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martes, 10 de noviembre de 2020

MALA C


En efecto, el odioso azar parecía haber aglutinado lo más perverso en una sola mujer. Cuando la conoció pudo percibir algo extraño, indudablemente funesto, impregnado en el perfume que la precedía.


— No tengo que sacar un clavo con otro— Le dijo a Leo, a modo de deserción, pero este no le hizo caso.


Mala C estaba en la cima de su belleza. Casi rosada de tan blanca que era, vivaz, abundante, provocadora, de rasposa carcajada y verbo bravucón. A él no le importó. Total, para una breve aventura como esa no había que ser tan exigente. Sin entender cómo, fue adaptándose a su burdo refinamiento. Y continuó otro día más. Y otra semana, y otro mes. Cuando ya no pudo más, trató de cortar por lo sano. Mala C no lo soportó, intentó abofetearle. Creyó haberla calmado posponiendo la conversación para mañana, aunque notó un súbito rictus hasta entonces desconocido. Al día siguiente, cuando llegó a trabajar —como de costumbre, diez para las ocho— el guardián lo paró en seco.


— Orden del jefe. Dice que espere aquí. Él lo va a llamar. 


Un par de horas más tarde, tras una lista de graves infundios que Borda le enumeró ante su estupor, fue despedido. Pero aquello sería apenas el primer capítulo de la pesadilla. Le siguieron más infamias, procesos judiciales y abogados. Durante dos años tuvo que cruzarse con ella en los tribunales, ante fiscales y jueces corruptos, manifiestamente pasmados ante su pendenciera vestimenta. Nada dura para siempre, y la larguísima noche acabó porque tenía que acabar.


Ayer martes, después de catorce años, una súbita náusea lo remeció en el supermercado. Mala C, ya sin rastro de aquella innegable y turbia belleza de antaño, se apuraba por limpiarle los mocos a uno de dos niños discapacitados que iban con ella. Mala C, al descubrirlo, esquivó como pudo y se alejó trastabillando, apurada, roja y torpe de tanto sofoco y abandonando a medio camino su carrito de compras.  





DE; Y ENTONCES Derechos Reservados Copyright 2020 de Rogger Alzamora Quijano



sábado, 2 de mayo de 2015

LA NÁUSEA



La vio en la televisión. Estaba con sus amigos. El café pasó por su garganta como un sorbo de espinas.

Salió a la calle. Abajo el portero lo saludó con cierta sorna. En otros tiempos era ella quien sacaba el auto. Media hora más tarde, en la esquina del edificio se detuvo en el puesto de periódicos. En primera plana ella sonriente en la barra de algún bar miraflorino, con la indudable mueca del disfrute. Sintió en sus entrañas un batido gaseoso. Tomó aire. Al pie de la escalera que se alza hasta el edificio, extrajo su teléfono. No usaría el ascensor. Fotos, risas y sonrisas, almuerzos, caballos, autos, playas, cientos de likes en sus redes sociales. La náusea subió irremediable hasta cortarle el aliento. Borrar, borra, borrar. Que no quede ni una. Y luego bloquearla en sus redes. Eso, para empezar.

La mañana había nacido con el olor a mar que precede al otoño. Tres años después estaba deseando que las noches de juerga, al sur de Lima, se fuesen de inmediato, sin tener que pasar por la memoria. Esta nostalgia que trae el otoño no ayudaría mucho, pero peor sería un verano absurdo. No le gusta este olor salino, tosco, dañoso, lacerante, que es una nueva amenaza: es la fétida náusea que apaga sus sentidos. Carajo, pasaron dos semanas. Para mí es poco, pero ella no es yo. La sal del adiós, de la despedida, del pasado, de la pérdida, no tenían el mismo significado ni siquiera para dos almas que se fundieron en algún momento.

Un piso, dos, tres. Al encuentro con sus fantasmas. Cuatro, seis, hasta atravesar la cortina del pasado. Recuerdos, urgencia, nostalgia. Puta madre. Se quita el abrigo. El sol está disparando un halo de luz que se cuela por la ventana. El cielo limeño, otras veces tan gris y sombrío, va a solear cuando más lo necesita. Abajo, en las calles, el bullicio se acentúa. Bocinas, motores, desorden. Todo ese caos parece una invitación al abrazo. Déjala ir. No te necesita. No es la que conociste. Ser famosa es ahora lo más importante. Está pasando la náusea. El aire del octavo piso ayuda. Lima es una ciudad mágica, donde todo parece una fiesta. La gente canta, ríe, silba, bromea. El limeño se agarra de su alegría para salir a lucharla. Le gusta Lima porque no es una ciudad ausente. Aquí siempre pasa algo. No tiene calles perfectas, no pertenece al primer mundo. No es una ciudad ordenada y superficial, de gentes egocéntricas y deshumanizadas. Aquí es urgente el roce, el contacto físico, la intimidad. Un abrazo, un beso, una mirada, un apretón de manos, un palmoteo. Lima es una ciudad expresiva. Un hola, una sonrisa, un grito, un insulto, un desplante. Todos somos alguien. Nadie pasa desapercibido. Él tiene su lugar en esta sociedad mestiza, en este cuadrante variopinto que como hoy le pide cuentas de su soledad. Un par de semanas más y saldrá al reencuentro con su origen, sin pizca de pasado.

Es un chico de Barrios Altos. Por naturaleza es alegre y suspicaz. Tener un buen empleo, ganar buen dinero y vivir en Miraflores con una flaca del María Reina, estuvieron a punto de borrar su identidad.


De: El Juego de la vida Copyright © 2015 Rogger Alzamora Quijano

miércoles, 24 de julio de 2013

LA CARTA ESCONDIDA




Si Facundo supiera que nunca deposité su carta en el correo, me abrazaría alborozado, nos emborracharíamos y tal vez hasta nos iríamos de putas.

Estaba escrita con una letra cuidadosamente dibujada sobre un papel amarillo, sin líneas.

Inigualable Flor:

Tu respuesta es una copa de veneno que no me mata. Dirás que porque ya estoy muerto, pero no, aún no. Estoy vivo a sabiendas de que la vida me tiene preparadas más celadas y estratagemas.

Después de tu última carta, me dio por dejarle al olvido la tarea de sostenerme. Caminaba largas horas, corría el doble, auscultaba obsesivamente las novedades electrónicas en los centros comerciales, me mimetizaba con la multitud, para no tener que pensar. No me cansaba, no tenía hambre, no echaba de menos mi cama y hasta olvidaba a mis perros.

Un frío jueves a las siete y treinta de la noche cuando regresaba del trabajo, aplastado en el penúltimo asiento del bus, subieron dos muchachos, uno con guitarra y el otro con charango. Se ubicaron en los extremos y comenzaron a cantar aquella melodía que alguna vez nos capturó en la olvidada caleta norteña. Sus voces no eran las mejores -quién sabe cuántas horas llevaban rasgando sus gargantas-, pero cantaban con oficio y le agregaban emoción.

Aguanté firme la primera estrofa, pero en la segunda tuve que mirar la ventana, la calle, la gente, la nada y el todo. Cualquier cosa, menos a ti. Cuando llegaron al estribillo ya había logrado poner en su lugar los hechos, a fuerza de recordar tus traición, tus desplantes, tus afrentas.

Terminó la canción y el bullicio apagó su secuela. Los muchachos pasaron el gorro. Les di un billete de a diez, por haberte extirpado de mí sin demasiado esfuerzo. Fin a tus ojos miel, a tus cabellos, a tus manos, a tu sonrisa, a tu mínimo talle, a tu cuerpo durazno, a tu hoy ajeno, al rincón donde nos sentábamos a conversar, a las canciones que nos hacían llorar.

Como puedes verlo, estoy vivo.


Facundo.



DE: CARTAS APÓCRIFAS, EL JUEGO DE LA VIDA Copyright © 2013 Rogger Alzamora Quijano

domingo, 14 de julio de 2013

FELIZ DE NO TENERTE MÁS...


Facundo,

Otra vez estamos en lo mismo.
Es la tercera crisis en menos de un año.
Otra vez me vuelves de hablar de madurez, sensatez y demás.
Ya no quiero escuchar si soy o no sensata y madura. Nada de eso tiene que ver con el amor. Ya no te amo. Tengo ahora –dices bien- un hombre que reclama respeto y el punto aparte con mi pasado ¿Dirás como el resto que es muy reciente? Sí, y la única explicación que puedo dar es que el amor que dije sentir por ti no fue tan profundo, pese a que yo misma lo creí así en su momento. Y lo digo por lo que ahora siento. Soy feliz, muy feliz. Facundo, soy feliz lejos de ti ¡Qué alivio!

Que no quede nada por decir, porque no habrá otra vez.

Te amé Facundo, no sé en qué medida, pero te amé. Por minúsculo que haya sido mi amor. Pasamos momentos fabulosos, nos divertimos.

Hoy me apena recordar tus palabras bonitas, frases inigualables que me regalaste en estos cuatro años. ¿Amenazas con enterrar en los mares más profundos tu amor por mí? Facundo, cuando lo hagas encontrarás el que yo dejé allí, el día que me fui.

Disparas al aire, sin darte cuenta que estoy fuera de tu alcance. Tus recriminaciones ya no sirven. Es verdad, la última vez que nos vimos yo me despedí con un beso y varios te amo. Pero, al caminar cuatro calles, me dije que ya no quiero sacrificarme por ti, ni con condiciones, ni sin ellas. Tal vez hace diez o quince años, pero no ahora. Perdona que te lo diga. Ya no quiero pagar el precio de la espera. Una espera que no paga.

Hace tiempo tuve que sacrificar a Lucas por tu causa. No lo merecía.

Ve por otros rumbos Facundo, ya no por donde sabes que suelo ir. No preguntes por mí. No guardes esperanzas. Hoy veintinueve, bórrame de tus recuerdos y de toda traza de mí. Ahora quiero ver si el hombre que tengo a mi lado puede adaptarse a mí. Si no, pues también adiós y mucha suerte. C'est la vie.

¿Que no te acompañé en momentos difíciles? Lo lamento. Fue coincidencia mi adiós y tu accidente. Deseo te recuperes pronto. He desconectado mi celular y todas las formas de conexión contigo. Tengo que hacerlo, estoy harta de ti.

Lejanos están los tiempos que peleaba con mi familia, mis amigos, y cuanta persona se me pusiera enfrente para defenderte ¿Qué conseguí? El aislamiento y la soledad. Hoy puedo tener todo en un mismo plato: el hombre que amo, mi familia y mis amigos. Te deseo suerte en tu autoexilio. Es el mundo al que dices pertenecer. Ambos, entonces podremos ser felices, aunque ya no juntos.

Finalmente quiero disculparme por haberte desprestigiado ante mis allegados. Fui demasiado lejos. No debí hacer caso a quienes me pedían tu cabeza. Buscaban regocijarse viendo cómo te desangrabas. Hice muy mal al darles lo que me pidieron, a costa de tu dignidad. Te ofrezco mis disculpas. No soy de arrepentirme o autoflagelarme por lo que hago.

Prefiero dar giros inmediatos a mi vida. Tú eres de los que eligen el ostracismo. Cada quien con su vida.

Adiós, Facundo Javier.


Flor

DE: EL JUEGO DE LA VIDA - CARTAS APÓCRIFAS Copyright © 2013 Rogger Alzamora Quijano

martes, 9 de julio de 2013

EL ADIÓS DE FLOR



No voy a dar demasiados detalles sobre esta misiva. Sólo diré que se trata de un paquete epistolar que llegó a mis manos desde una de las partes. Ambos son mis amigos. Aquí una carta de Facundo.

Amada Flor, después de cuarenta y cuatro horas de durísimo silencio recibí tu carta. Quizá si hubiera llegado antes, quizá si hubiéramos hablado antes de que yo atravesara el infierno, pero la vida se ha hecho también para errar, equivocarse y perder. Te escribí sin detenerme en la sintaxis, la ortografía ni ninguna de las formas que siempre cuidé en mis notas. Debo haberme trastornado cuando te fuiste sin decir nada, para después regresar a casa luego de dos días, arrogante y fresca. Esperaba que estuvieras junto a mí en mis angustias, como yo estuve contigo cuando tus tragedias.

Flor hermosa, todo lo que se gana no tiene sentido frente a lo que se ha perdido. Eso se sabe después, cuando una y otra vez comienzan a regresar los recuerdos, la necesidad urgente, los besos ausentes. No cambias Flor. Te ha sido dado de ese modo, tal vez desde cuando tuviste que cargar con vidas ajenas, fracasos impropios y tristezas genéticas. Sabes por demás que desde que te vi te amé sin dudarlo, con lo mejor de mí. Yo, que había vivido una soledad vegetativa, un terco autoexilio, apenas oí tu nombre condoné mis carencias por esperanzas. Con un austero expediente bajo el brazo desempolvé mis caricias y mi entrega total hasta dejarlas relucientes, para ofrecértelas todas. Me dijiste entonces que no necesitaba ofrecerte nada porque todo te lo estaba dando. Y yo te creí. Era la frase más bonita que había escuchado jamás, porque te hacía insuperable. Como nadie, tú valorabas el amor incondicional. Creí haber entendido que no necesitabas sino amar y dejar que yo te amara sin convencionalismos ni apariencias, pero ahora, a la luz de los hechos, veo que no fue eso lo que querías decir. Mis gestos, que en un principio adorabas ya te resultaban falsos, sobreactuados y malintencionados, la certeza de mi amor ya estaba en duda. El futuro que habíamos trazado se cayó como una casa de galletas. Mis palabras te inoculaban veneno, comenzaste a solventar la idea de que mi sola presencia te sentenciaba, las horas que pasaba frente a ti eran el cuchillo que destazaba tu tranquilidad; la magia de nuestros sueños de transformó en noche de espanto. Te dedicaste a confabular creyendo estar descubriendo un lado oscuro que nunca tuve.
De ese modo obsesivo acopiabas los ingredientes de una magistral receta para destruir el amor.

Te veo y no puedo evitar verte. Luces bonita, como siempre te dije, haces honor a tu nombre: Flor, la más bella flor. Muestras con orgullo los inequívocos dientes de la felicidad. Luces radiante y promisoria, trepada sobre el tren de la vida y saludando triunfante con los pétalos de luz que son tus manos. No hago más que adherirme a tu gesta, aunque todavía tengo mi herrumbroso y malherido amor enquistado bajo la piel. Siento una especie de dramática felicidad al verte así, porque no existen argumentos para que alguien como yo -que conoció el amor en tiempos de desdicha universal- sea mezquino con quien le procuró un planeta de felicidad. Yo, el dragón de siete cabezas, me he ido retirando a mi antiguo mundo subterráneo de silencios recurrentes y sempiterno crepúsculo, que no es ajeno para mí, es amigable. No es un castigo, es una solución. Soy para ti el monstruo que desvirtuó tu panacea para ofrecerte un raquítico tesoro de migajas de amor eterno, el poeta rural que te bañó en insignificantes y encendidos versos, el rufián que te otorgó infames perdones que una reina como tú no necesita ni espera. El despiadado advenedizo a quien dices no conocer más.

Sé por amigos comunes que estás feliz con alguien a quien encumbras y luces orgullosamente. Disfrútalo, duerme caliente a su lado, abre los ojos a un desayuno listo, llora en su hombro y siéntelo llorar al mismo tiempo, deja que se preocupe por tus ancestrales heridas, siente en tu piel su miedo de perderte, recíbelo con una sonrisa cada vez que te espere, te cuide y vaya contigo al trabajo, recibe a diario toneladas de caricias, sabores y comidas inventadas, abrazos huérfanos y calor en tu casa.

Tengo en las manos el adiós subrepticio que tiempo atrás me entregaste cual néctar dulzón y exquisito. Como sabes bien, lo bebí hasta la última gota. Hoy, todavía no termina de matarme. Lo tengo regando mis venas todo el tiempo. Durante las noches regresas a mis sueños, vestida unas veces como digitalis purpurea, otras como blanquísima hortensia. Dime si no vuelvo a ser imprudente y suicida al permitirte envenenarme también en mis sueños.

Tengo en mis manos tu adiós pero solo hasta sacudirme de la adicción. Cuando suceda, cortaré con mis propias manos el cordón umbilical que me alimenta de recuerdos, nostalgia, atenuantes y perdones. Mataré uno a uno suspiros, fotografías, sensaciones, y todo lo que tenga trazas de ti. Hundiré mi amor en la ignota Fosa de las Marianas, tumba real para algo irreal.

Esta tarde te volví a ver, ibas cantando una canción ajena. Te seguí de cerca. Tu caminar sigue siendo sencillo, sensual y delicado, tu cabellera nogal es hermana del viento. Llevabas el bolso que te enamoró apenas lo viste -lo recuerdo-, y unos botines azules que no han cejado en su altivez. Caminé tras de ti sin que lo notaras. Necesitaba ir escribiendo allí mismo -en mi mente- la carta que hoy pondré en tu buzón. Luego me quedé parado, confuso, y no te vi cuando desapareciste. Cuando la recibas -calculo será el veintinueve- habrá muerto mi sueño en las profundidades del mar de Guam.

Hasta entonces, Facundo.

DE: CARTAS APÓCRIFAS (EL JUEGO DE LA VIDA) Copyright © 2013 Rogger Alzamora Quijano

jueves, 20 de junio de 2013

TAXI


Un frío súbito trepó hacia su garganta. Comenzó a temblar. Se incorporó mientras sus entrañas se le escapaban entre las manos. La gente lo siguió. Él pensó por un momento que tal vez estaba soñando, porque sólo en los sueños pueden las gentes verlo a uno caminar mientras se va muriendo.

- ¡Taxi!.. – gritó-. A un hospital, por favor.

El taxista lo miró. Iba a partir, cuando se dio cuenta de que manaba abundante sangre. Frenó en seco.

- Bájese- le dijo.

- Ya manché el auto – dijo él.

- ¡Bájese!

- Le daré mis zapatos, son nuevos y muy caros. Es lo único que tengo, todo lo demás me lo robaron- balbuceó.

- Démelos de una vez – lo apuró el taxista.



DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2012 Rogger Alzamora Quijano

NELSON, EL MARISCAL




Antes de salir, Nelson, El Mariscal, encargó al Doctor Miranda su atado con efectos personales y le pagó por adelantado. Su gabán negro se batía al viento. Nelson, El Mariscal, era alto, muy delgado, de larga cabellera y barba de año y medio. La claridad del día no le daba seguridad, pero esta vez no le importaría la impertinencia del sol.
- Nelsito, cariño -Betty, todavía estaba trabajando a esas horas.
- ¿No hay para el pan, preciosa?
- No he comido desde ayer ¿Adónde vas tan elegante?
- A casarme –dijo Nelson, El Mariscal, con voz solemne.
- Dijiste que te ibas a casar conmigo.
- Te prometo que le seré infiel. La engañaré contigo.
- Eres lindo. El más bello de mis amantes –Betty le sopló un beso desde su mano y le dedicó su mejor sonrisa.
Nelson, El Mariscal, le alcanzó un billete.
- Vete a casa.
Siguió su camino. Ningún rostro pacífico y ninguno confiable. La gente sana se extinguió el siglo pasado, pensó Nelson, El Mariscal. Llegó a la esquina de la iglesia y vio durmiendo sobre cartones a Felipe de Austria. Siguió caminando. Tomó la calle Normandía. Atravesó sin ascos los contenedores donde cada día se procuraba comida. No Nelson, hoy no. Hoy es un día de celebración.
- Nelson, El Mariscal, ¿qué te trae por Normandía? ¿Adónde vas?
Era Mosquito, el “dueño” de esa calle.
- A casarme.
- ¿No me invitas a la ceremonia?
- Cuida tu burdel y deja de joder.
Horas después, Nelson, El Mariscal, desembarcaba en la gran Avenida del Sur, su destino final. Casas hermosas, elegantes, costosas. Un enjambre de escolares salía del colegio. Chicos y chicas de uniforme gris, azul y blanco y corbatas rojas.
Nelson, El Mariscal, no evitó la colisión.
- ¡Mira, es Rasputín!!
Alguien tiró de su gabán. Una negra nube de buitres. Nelson, El Mariscal, siguió caminando. Le pareció que se le descoyuntaban los hombros, de tanto sopapo que le habían propinado.
Una voz de niña lo acusó ante su chofer:
- ¡Cuidado! ¡Es un loco peligroso!
El hombre, vestido de uniforme azul, lo ignoró. Nelson, El Mariscal le trató de decir que no, con la mirada. El bólido salió disparado. Los demás curiosos lo miraron entre asqueados y temerosos; siempre de lejos, guardando la prudente distancia que se debe guardar de los locos.
- Es guapo, -dijo una mujer a su amiga –un buen baño y me lo llevo.
La otra lo miró y sonrió.
Aunque burlón, el comentario era un gran regalo para ese día tan importante. Nelson, El Mariscal, encontró un parque verde y amplio, con unos pocos niños a quienes sus madres o nanas rescataron inmediatamente. Nelson, El Mariscal, los miró tratando de mostrarse amigable, pero sin conseguirlo.
Se sentó en una banca, destapó lentamente la botella, bebió tres grandes sorbos y se dispuso a esperar que lo envolvieran las definitivas sombras.

DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2013 Rogger Alzamora Quijano


domingo, 2 de junio de 2013

LAGO NEGRO




Por segunda vez estaba en ese pueblo, en la sierra del Perú, pequeño, hermoso, casi vacío de gentes pero lleno de cultura e historia. Una semana antes, mientras revisaba el periódico, mis ojos se detuvieron en una crónica acerca del mismo Lago Negro que allí conocí.

Entre el pueblo y la montaña hay apenas un par de kilómetros. Tal vez un poco más. La cuesta no es pronunciada. Saliendo por el lado oeste de la ciudad uno se topa con el Lago Negro, junto al camposanto. Es un lugar solitario, donde el aire frío sopla inclemente en toda época, según me dijeron. Un lugar donde ni en su cenit el sol logra calentar.

La crónica cuenta que una princesa y un modesto amauta caminaron hasta la cumbre de la montaña para aprovechar la que quizá sería la única oportunidad. Con la complicidad del sol, el viento, las montañas y los apus, decidieron unirse en unas nupcias originales y sinceras. Aquella brillante mañana, la princesa olvidó su solitaria vida -de rígida disciplina establecida por su padre, el severo curaca. Habló de sus sueños, tan modestos como los de una doncella: amar, tener hijos, ser feliz. Y se casaron solo para corroborar la supremacía del sentimiento, más que como un vano ritual. Algo muy suyo, algo que significaría la celebración de un amor único, total y definitivo. Hicieron sus alianzas con los ichus frescos de la puna y brindaron con agua de la lluvia empozada en la roca. Luego treparon hasta la luna mientras descubrían allá, sobre la línea del poniente, un futuro de preciosos colores y esperanzas. Se juraron fidelidad hasta la muerte.

Sin embargo, un día en que la espera infructuosa la aplastó hasta la soledad, la princesa aceptó un marido. Se casaron. Olvidó sus promesas, por la realidad y la cercanía.
Cuando se enteró, el amauta resistió inquebrantable el desaire.

Mucho tiempo después, la princesa y el amauta se encontraron junto al Lago Negro. Según el cronista, allí fueron vistos por última vez. Y mientras se miraban a los ojos, de pronto desaparecieron.

No se supo más de ellos. El escándalo cundió, como es de suponer en un pueblo pequeño. Y aunque el furioso marido de la princesa usó todo su poder, jamás logró hallar evidencias. Poco tiempo después moriría sin haber saciado su venganza.

Recoge el cronista que el Lago Negro se tragó a los amantes y de inmediato oscureció sus aguas transparentes, para que en sus profundidades pudieran los amantes cumplir su promesa sin obstáculos. No faltan los que aseguran que por las noches se escuchan risas y voces de niños, en constante celebración y boato.

El Lago Negro es el mundo de los amantes, que en vida no lograron realizar sus sueños.


DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2013 Rogger Alzamora Quijano

lunes, 4 de febrero de 2013

VOLVAMOS A CONOCERNOS



La ventana estaba abierta hacia la gran ciudad. El sol brillaba como nunca y en la calle la gente se sofocaba. Alisa rezongaba en la cocina. Se la podía escuchar peleándose con los utensilios. Rodrigo sonrió. Le había ofrecido ayuda, pero ella lo había ignorado con un beso. Esta vez cocinaré yo, le dijo. Ya estoy avergonzada de conformarme viéndote preparar delicias. Hoy habrá comida quemada, exceso de sal y sabor ausente.
Desde que se conocieron, allá en su provincia cerca de Casagrande, Rodrigo de diez años y Alisa de nueve, asumieron la notoria cercanía como una costumbre, después que sus mamás acordaran que Rodrigo sería el paje de Alisa durante la Fiesta del Trono. Alisa era la Reina de la Provincia. La gente no se cansaría de elogiar y aplaudir la belleza de ambos durante los desfiles. Alisa tenía una mirada deslumbrante que nacía en el alma y se reflejaba en sus preciosos ojos café. Era tímida, de natural sonrisa, cabellos negros que resbalaban sobre su rostro brillante, perfecto, inocente. Rodrigo era un niño hermoso, de rostro amable, ojos grandes y negros. Parecía hijo del poderoso malik. Su acento berebere reforzaba esos rumores.
Esa tarde apenas bailaron una vez. Sus madres no pudieron impedir sin embargo, que se miraran. Tampoco que al final, ella cruzara todo el salón sólo para decirle sin atisbo de duda:
- Quiero ser tu novia.
Desde entonces y hasta finales de la secundaria fueron novios. Sin un beso, sin una palabra. Se temían y se pertenecían al mismo tiempo. Fueron tiempos de somera felicidad, hasta que un día Alisa vio a Rodrigo riendo animadamente con otra joven. Se sintió traicionada. Tenía catorce años cuando el mundo se derrumbó sobre ella. Poco después, Rodrigo se dio de bruces con Alisa besando a su mejor amigo. Rodrigo lloró ante la impotente condolencia de su madre. Ambos optaron por el despecho. No volvieron a dirigirse palabra.
Tiempo después Alisa se casó y tuvo un hijo con aquél muchacho. Rodrigo tuvo que casarse, quizá solo para tener un hijo también. Alisa se fue a vivir a Málaga con su nueva familia y Rodrigo, aunque se quedó en su patria, no quiso seguir en Sindibad para no atizar los recuerdos, y se mudó a Asilah.

En su lecho de muerte la madre de Rodrigo le confesó muchos años después lo que había escuchado y callado, sólo porque pensó que un amor de niños no tenía importancia. Le habló de la confabulación de mucha gente para destruir el amor entre él y Alisa. Padres e hijos habían confabulado en una trama maquiavélica, según la cual ambos niños estaban maldecidos por tanta hermosura. Y se encargaron de convencer a Alisa de que Rodrigo, con lo bello e inteligente que era, nunca dejaría de estar asediado. Que acabaría siendo un mujeriego incorregible.
Rodrigo escuchó perplejo a su moribunda madre enfatizar cómo en aquella ciudad se urdió una gran emboscada contra dos niños que apenas comenzaban a conocer los señuelos del amor. Nunca había podido olvidar a Alisa.
Su madre terminó la confesión con un meditado corolario que Rodrigo no habría de olvidar: “Eran la chica más hermosa y el muchacho más codiciado de la ciudad. La pareja perfecta. Tus amigos y compañeros te envidiaban porque todas las muchachas soñaban contigo. No soportaron que ellas te adoraran no solamente por tu belleza física, sino por tu inteligencia, caballerosidad, educación y sencillez. Y las muchachas se unieron a la trampa porque no te perdonaron que las ignoraras. Envidiaban a Alisa. Se sumaron a la conjura, tal vez pensando que al fin elegirías a alguna de ellas. Cuando -pese a la ruptura- tú no elegiste a ninguna de las intrigantes, fue aún más atroz la rabia de aquellas jóvenes mujeres."

Rodrigo escuchó que Alisa lo llamaba y tuvo que abandonar los recuerdos. Tenían alrededor de cincuenta y cinco años cada uno. Alisa seguía siendo hermosa y distinguida y Rodrigo aún se veía guapo y sencillo.

Antes de entrar en la cocina Rodrigo miró a su mujer desde el umbral de la puerta. Se acababan de casar después de dos años de su reencuentro en los pasillos de La Alcazaba. Se habían saludado, y después de dominar los nervios iniciales se miraron con azoro, sin nada que decir. Sin embargo, podían escuchar el golpeteo urgente de sus corazones solitarios.

Cuando ella le extendió la mano para despedirse -el grupo la estaba esperando-, Rodrigo la detuvo con una propuesta:

- Volvamos a conocernos.



DE: EL JUEGO DE LA VIDA Copyright © 2012 Rogger Alzamora Quijano

lunes, 3 de diciembre de 2012

LITIGIO

Escribe: Rogger Alzamora Quijano


Tengo aquí los tres cuadernos. Trescientas hojas salpicadas de garabatos. Poemas, notas, letras de avezadas canciones, elucubraciones sobre la muerte, trazos, dibujos y frases. Dos de ellas llaman mi atención. La fecha: mayo del 2003. Aquél día nuestro subterráneo círculo de letras conmemoraba -obvia borrachera incluida- cuarenta años de la muerte de Javier Heraud, en un cuartucho del que emanaba el tosco vaho de un balde de guinda de Huaura, mezclada con ron Cartavio.
Habíamos terminado una canción para el poeta, de la que recuerdo apenas el estribillo:

A pesar de tu ternura,
de los bosques de poemas.
A pesar de tu ausencia
los tiempos son iguales
y la rabia es la misma.


Fueron seis estrofas mediocres. Habíamos discutido mucho antes de decidir que la melodía iba bien con una escala diatónica, lo que para una manada de borrachos fue una invitación al caos. Como dije, las letras eran prescindibles, pero la vibrante melodía fue una muestra de ingenio que jamás pudimos repetir. En realidad, tal proeza se la debemos a un muchacho de nombre Jotapé, músico autodidacta que llevaba escritas -me consta- los cuatro movimientos de una sinfonía con la que, sin duda, debió pasar a la historia: “Plaza de Armas de Cuzco, 1781”.

Ah, las dos frases. Volví por ellas.
Yo había sido testigo de todos sus versos, como Paco de los míos. Discutíamos febrilmente nuestros poemas, mientras echábamos humo de un mismo Premier-. Las risotadas y el cigarro nos secaban la boca, pero nunca nos faltaba trago, por muy veneno que fuese. Éramos, a la vez, buenos amigos y furibundos disidentes. Su poesía pesimista y mis cursis epigramas eran suficiente razón para ahogarnos en estériles discusiones. Su manía por acortar mis enjundias y mi obstinación por quitarle drama a sus versos eran preludios de inminente náusea.

- La buena noticia es que “esto” no lo leerá nadie -me provocaba-. Nunca harás el ridículo en público.

Era alto, moreno, mirada y sonrisa indescifrables, grandes manos e inmanente lucidez, irascible y rudo -perdía amigos y mujeres tan fácilmente como los hacía- introvertido, orgulloso y noble, mentiroso y afable. Fui su único amigo. Cuando salió de la cárcel yo fui a esperarlo. Cinco días en los apestosos sótanos del palacio de justicia a causa de una memorable golpiza a un agiotista, no hizo mella en la desfachatez de quien se sabe indemne al abuso. Apestaba a perro muerto. Me abrazó mientras pronunciaba la misma frase de César Moro, que llevaba tatuado en el pecho: Il es´t question de la victoire sur le temps.



El tercer y último cuaderno era también el más viejo. Allí encontré de puño y letra:

Hoy escuché Albinoni
y su adagio sonó más triste
que tu despedida.
Hoy sé, por fin,
que hay cosas más tristes
que tu ausencia.


Fechado 03 de diciembre de 1978.

En julio del 76, 15 años antes de conocernos, yo había escrito mi "Epigrama de invierno":

Hoy escuché Albinoni
y su adagio sonó más sordo
que el goteo de la lluvia
sobre los charcos.
Hoy sé, por fin,
que hay cosas peores
que tu ausencia.



Tarde para encontrar una explicación, Paco murió ayer.



DE: EL JUEGO DE LA VIDA Copyright © Rogger Alzamora Quijano