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lunes, 11 de marzo de 2019

BALADA




La vio por primera vez camino al supermercado, por la avenida Las Flores, que moría en una glorieta frente al jardín de su casa. Se miraron con la efervescencia de los quince años. Ella, de cabello frondoso como un árbol, mejillas rosadas y honda mirada. Él, flaco y desgarbado, pelo largo, bozo y anteojos. Pura mirada, ni una palabra. Llegó el autobús. Se quedó mirándola trepar, como si un invisible clavo lo hubiese pegado al cemento. Se difuminó en la distancia. Esa noche y las siguientes repasó cada uno de sus movimientos, su ondulado caminar, el vuelo ligero de su falda ventilando sus flaquísimas piernas, su rostro volviéndose para mirarlo desde las gradas del autobús. Noches enteras a los pies del insomnio. Pero un día se cansó de esperarla y se embarcó en la resignación.

Cumplió los veintitrés entre carencias y angustia. Ese día César le contrató como camarero retén para los domingos en una finca en pleno desierto. Era un oasis con olor a café y boato. Desde muy temprano, el sol aplastaba con algo que parecía ser todo un mundo sobre la cabeza. Los recibió la patrona. Breve, imponente, de absoluto blanco, con un niño rubio, de dos o tres años atosigándola, llevaba gafas negras y un sombrero de ala ancha que parecía una corona sobre su cabeza. Hizo un leve gesto y se marchó. Algo quedó flotando. Era otra jugarreta del grosero calor. Nada más que eso.

Hubo mucho trabajo para complacer a los señores y las damas. A veces veía pasar a la patrona, riendo, de un ambiente a otro de la mansión. Sin duda, era una gran anfitriona. Desbordaba clase y distinción. Su marido, también de blanco impoluto, era más bien bajo junto a ella. De lejos se podía sentir su poder. A veces la abrazaba, otras la ignoraba. Ella no ofrecía blanco fijo. Iba y venía ágilmente, como si flotara. Mezcla de severa y afable, a veces pálida otras rosada. Insoportable con la servidumbre y mucho más alta de lo que en realidad era. Los invitados bebían y reían, acorralados por el soponcio. En el área de la piscina el vaho era mayor. Allí los bronces de aquellos cuerpos perfectos se derretían sin remedio.
Llegó la tarde, faltaba poco para terminar. A este lugar no volvería más. Todo ahí era insoportable. La patrona llegó para hablar con César. Luego les hizo formar fila y, sin razón alguna, les reprochó a viva voz, uno a uno. No a él. Pasó sin mirarlo. Todopoderosa, se marchó otra vez, flotando sobre sus dorados zapatos con lazo. A él le pareció una más de aquellas flores desmayadas sobre los floreros de cristal.

Faltando cinco para las cinco, apareció ella, siempre con el niño de marras, esta vez alzó sus lentes y lo miró fijamente. Descubrió su cara te la impertinente mata de negro cabello que se pegaba en sus dientes. Mientras lo miraba fijamente, ordenó.

-¡Empiecen a recogerlo todo y lárguense!- gritó. Luego se volvió a él.

—Chico, ¿cuál es tu nombre?

Su voz sonó imponente.

Ciertamente su otrora hermosa cabellera se había convertido en una otoñal hojarasca. Lejos estaba del festivo matorral que desafiaba al viento. Sus mejillas, ocultas bajo una capa de maquillaje, habían matado su frescura.

-Con permiso señora, debo terminar mi trabajo y largarme.




Fragmento extraído del libro: Y ENTONCES Derechos Reservados © 2020 de Rogger Alzamora Quijano

martes, 11 de agosto de 2015

LA RETIRADA

Te otorgué los más rendidos epítetos y reclamé a los demás el pedestal que creí merecías. Pero tú ya no estabas. Me estrellé una y otra vez contra el muro de tu silencio. Como si tuvieras de qué avergonzarte. Pese a mis esfuerzos, te negaste a acpetar los hechos. Hubiera sido más fácil enfrentarlos aceptando que el amor se puede acabar a la vuelta de la esquina. Pasaron los días. Mientras yo intentaba una coartada, tu desidia me desmentía y tu silencio alimentaba las sospechas. A los ojos del resto habías claudicado, quien sabe si para eludir el escarnio. Recorrí cada una de las miradas. La decepción cundía en la sala. Después de eso, cada vez con menos convicción fui enumerando tus talentos. Tu ausencia multiplicó el desconcierto. Tu nombre encabezaba las fotografías en mis redes sociales. En todas parecíamos sólidos y enamorados. ¿Por qué darle alimento a los buitres? De haber aisitido les habrías obligado a beber de su veneno. Pero callaste. Optaste por un escape sin gloria, cuando debías mostrar coraje y entereza. ¿Yo? Devastado, me fui cruzando el festín de murmullos. No me interesa ser el bueno de la película. Lo que quedó de ti fue aquella foto que mostraba tu insolayable intención. DE: EL JUEGO DE LA VIDA Copyright © 2015 de  Rogger Alzamora Quijano

sábado, 2 de mayo de 2015

LA NÁUSEA



La vio en la televisión. Estaba con sus amigos. El café pasó por su garganta como un sorbo de espinas.

Salió a la calle. Abajo el portero lo saludó con cierta sorna. En otros tiempos era ella quien sacaba el auto. Media hora más tarde, en la esquina del edificio se detuvo en el puesto de periódicos. En primera plana ella sonriente en la barra de algún bar miraflorino, con la indudable mueca del disfrute. Sintió en sus entrañas un batido gaseoso. Tomó aire. Al pie de la escalera que se alza hasta el edificio, extrajo su teléfono. No usaría el ascensor. Fotos, risas y sonrisas, almuerzos, caballos, autos, playas, cientos de likes en sus redes sociales. La náusea subió irremediable hasta cortarle el aliento. Borrar, borra, borrar. Que no quede ni una. Y luego bloquearla en sus redes. Eso, para empezar.

La mañana había nacido con el olor a mar que precede al otoño. Tres años después estaba deseando que las noches de juerga, al sur de Lima, se fuesen de inmediato, sin tener que pasar por la memoria. Esta nostalgia que trae el otoño no ayudaría mucho, pero peor sería un verano absurdo. No le gusta este olor salino, tosco, dañoso, lacerante, que es una nueva amenaza: es la fétida náusea que apaga sus sentidos. Carajo, pasaron dos semanas. Para mí es poco, pero ella no es yo. La sal del adiós, de la despedida, del pasado, de la pérdida, no tenían el mismo significado ni siquiera para dos almas que se fundieron en algún momento.

Un piso, dos, tres. Al encuentro con sus fantasmas. Cuatro, seis, hasta atravesar la cortina del pasado. Recuerdos, urgencia, nostalgia. Puta madre. Se quita el abrigo. El sol está disparando un halo de luz que se cuela por la ventana. El cielo limeño, otras veces tan gris y sombrío, va a solear cuando más lo necesita. Abajo, en las calles, el bullicio se acentúa. Bocinas, motores, desorden. Todo ese caos parece una invitación al abrazo. Déjala ir. No te necesita. No es la que conociste. Ser famosa es ahora lo más importante. Está pasando la náusea. El aire del octavo piso ayuda. Lima es una ciudad mágica, donde todo parece una fiesta. La gente canta, ríe, silba, bromea. El limeño se agarra de su alegría para salir a lucharla. Le gusta Lima porque no es una ciudad ausente. Aquí siempre pasa algo. No tiene calles perfectas, no pertenece al primer mundo. No es una ciudad ordenada y superficial, de gentes egocéntricas y deshumanizadas. Aquí es urgente el roce, el contacto físico, la intimidad. Un abrazo, un beso, una mirada, un apretón de manos, un palmoteo. Lima es una ciudad expresiva. Un hola, una sonrisa, un grito, un insulto, un desplante. Todos somos alguien. Nadie pasa desapercibido. Él tiene su lugar en esta sociedad mestiza, en este cuadrante variopinto que como hoy le pide cuentas de su soledad. Un par de semanas más y saldrá al reencuentro con su origen, sin pizca de pasado.

Es un chico de Barrios Altos. Por naturaleza es alegre y suspicaz. Tener un buen empleo, ganar buen dinero y vivir en Miraflores con una flaca del María Reina, estuvieron a punto de borrar su identidad.


De: El Juego de la vida Copyright © 2015 Rogger Alzamora Quijano

viernes, 16 de enero de 2015

PARA QUÉ



Me dejó en su casa. Las nueve de la mañana. Es un día de otoño.

Habíamos llegado en autobús y las cuatro cuadras que nos separaban de su casa las caminamos en silencio. Me mostró la mesa. Ahí tienes, dijo. Tiró las llaves sobre el mueble y se fue. Los folios, agrupados con un clip. Más allá, fotografías, una cajita con discos, un vaso publicitario lleno de bolígrafos y un cenicero vacío.

Primera hoja:

"Fecha Ene/3. No contestó. La llamé diez veces. Dejé mensajes en el buzón de voz: 'Es posible que el usuario no esté disponible o se encuentre fuera de alcance'. En WhatsApp, última vista, ayer a las nueve de la noche.
El cuatro por la mañana, al no tener noticias, fui a buscarla a su casa. Su madre me atendió un tanto confundida, pero sin pizca de alarma. Eso me tranquilizó, pero también me dejó sembradas más dudas. Al final de la tarde apareció en mi puerta. Cariacontecida, me dijo que la hermana de su amiga de colegio y tal, que sin intención sea fueron a la Polmalca y tal, que su teléfono murió de tanto intentar llamarme y tal, y a su madre le alcanzó a explicar, pero que para mí se cortó la línea. Que Cartavio es un pueblito complicado para los celulares. Que lo sentía mucho y que me invitaba un chifita para reparar su ausencia y compensar mi angustia.

No era angustia, eran dudas, sospechas. Pero no le dije eso. Solo le dije que no, gracias. Que se fuese a su casa y mañana hablaríamos. Que tenía mucho que hacer. No me creyó, pero igual se fue. No dormí bien por alistar mis argumentos. No dejar nada al azar, porque seguramente aprovecharía cualquier inconsistencia. Ella no imaginaba lo que yo sabía. La primera vez, hace una año, tuvo también una extraña desaparición por casi tres horas. La segunda, hace seis meses, Lucas me envió su foto a mi WhatsApp: una de sus amigas posteó una foto (que unas horas más tarde retiró), con Lucero y unos amigos lanzando gallos en un karaoke de Huanchaco, después que ella me dijera que aquella tarde se iba temprano a casa porque sentía el cuerpo apaleado debido a un inminente resfrío. Después, al ser descubierta, ensayó uno de sus consabidos ataques a modo de defensa: píldoras acerca de la confianza y la fidelidad. Siempre le habrá dado resultado.

Como un molde, los días subsiguientes a cada episodio, se mostraba absolutamente dócil, entregada, querendona. De hecho, no es habitual en ella. Parece que después de comprender la magnitud de su traición, inevitablemente se derrumba y va a parar primero al especialista, después al sanatorio. Cuando la visito en su retiro, siento pena e infinito amor por ella. La amo tanto que olvido todo y me dedico únicamente a consentirla y atenderla. Y por su mirada siento que ella también me ama. Me pide perdón mil veces, y cuando le pregunto por qué, me mira largamente, calla y rompe a llorar amargamente. Por eso ya no le pregunto. Sólo le digo, está bien, está bien. Y cambio de tema.

Su tratamiento dura un mes o más. Es un mes donde podemos sentirnos cercanos y unidos. Al término, sale radiante. Yo voy a recogerla a esa casa grande, aislada de la ciudad, adonde Lucero no quiere que su familia vaya. La mayoría de sus compañeras la despiden con mucho cariño. Tiene el don de hacerse querer. Es muy generosa y capaz de dejar de comer para que otro lo haga. Esa es una razón más para admiradla y quererla como el primer día. Pero, ¿qué tiene que pasar para que ella rompa esos códigos, su lealtad, y ponga en riesgo todo: nuestra relación, sus vínculos familiares y su salud emocional? ¿Alguien la manipula de una manera que ella no pueda resistir? ¿Alguien conoce sus debilidades más que ella misma? Y si no es así, ¿es ella quien busca la aventura de un instante de placer? ¿Es solo una aventura o es una forma de hartazgo? ¿Acaso la necesidad de anclarse en su pasado? ¿Es autodestrucción?."

He dejado de leer. La habitación es grande. Por aquí, como dije, la mesa con sus manuscritos. Unos cinco pasos más allá, junto a la ventana, el escritorio con un computador, libros apilados, otro cenicero vacío y una botella con agua. En la esquina de ese lado su cama, un velador con un par de libros y una lámpara azul. Alrededor, más anaqueles con libros, un par de pesas y una bicicleta estacionaria. En las paredes, dos cuadros, siete fotografías familiares -yo aparezco en cinco de ellas-, y dos grandes ventanas desde donde se puede oír el rumor del mar.

Me cuesta volver a enfocarme. Hay todavía más, pero tengo miedo. Me voy a saltear algunos párrafos, demasiado explícitos.

"La sospecha es un plato que quema aunque esté frío. Hace medio año yo confiaba en ella. Ahora no me reconozco. No la reconozco. Solo tengo una foto que no prueba nada, algunas conclusiones y que quizá no pasan de ser eso. La sospecha, sin embargo, es un aluvión. Nada lo contiene. No es racional. Son conjeturas. Pura intuición. La suma de ambas. Y concluye con un írrito concepto del amor."

Quince folios de puño y letra. Leer lo que no esperaba. Lo que no quiero seguir leyendo. Un amor malgastado que imaginé provechoso y hasta eterno, por más exagerada que sea la palabra. Porque Lucero me dio esa pista. Porque nos la dio a todos, hace mucho tiempo.

Quince folios puede ser demasiado o muy poco, según quien los lea. Descubrir el sufrimiento de tu mejor amigo condiciona la opinión y las fuerzas. Luego de una hora y media me niego a leer la última página. Ya no quiero más. No es necesario. Fechas, horas, trances, argucias, estratagemas, excusas, idas y retornos. Todo minuciosamente registrado. Ahora puedo entender. Me arrepiento de haber confrontado a mi amigo de la forma en que lo hice, lindante con la canallada.

Según esto, Lucero había logrado por mucho tiempo disfrazar de ficción la realidad, con una depurada técnica de negación y distorsión de la realidad. Me da pena por ella y, después de esto, estoy de acuerdo con Lorenzo. Reconozco que yo lo hubiera hecho peor. Admiro en él la sensatez y la ecuanimidad para tomar el camino más doloroso, sin atisbo de repudio ni revancha. Aunque Lucero es mi hermana, celebro la decisión de Lorenzo. Estaré del lado de ella, ahora que ya mi amigo no irá al sanatorio.

Voy a dejarle una nota breve. Me disculparé con él y le dejaré clara muestra de mi posición. Pero también que antes que amigo soy hermano, y debo cumplir mi deber. Lorenzo lo entenderá.

Algún día, si ambos nos lo permitimos, recuperaremos el puente que construimos cuando niños.



DE: "EL JUEGO DE LA VIDA" Copyright © 2015 de Rogger Alzamora Quijano




lunes, 29 de diciembre de 2014

TANIA



Es año nuevo.

Siempre he pensado que el primero de enero es el día más triste del año. Las calles no solo están en silencio, están vacías. Es verano en Lima. El mismo sol de todos los años nuevos: un sol inútil.

He salido. Llevo lentes oscuros, sandalias y sombrero. El silencio contagia, aprisiona, coarta. Habitualmente soy parco. Igual, es demasiado el silencio del año nuevo. Lo peor no es que todo esté cerrado, sino que ni el hambre puede evitar este silencio que aplasta.

Llegan los tibios murmullos de los árboles. No sé si estoy buscando algo o solo quiero comprobar la vacuidad del primer día del año. Los semáforos funcionan para nadie. Cruzo. Hasta podría caminar sin prisa por la pista. Esto no es armonía, como dicen algunos, esto es vacío.

He llegado al parque, donde habitualmente corro. Sólo dos bancas ocupadas de un total de catorce. Vuelvo a contar, son quince. Hay dos parejas de enamorados, distantes una de otra. El mismo ritual: se miran, hablan, sonríen, se acarician, se seducen. Me he quedado parado. Esto mismo solíamos ver con Tania, desde la ventana del séptimo piso del hotel, cada fin de mes. Más abajo flamean las descoloridas banderas que pretenden darle categoría a este hotel de medio pelo.

Un tipo cruza intempestivamente. Rompe mi abstracción. La vida está llena de paréntesis. Nos apartan de la realidad, de la sensatez, de la cordura, de la razón.

Tania.
¿Qué estará haciendo en este momento? ¿Dibujando eses en las arenas de playas ignotas? ¿Corriendo, cual gacela montaraz por las colinas provincianas? ¿Echando vapores de hirviente aliento en las gélidas calles nórdicas? ¿Gastando el tiempo en los pasillos de cines, bares, mercados y hoteles? ¿Buscando en iglesias, mezquitas y sinagogas la fe perdida? ¿Soslayando sus traiciones en puertos olvidados, cruceros absurdos y románticos trenes? ¿Reemplazando sus sueños con falsos afectos?

Suena mi teléfono.
Es Paco. Me dice: ¡Feliz año nuevo!... (Silencio) ¡Hey flaco, desmodórrate! (Silencio).

Piensa que se cortó la llamada, por eso vuelve a decir: Alex, ¿me escuchas?
Le digo que sí, que qué pasa, que para qué me llama.
Paco suelta un improperio. Te llamaba para deserte feliz año. Y cuelga.

Que no joda.


De la colección: EL JUEGO DE LA VIDA © 2014 Rogger Alzamora Quijano

sábado, 11 de octubre de 2014

CANTANDO A DIOMEDES



«Donde habite el olvido
En los vastos jardines sin aurora
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas..»


Luis Cernuda



Fue una tarde caótica.

Un viernes en que la oficina hervía de vendedores. Todos ajustaban sus cuentas, llamaban a clientes indecisos para cerrar algún trato en la hora nona. Iban y venían, sudorosos y angustiados. Como todo fin de mes.

- Buenas...

Entró sin esperar respuesta.

La había visto antes. Era la colombiana, Gerenta de Ventas. Rosada, ojos verdes, sonrisa cáustica, cabello amarrado, falda breve.

Se sentó y sutilmente sugirió revisar ciertos contratos rechazados por el Departamento de Verificaciones.

Así empezó la historia, medio en serio, medio en broma. Tal vez por eso se acostumbraron a la confusión. Entre las confrontaciones laborales y sus coqueteos, hubieron de reinventarse a cada minuto, uno tras otro y peor episodio. Distancias abismales que el amor no lograba soslayar. Sentimientos insoslayables que se agazapaban siempre tras algún vallenato de Diomedes. Cantaban y silbaban la voz del Cacique de la Junta y el acordeón de Juancho Rois. Era natural y tenía muy mala voz, pero él adoraba ese descaro. No había otra opción. No cumbias, no huaynos ni valses ni festejos ni marineras. Valledupar y el Magdalena le salían por los poros.

Para diciembre la tragedia fue inevitable, excepto por unos cuantos devaneos en aquél alérgico rincón de San Borja Sur. Luego de eso poco y nada. Era tan linda como intransigente. Y tenía razón. Él no renunciaría a nada por su causa. La adoraba, pero nada más.

Aquella tarde de viernes de cierre de ventas, le citó a tomar un café. Usó su mejor sonrisa. Cuando estaban frente a frente, le pidió las llaves del departamento. Él no se sorprendió. Dos meses después, entre tumbo y tumbo todo terminó. Tal como empezó, medio en serio medio en broma, y cantando a Diomedes.

Cinco noches para decir adiós. Cinco más para volver a intentarlo. En diez noches, ella siempre se durmió. En esas diez noches, él nunca.




DE: "EL JUEGO DE LA VIDA" Copyright © 2014 Rogger Alzamora Quijano

domingo, 25 de mayo de 2014

WANDOR WINDOR



Como siempre, Wandor Windor era el primero de la fila.

Lo quedaron mirando. Wandor Windor estaba preparado para todas las burlas del mundo. Se alisó el pantalón de polistel marrón sobre los deformes zapatos mientras Pilatos seguía llamando a sus jugadores: hey Batán, aquí; Cacique, Cirujano y Mago. Pilatos, el todopoderoso alero zurdo tenía el ceño fruncido, los aludidos se ubicaban en sus lugares chinos de risa. Wandor Windor caminaba con su habitual desparpajo, en medio de la chanza de lo compañeros y rivales. Un metro sesenta de estatura, para un gigante del arco.

En el otro equipo, El Indio tenía lo suyo. Un equipo de macheteros y rascapiernas que no dejaban pasar pelota ni jugador. Por ejemplo, Lelo, el grandulón tartamudo, estaba encargado de los brutales codazos que te dejaban sin aire para toda la vida. Pero no todo era rudeza. El Indio era el cerebro y quien se cargaba el equipo al hombro. Habilidoso, pericotero, socarrón, macho para aguantar las patadas e igualmente veloz para retrucar la boquilla. Un dolor de cabeza de Pilatos.

El duelo se vislumbraba ardoroso y sucio como siempre. Estaba en juego -aparte de media docena de incacolas- el honor que confrontaba a los criollos huarmeyanos con los cholos lugareños. No era fácil explicar el encono dominical que hace tres años se renovaba en la canchita de la escuela 1700. La rivalidad era irreconciliable.

El nuevo episodio de doce piconazos ante cuatro gatos en la tribuna iba a comenzar. La impaciencia llegaba al límite y la calistenia hervía la sangre. Estaban listos, sin árbitro, sin reglas y sin tiempo. Hasta que el otro tirara la toalla.

Wandor Windor había por fin llegado al arco, contorsionándose al colocar primero una muleta, después la otra. Sus omóplatos le sobresalían en la espalda, su pequeña cabeza rapada se hundía y volvía a aparecer. Su caminar dubitativo y la escuálida sombra que dejaba gotear sobre la tierra muerta, provocaban la burla del público. El Gordo César lanzó un improperio. Ya pues carajo, apúrate, mientras se rascaba la protuberante panza. Wandor Windor ni lo miró. Arrastró por última vez su pierna derecha, se remangó la camisa y se cuadro en la portería. Sus piernas aflojadas por la polio, las muletas firmes bajo sus axilas, sus excesivos huesos. Parecía aún más invencible.

Pilatos se paró en el centro, frente a El Indio. Se miraron a los ojos. Y con un furibundo bote sobre el polvo, comenzó el partido.

Luego de dos horas y media, trece atajadas suicidas, moretón en el pómulo izquierdo, raspones y magulladuras, el rostro grotesco por las barrosas riadas de sudor, Wandor Windor emergió. Primero una muleta, después la otra, se alejó altivo, ante el aplauso de los presentes, que por primera vez premiaban la derrota.



De: EL JUEGO DE LA VIDA Copyright © 2014 Rogger Alzamora Quijano

miércoles, 24 de julio de 2013

LA CARTA ESCONDIDA




Si Facundo supiera que nunca deposité su carta en el correo, me abrazaría alborozado, nos emborracharíamos y tal vez hasta nos iríamos de putas.

Estaba escrita con una letra cuidadosamente dibujada sobre un papel amarillo, sin líneas.

Inigualable Flor:

Tu respuesta es una copa de veneno que no me mata. Dirás que porque ya estoy muerto, pero no, aún no. Estoy vivo a sabiendas de que la vida me tiene preparadas más celadas y estratagemas.

Después de tu última carta, me dio por dejarle al olvido la tarea de sostenerme. Caminaba largas horas, corría el doble, auscultaba obsesivamente las novedades electrónicas en los centros comerciales, me mimetizaba con la multitud, para no tener que pensar. No me cansaba, no tenía hambre, no echaba de menos mi cama y hasta olvidaba a mis perros.

Un frío jueves a las siete y treinta de la noche cuando regresaba del trabajo, aplastado en el penúltimo asiento del bus, subieron dos muchachos, uno con guitarra y el otro con charango. Se ubicaron en los extremos y comenzaron a cantar aquella melodía que alguna vez nos capturó en la olvidada caleta norteña. Sus voces no eran las mejores -quién sabe cuántas horas llevaban rasgando sus gargantas-, pero cantaban con oficio y le agregaban emoción.

Aguanté firme la primera estrofa, pero en la segunda tuve que mirar la ventana, la calle, la gente, la nada y el todo. Cualquier cosa, menos a ti. Cuando llegaron al estribillo ya había logrado poner en su lugar los hechos, a fuerza de recordar tus traición, tus desplantes, tus afrentas.

Terminó la canción y el bullicio apagó su secuela. Los muchachos pasaron el gorro. Les di un billete de a diez, por haberte extirpado de mí sin demasiado esfuerzo. Fin a tus ojos miel, a tus cabellos, a tus manos, a tu sonrisa, a tu mínimo talle, a tu cuerpo durazno, a tu hoy ajeno, al rincón donde nos sentábamos a conversar, a las canciones que nos hacían llorar.

Como puedes verlo, estoy vivo.


Facundo.



DE: CARTAS APÓCRIFAS, EL JUEGO DE LA VIDA Copyright © 2013 Rogger Alzamora Quijano

domingo, 14 de julio de 2013

FELIZ DE NO TENERTE MÁS...


Facundo,

Otra vez estamos en lo mismo.
Es la tercera crisis en menos de un año.
Otra vez me vuelves de hablar de madurez, sensatez y demás.
Ya no quiero escuchar si soy o no sensata y madura. Nada de eso tiene que ver con el amor. Ya no te amo. Tengo ahora –dices bien- un hombre que reclama respeto y el punto aparte con mi pasado ¿Dirás como el resto que es muy reciente? Sí, y la única explicación que puedo dar es que el amor que dije sentir por ti no fue tan profundo, pese a que yo misma lo creí así en su momento. Y lo digo por lo que ahora siento. Soy feliz, muy feliz. Facundo, soy feliz lejos de ti ¡Qué alivio!

Que no quede nada por decir, porque no habrá otra vez.

Te amé Facundo, no sé en qué medida, pero te amé. Por minúsculo que haya sido mi amor. Pasamos momentos fabulosos, nos divertimos.

Hoy me apena recordar tus palabras bonitas, frases inigualables que me regalaste en estos cuatro años. ¿Amenazas con enterrar en los mares más profundos tu amor por mí? Facundo, cuando lo hagas encontrarás el que yo dejé allí, el día que me fui.

Disparas al aire, sin darte cuenta que estoy fuera de tu alcance. Tus recriminaciones ya no sirven. Es verdad, la última vez que nos vimos yo me despedí con un beso y varios te amo. Pero, al caminar cuatro calles, me dije que ya no quiero sacrificarme por ti, ni con condiciones, ni sin ellas. Tal vez hace diez o quince años, pero no ahora. Perdona que te lo diga. Ya no quiero pagar el precio de la espera. Una espera que no paga.

Hace tiempo tuve que sacrificar a Lucas por tu causa. No lo merecía.

Ve por otros rumbos Facundo, ya no por donde sabes que suelo ir. No preguntes por mí. No guardes esperanzas. Hoy veintinueve, bórrame de tus recuerdos y de toda traza de mí. Ahora quiero ver si el hombre que tengo a mi lado puede adaptarse a mí. Si no, pues también adiós y mucha suerte. C'est la vie.

¿Que no te acompañé en momentos difíciles? Lo lamento. Fue coincidencia mi adiós y tu accidente. Deseo te recuperes pronto. He desconectado mi celular y todas las formas de conexión contigo. Tengo que hacerlo, estoy harta de ti.

Lejanos están los tiempos que peleaba con mi familia, mis amigos, y cuanta persona se me pusiera enfrente para defenderte ¿Qué conseguí? El aislamiento y la soledad. Hoy puedo tener todo en un mismo plato: el hombre que amo, mi familia y mis amigos. Te deseo suerte en tu autoexilio. Es el mundo al que dices pertenecer. Ambos, entonces podremos ser felices, aunque ya no juntos.

Finalmente quiero disculparme por haberte desprestigiado ante mis allegados. Fui demasiado lejos. No debí hacer caso a quienes me pedían tu cabeza. Buscaban regocijarse viendo cómo te desangrabas. Hice muy mal al darles lo que me pidieron, a costa de tu dignidad. Te ofrezco mis disculpas. No soy de arrepentirme o autoflagelarme por lo que hago.

Prefiero dar giros inmediatos a mi vida. Tú eres de los que eligen el ostracismo. Cada quien con su vida.

Adiós, Facundo Javier.


Flor

DE: EL JUEGO DE LA VIDA - CARTAS APÓCRIFAS Copyright © 2013 Rogger Alzamora Quijano

martes, 9 de julio de 2013

EL ADIÓS DE FLOR



No voy a dar demasiados detalles sobre esta misiva. Sólo diré que se trata de un paquete epistolar que llegó a mis manos desde una de las partes. Ambos son mis amigos. Aquí una carta de Facundo.

Amada Flor, después de cuarenta y cuatro horas de durísimo silencio recibí tu carta. Quizá si hubiera llegado antes, quizá si hubiéramos hablado antes de que yo atravesara el infierno, pero la vida se ha hecho también para errar, equivocarse y perder. Te escribí sin detenerme en la sintaxis, la ortografía ni ninguna de las formas que siempre cuidé en mis notas. Debo haberme trastornado cuando te fuiste sin decir nada, para después regresar a casa luego de dos días, arrogante y fresca. Esperaba que estuvieras junto a mí en mis angustias, como yo estuve contigo cuando tus tragedias.

Flor hermosa, todo lo que se gana no tiene sentido frente a lo que se ha perdido. Eso se sabe después, cuando una y otra vez comienzan a regresar los recuerdos, la necesidad urgente, los besos ausentes. No cambias Flor. Te ha sido dado de ese modo, tal vez desde cuando tuviste que cargar con vidas ajenas, fracasos impropios y tristezas genéticas. Sabes por demás que desde que te vi te amé sin dudarlo, con lo mejor de mí. Yo, que había vivido una soledad vegetativa, un terco autoexilio, apenas oí tu nombre condoné mis carencias por esperanzas. Con un austero expediente bajo el brazo desempolvé mis caricias y mi entrega total hasta dejarlas relucientes, para ofrecértelas todas. Me dijiste entonces que no necesitaba ofrecerte nada porque todo te lo estaba dando. Y yo te creí. Era la frase más bonita que había escuchado jamás, porque te hacía insuperable. Como nadie, tú valorabas el amor incondicional. Creí haber entendido que no necesitabas sino amar y dejar que yo te amara sin convencionalismos ni apariencias, pero ahora, a la luz de los hechos, veo que no fue eso lo que querías decir. Mis gestos, que en un principio adorabas ya te resultaban falsos, sobreactuados y malintencionados, la certeza de mi amor ya estaba en duda. El futuro que habíamos trazado se cayó como una casa de galletas. Mis palabras te inoculaban veneno, comenzaste a solventar la idea de que mi sola presencia te sentenciaba, las horas que pasaba frente a ti eran el cuchillo que destazaba tu tranquilidad; la magia de nuestros sueños de transformó en noche de espanto. Te dedicaste a confabular creyendo estar descubriendo un lado oscuro que nunca tuve.
De ese modo obsesivo acopiabas los ingredientes de una magistral receta para destruir el amor.

Te veo y no puedo evitar verte. Luces bonita, como siempre te dije, haces honor a tu nombre: Flor, la más bella flor. Muestras con orgullo los inequívocos dientes de la felicidad. Luces radiante y promisoria, trepada sobre el tren de la vida y saludando triunfante con los pétalos de luz que son tus manos. No hago más que adherirme a tu gesta, aunque todavía tengo mi herrumbroso y malherido amor enquistado bajo la piel. Siento una especie de dramática felicidad al verte así, porque no existen argumentos para que alguien como yo -que conoció el amor en tiempos de desdicha universal- sea mezquino con quien le procuró un planeta de felicidad. Yo, el dragón de siete cabezas, me he ido retirando a mi antiguo mundo subterráneo de silencios recurrentes y sempiterno crepúsculo, que no es ajeno para mí, es amigable. No es un castigo, es una solución. Soy para ti el monstruo que desvirtuó tu panacea para ofrecerte un raquítico tesoro de migajas de amor eterno, el poeta rural que te bañó en insignificantes y encendidos versos, el rufián que te otorgó infames perdones que una reina como tú no necesita ni espera. El despiadado advenedizo a quien dices no conocer más.

Sé por amigos comunes que estás feliz con alguien a quien encumbras y luces orgullosamente. Disfrútalo, duerme caliente a su lado, abre los ojos a un desayuno listo, llora en su hombro y siéntelo llorar al mismo tiempo, deja que se preocupe por tus ancestrales heridas, siente en tu piel su miedo de perderte, recíbelo con una sonrisa cada vez que te espere, te cuide y vaya contigo al trabajo, recibe a diario toneladas de caricias, sabores y comidas inventadas, abrazos huérfanos y calor en tu casa.

Tengo en las manos el adiós subrepticio que tiempo atrás me entregaste cual néctar dulzón y exquisito. Como sabes bien, lo bebí hasta la última gota. Hoy, todavía no termina de matarme. Lo tengo regando mis venas todo el tiempo. Durante las noches regresas a mis sueños, vestida unas veces como digitalis purpurea, otras como blanquísima hortensia. Dime si no vuelvo a ser imprudente y suicida al permitirte envenenarme también en mis sueños.

Tengo en mis manos tu adiós pero solo hasta sacudirme de la adicción. Cuando suceda, cortaré con mis propias manos el cordón umbilical que me alimenta de recuerdos, nostalgia, atenuantes y perdones. Mataré uno a uno suspiros, fotografías, sensaciones, y todo lo que tenga trazas de ti. Hundiré mi amor en la ignota Fosa de las Marianas, tumba real para algo irreal.

Esta tarde te volví a ver, ibas cantando una canción ajena. Te seguí de cerca. Tu caminar sigue siendo sencillo, sensual y delicado, tu cabellera nogal es hermana del viento. Llevabas el bolso que te enamoró apenas lo viste -lo recuerdo-, y unos botines azules que no han cejado en su altivez. Caminé tras de ti sin que lo notaras. Necesitaba ir escribiendo allí mismo -en mi mente- la carta que hoy pondré en tu buzón. Luego me quedé parado, confuso, y no te vi cuando desapareciste. Cuando la recibas -calculo será el veintinueve- habrá muerto mi sueño en las profundidades del mar de Guam.

Hasta entonces, Facundo.

DE: CARTAS APÓCRIFAS (EL JUEGO DE LA VIDA) Copyright © 2013 Rogger Alzamora Quijano

jueves, 20 de junio de 2013

NELSON, EL MARISCAL




Antes de salir, Nelson, El Mariscal, encargó al Doctor Miranda su atado con efectos personales y le pagó por adelantado. Su gabán negro se batía al viento. Nelson, El Mariscal, era alto, muy delgado, de larga cabellera y barba de año y medio. La claridad del día no le daba seguridad, pero esta vez no le importaría la impertinencia del sol.
- Nelsito, cariño -Betty, todavía estaba trabajando a esas horas.
- ¿No hay para el pan, preciosa?
- No he comido desde ayer ¿Adónde vas tan elegante?
- A casarme –dijo Nelson, El Mariscal, con voz solemne.
- Dijiste que te ibas a casar conmigo.
- Te prometo que le seré infiel. La engañaré contigo.
- Eres lindo. El más bello de mis amantes –Betty le sopló un beso desde su mano y le dedicó su mejor sonrisa.
Nelson, El Mariscal, le alcanzó un billete.
- Vete a casa.
Siguió su camino. Ningún rostro pacífico y ninguno confiable. La gente sana se extinguió el siglo pasado, pensó Nelson, El Mariscal. Llegó a la esquina de la iglesia y vio durmiendo sobre cartones a Felipe de Austria. Siguió caminando. Tomó la calle Normandía. Atravesó sin ascos los contenedores donde cada día se procuraba comida. No Nelson, hoy no. Hoy es un día de celebración.
- Nelson, El Mariscal, ¿qué te trae por Normandía? ¿Adónde vas?
Era Mosquito, el “dueño” de esa calle.
- A casarme.
- ¿No me invitas a la ceremonia?
- Cuida tu burdel y deja de joder.
Horas después, Nelson, El Mariscal, desembarcaba en la gran Avenida del Sur, su destino final. Casas hermosas, elegantes, costosas. Un enjambre de escolares salía del colegio. Chicos y chicas de uniforme gris, azul y blanco y corbatas rojas.
Nelson, El Mariscal, no evitó la colisión.
- ¡Mira, es Rasputín!!
Alguien tiró de su gabán. Una negra nube de buitres. Nelson, El Mariscal, siguió caminando. Le pareció que se le descoyuntaban los hombros, de tanto sopapo que le habían propinado.
Una voz de niña lo acusó ante su chofer:
- ¡Cuidado! ¡Es un loco peligroso!
El hombre, vestido de uniforme azul, lo ignoró. Nelson, El Mariscal le trató de decir que no, con la mirada. El bólido salió disparado. Los demás curiosos lo miraron entre asqueados y temerosos; siempre de lejos, guardando la prudente distancia que se debe guardar de los locos.
- Es guapo, -dijo una mujer a su amiga –un buen baño y me lo llevo.
La otra lo miró y sonrió.
Aunque burlón, el comentario era un gran regalo para ese día tan importante. Nelson, El Mariscal, encontró un parque verde y amplio, con unos pocos niños a quienes sus madres o nanas rescataron inmediatamente. Nelson, El Mariscal, los miró tratando de mostrarse amigable, pero sin conseguirlo.
Se sentó en una banca, destapó lentamente la botella, bebió tres grandes sorbos y se dispuso a esperar que lo envolvieran las definitivas sombras.

DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2013 Rogger Alzamora Quijano


lunes, 3 de diciembre de 2012

LITIGIO

Escribe: Rogger Alzamora Quijano


Tengo aquí los tres cuadernos. Trescientas hojas salpicadas de garabatos. Poemas, notas, letras de avezadas canciones, elucubraciones sobre la muerte, trazos, dibujos y frases. Dos de ellas llaman mi atención. La fecha: mayo del 2003. Aquél día nuestro subterráneo círculo de letras conmemoraba -obvia borrachera incluida- cuarenta años de la muerte de Javier Heraud, en un cuartucho del que emanaba el tosco vaho de un balde de guinda de Huaura, mezclada con ron Cartavio.
Habíamos terminado una canción para el poeta, de la que recuerdo apenas el estribillo:

A pesar de tu ternura,
de los bosques de poemas.
A pesar de tu ausencia
los tiempos son iguales
y la rabia es la misma.


Fueron seis estrofas mediocres. Habíamos discutido mucho antes de decidir que la melodía iba bien con una escala diatónica, lo que para una manada de borrachos fue una invitación al caos. Como dije, las letras eran prescindibles, pero la vibrante melodía fue una muestra de ingenio que jamás pudimos repetir. En realidad, tal proeza se la debemos a un muchacho de nombre Jotapé, músico autodidacta que llevaba escritas -me consta- los cuatro movimientos de una sinfonía con la que, sin duda, debió pasar a la historia: “Plaza de Armas de Cuzco, 1781”.

Ah, las dos frases. Volví por ellas.
Yo había sido testigo de todos sus versos, como Paco de los míos. Discutíamos febrilmente nuestros poemas, mientras echábamos humo de un mismo Premier-. Las risotadas y el cigarro nos secaban la boca, pero nunca nos faltaba trago, por muy veneno que fuese. Éramos, a la vez, buenos amigos y furibundos disidentes. Su poesía pesimista y mis cursis epigramas eran suficiente razón para ahogarnos en estériles discusiones. Su manía por acortar mis enjundias y mi obstinación por quitarle drama a sus versos eran preludios de inminente náusea.

- La buena noticia es que “esto” no lo leerá nadie -me provocaba-. Nunca harás el ridículo en público.

Era alto, moreno, mirada y sonrisa indescifrables, grandes manos e inmanente lucidez, irascible y rudo -perdía amigos y mujeres tan fácilmente como los hacía- introvertido, orgulloso y noble, mentiroso y afable. Fui su único amigo. Cuando salió de la cárcel yo fui a esperarlo. Cinco días en los apestosos sótanos del palacio de justicia a causa de una memorable golpiza a un agiotista, no hizo mella en la desfachatez de quien se sabe indemne al abuso. Apestaba a perro muerto. Me abrazó mientras pronunciaba la misma frase de César Moro, que llevaba tatuado en el pecho: Il es´t question de la victoire sur le temps.



El tercer y último cuaderno era también el más viejo. Allí encontré de puño y letra:

Hoy escuché Albinoni
y su adagio sonó más triste
que tu despedida.
Hoy sé, por fin,
que hay cosas más tristes
que tu ausencia.


Fechado 03 de diciembre de 1978.

En julio del 76, 15 años antes de conocernos, yo había escrito mi "Epigrama de invierno":

Hoy escuché Albinoni
y su adagio sonó más sordo
que el goteo de la lluvia
sobre los charcos.
Hoy sé, por fin,
que hay cosas peores
que tu ausencia.



Tarde para encontrar una explicación, Paco murió ayer.



DE: EL JUEGO DE LA VIDA Copyright © Rogger Alzamora Quijano

jueves, 8 de julio de 2010

LA ROCKOLA


Escribe: Rogger Alzamora Quijano

Música por Gal Costa: Chega de saudade (Jobim-Moraes)


Chega, de saudade
a realidade, É que sem ela não há paz...



La tarde anterior, durante la sobremesa del almuerzo, mientras daban cuenta del vino tinto, escucharon cantar a Gal Costa. No tardaron en hablar de Tom Jobim y, como siempre, discreparon. Habían muchas buenas canciones del maestro como para elegir una sola, pero decidieron que Chega de Saudade sería su canción.
Regresaron a la oficina prometiéndose ir el fin de semana a cenar en el departamento de él, después de comprar el disco.
No puedo decir mucho de ella. Apenas la conocía. Era era menuda, feliz y de cabello negro alborotado.

Esa misma tarde él vino jugar billar con nosotros. Nos contó su historia con todo detalle y hasta tarareó la canción. Bebimos abundante cerveza. Cuando se fue a casa había empezado la madrugada del sábado. Nosotros nos quedamos una hora más.

La resaca me despertó de pronto. Sed, dolor de cabeza, sed, dolor de cabeza. No, no era la resaca solamente. Era el timbre de la puerta. Encendí la luz: siete y siete minutos. El silencio estaba perdiendo la batalla. La poca luz invernal y un frío viento súbito me terminaron por abofetear.
Otra vez el timbre. Me puse el sobretodo y salí. Tras el ojo mágico la deforme cara de Lorenzo me apuró.

Han pasado cinco años. Alguien en la rockola del café-bar ha hecho girar Chega de saudade. Mi amigo y su joven diosa de quien no recuerdo el nombre han regresado a mi memoria, otra vez cabalgados sobre ese frío tan suyo y tan repentino. Chega de Saudade trae consigo una sepia fotografía de ellos riéndose mientras se miran con absoluta pertenencia, libres ya de los tormentosos dilemas de la existencia humana, que por fuerza tuvimos que entender.


DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2007 Rogger Alzamora Quijano