de su infinito dolor. Pero no todos sabíamos que aquella mujer los desairó. Era bellísima, pensé. Fabián lo sabía. Era bellísima, recordé. No han pasado mil años como él dice, pero sí varios. Cinco o seis. Suficientes para olvidar, para renunciar, para continuar.
Era bellísima, pero no logró ser preciosa, concluí. Mi percepción acerca de los hechos cambiará. Ella no había esperado a que Fabián terminará de irse, para traicionarlo. Era bellísima. Nunca se me habia dado por hacer un juicio sobre ella. Ahora una opinión cincelaba repetidamente. Ella sabía que era bellísima. Buscó y encontró el arrullo en otros territorios menos sinceros, menos profundos… pero inmediatos. Echó sus anclas y olvidó.

Fabián dejó de mirar el mar, para mirarse él.

- La felicidad no es redonda– dijo.



DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2013 Rogger Alzamora Quijano


jueves, 8 de julio de 2010

LA ROCKOLA


Escribe: Rogger Alzamora Quijano

Música por Gal Costa: Chega de saudade (Jobim-Moraes)


Chega, de saudade
a realidade, É que sem ela não há paz...



La tarde anterior, durante la sobremesa del almuerzo, mientras daban cuenta del vino tinto, escucharon cantar a Gal Costa. No tardaron en hablar de Tom Jobim y, como siempre, discreparon. Habían muchas buenas canciones del maestro como para elegir una sola, pero decidieron que Chega de Saudade sería su canción.
Regresaron a la oficina prometiéndose ir el fin de semana a cenar en el departamento de él, después de comprar el disco.
No puedo decir mucho de ella. Apenas la conocía. Era era menuda, feliz y de cabello negro alborotado.

Esa misma tarde él vino jugar billar con nosotros. Nos contó su historia con todo detalle y hasta tarareó la canción. Bebimos abundante cerveza. Cuando se fue a casa había empezado la madrugada del sábado. Nosotros nos quedamos una hora más.

La resaca me despertó de pronto. Sed, dolor de cabeza, sed, dolor de cabeza. No, no era la resaca solamente. Era el timbre de la puerta. Encendí la luz: siete y siete minutos. El silencio estaba perdiendo la batalla. La poca luz invernal y un frío viento súbito me terminaron por abofetear.
Otra vez el timbre. Me puse el sobretodo y salí. Tras el ojo mágico la deforme cara de Lorenzo me apuró.

Han pasado cinco años. Alguien en la rockola del café-bar ha hecho girar Chega de saudade. Mi amigo y su joven diosa de quien no recuerdo el nombre han regresado a mi memoria, otra vez cabalgados sobre ese frío tan suyo y tan repentino. Chega de Saudade trae consigo una sepia fotografía de ellos riéndose mientras se miran con absoluta pertenencia, libres ya de los tormentosos dilemas de la existencia humana, que por fuerza tuvimos que entender.


DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2007 Rogger Alzamora Quijano

sábado, 20 de marzo de 2010

KAIA



Escribe: Rogger Alzamora Quijano

Cuando Kaia llegó, la tarde empezaba a delatarse. Odiosas ambas.

El mar soportaba sobre su lomo el aplastante sol y el furioso viento caliente. Por la mañana nos había tocado Melissani donde ganamos tanto dinero para una semana, contándoles a unos turistas argentinos historias de ninfas y delfines de las cuevas de Kefalonia, todas de inverosímil azul turquesa. Algunos parecían creernos, otros claramente se divertían con nuestras contradicciones. Nunca se dieron cuenta de que, en realidad, apenas estábamos ensayando la estratagema para nuestros futuros servicios de free tour guide donde sobre el final apelábamos a la compasión. Funcionó. Las propinas fueron generosas. Ya no tendríamos que ir a Agios Gerasimos.

Debimos irnos a bucear. Eso hacíamos cada vez que ganábamos dinero extra. Pero nos quedamos aparcados en la curva, alborozados, riendo de cualquier cosa, con cerveza en mano, mientras comíamos dolmadakias. En un momento, el vasco Julen recordó que debíamos ensayar la historia de Aqueloo y Ligeia, que aparecían en las noches a venerar a la luna nueva. Había que unificar criterios. No siempre tendríamos un grupo de turistas tan flexibles como estos argentinos. Pero estábamos demasiado felices para ensayar nada. Debimos irnos de ahí.

- ¡Hey!

La voz de Kaia quebró el viento.

Sus magníficos dientes y su piel tostada estaban a diez pasos de nosotros. Bajó de la bicicleta. Caminó resoplando mientras no dejaba de mirarnos. Su gruesa cabellera revoloteaba sobre su rostro. Kaia se apresuraba por quitársela de encima.

- ¿Alguien aquí sabe qué significa ética?

Julen se congeló. Yo me atoré.

Nos arrancó las acreditaciones y se fue.



DE: EL JUEGO DE LA VIDA © Rogger Alzamora Quijano

viernes, 29 de agosto de 2008

TARDE...



Escribe: Rogger Alzamora Quijano

No sé por qué hay tardes como esta, que no encandilan, que no seducen, que no sirven para nada. Quiero escuchar música y no sé cuál. Quiero sentarme y escribir, pero no logro alzar vuelo.

Son las tres de la tarde y he pensado irme a mi cama como si ya fuese de noche. Hacer cuenta de que ya cené, calzarme las pantuflas y cepillarme los dientes. Click al televisor y ver alguna cosa donde no falte sangre, sexo, ni traición. Pero ni eso. Mis perros me miran y reclaman su paseo diario. Ya regresé de hacer una consultoría y no me fue bien tampoco en eso. Fue muy fácil. Me dejó un vacío en la boca. Quería darle más intensidad, pero nada más había por hacer.

Vivir solo no es malo, ya conocí la soledad. Hoy parece ser lo peor. Me siento con la urgencia de salir de acá. Ni el Rulfo que siempre me entretiene da hoy luces a mi vida. Veo mis cuadros. Tal vez empezar otro, pero ¿qué pintaría?

Ella se fue.
Y no volverá.

Me dijo que me adora, pero no me aguanta. Que soy lo que toda mujer quisiera tener, pero que es imposible vivir conmigo. Yo lo sé mejor que nadie.

Recogió sus cosas. Me pidió que la ayudara, y lo hice. Sabía que lloraba y lloré también. No quise retenerla, porque no. Sentí que debía dejarla ir. Se llevó la suave tempestad de su Chanel No. 5, el desorden que trajo como su sello propio. Se llevó los secretos que aplicaba en sus comidas. Se llevó sus ojos. Le hice adiós con ambas manos, para esconder mis temblores. Le di un beso directo al cuello y ella se sonrojó como si lo supiera.

No era justo hacerla quedar, sólo para disimular que sólo yo puedo vivir conmigo.


DE: EL JUEGO DE LA VIDA Derechos Reservados Copyright © 2005 Rogger Alzamora Quijano