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jueves, 7 de mayo de 2020

LA HISTORIA



Liena caminaba por el puente Washington, recordando su lejana patria enferma de hipocresía y envidia, que en el fondo añoraba.

Al otro lado del planeta, Axel limpiaba sus rozagantes anturios cuando oyó el teléfono. Risas van llantos vienen, hablaron con hambre y premura, como si se les diluyera la vida. 

Horas más tarde, esta vez una videollamada encendió definitivamente la pradera. No se dieron cuenta de la fatal encrucijada que les esperaba. Emboscados por la necesidad, no hicieron nada para evitar beberse sorbo a sorbo, sin percatarse que con sus besos se incrustaban también las esquirlas de sus pasados dispares. Y es que la pasión puede perfectamente disfrazar la ruina.

Ha pasado mucho tiempo, pero quienes los conocen aseguran que todavía se detienen a mirar cómo sus fragmentos vagan en el espacio.




Fragmento extraído del libro: Y ENTONCES Derechos Reservados © 2020 de Rogger Alzamora Quijano

jueves, 7 de noviembre de 2019

EL HAMBRE Y LA NECESIDAD



En el barrio de Miranda, estrecho, caótico y bullanguero, no hay calles, hay pasajes y recovecos que intimidan a los extraños y protegen a los propios. No hay alumbrado público. Han reventado a pedradas los focos. Es innecesaria la luz en un lugar como Miranda, sinónimo de lobreguez.

Turi, a quien conocemos hace mucho, es de aquí. La queremos. Es ya nuestra familia. Hace varios años llamó a la puerta rogando un trabajo, a cambio de comida. Le encargamos nuestro pequeño jardín. Nos contaba de La Flaca, una mítica mujer que cocinaba delicias.

Años más tarde Turi vio cómo empezamos a hundirnos. Aún así nos quiso, sin dinero, después sin comida. Cuando nos veía rascar la olla por unas pocas lentejas volvía hablarnos de La Flaca. No le hacíamos caso, quizá porque calculábamos que la desdicha se marcharía pronto. Hoy, literalmente muertos de hambre, le rogamos que nos trajera.

Hemos entrado por un ruinoso pasaje. Pepa me mira y musita su miedo. Yo la agarro fuerte. Sería peor si retrocedemos. La gente se mueve sigilosamente. Nos miran, nos calculan. Turi carraspea. Dos pasajes más, volteamos a la izquierda.

— Ahí está La Flaca- dice Turi.

Una mesa grande intercepta el paso. Dos bancas largas y dos cortas. Cuatro hombres comiendo ensimismados. Turi nos mira. Qué esperan, hay que sentarnos. Pepa duda otra vez. Tomo mi lugar junto al mecánico que come apurado. Pepa junto a mi, Turi a su derecha.

— Tres completos.

Turi alza la voz.

La Flaca es una mujer pequeña, huesuda, de ojos vivaces, con el extraño cariz a enfermedad. Pese a su complexión demacrada, tiene la mirada diáfana, el gesto animoso.

Gira la perilla y su pequeña cocina industrial ruge su fuego azul. La Flaca toma un plato, lo incrusta en una gran olla, y vierte el arroz en el wok aceitoso. Así comienza. Hace todo de memoria. Las papas fritas, la salchicha, los huevos desfilan en otra pequeña sartén. Luego mezcla. Cebolla china, kión, algo de una botella, otro poco de otra, una cucharadita de eso, otra de aquello.

Cinco minutos más tarde sirve. Tres gigantes platos de un revoltijo indescifrable. Sobre la mesa cinco frascos dispensadores. Turi sugiere: todas las cremas. Y nos da el ejemplo. Chorros de mostaza, ketchup, mayonesa, crema de rocoto, salsa tártara.

La primera cucharada, desata una simultánea reacción. Turi tenía razón. El aroma nos invade en plena fascinación. Pepa ya no me mira. Pepa es feliz. No recuerdo cuándo fue la última vez que la ví tan dichosa. Turi no cabe de contenta. Se ríe, conversa con uno, con otro. Conoce a todos, todos la conocen.



Fragmento extraído del libro: Y ENTONCES Derechos Reservados © 2020 de Rogger Alzamora Quijano

miércoles, 30 de octubre de 2019

SALSA ROJA Y VINO TINTO




Solía llegar con cuatro tomates rojos y brillantes. Su desfachatez me hacía refunfuñar, pero pasaba a último plano cuando la imaginaba enfrente de su plato. Entonces me transportaba a la inequívoca ciudad de la felicidad, donde todo se reducía a salsa roja, carne y fideos.

El camino había sido largo. Comencé buscando la boloñesa exacta para su paladar, a partir del mío. Más tomates, menos; más zanahorias, menos. Primero con, y después sin, tocino. Tiempo de cocción, intensidad del fuego y algo a lo que no iba a renunciar: la carne previamente hervida en leche —irrefutable consejo de mi abuela—.

Complacerla valió cada intento, cada hora invertida en probar, descartar y empezar de nuevo. Meses en los que tuve ganas de quemar mi delantal. Tirar al tacho la salsa, con olla y todo, y terminar invitándole al mejor restaurante de pastas del mundo.

Tres o cuatro porciones de espaguetis, medio sorbo de tinto. Ese era su ritual. Diez minutos después, dos sorbos de agua, y a caminar por cuarenta minutos al Parque La Cruz.

Desde que se fue, ya no hago espaguetis en salsa boloñesa, pero todavía puedo verla extasiada ante el humeante plato.



Fragmento extraído del libro: Y ENTONCES Derechos Reservados © 2020 de Rogger Alzamora Quijano

lunes, 10 de junio de 2019

SOLEDAD



En aquél entonces, mediodía de la adolescencia, como quien se topa con un bebedero en plena estepa, te vi. Tus lentes, tu figura delgada y desvalida, entre la lectura de periódicos en el quiosco, mi desayuno callejero y la llegada del autobús.

Para dos seres difusos como nosotros, el miedo y la premura son dos venenos con ningún antídoto. Tenía que matarnos y lo hizo. Cierta mañana, un muchacho irrumpió en nuestro paradero. No le dimos importancia. Parecía un nosequién, aturdido, desprotegido. Le hablamos por conmiseración y hasta le invitamos una quinua con manzana y dos panes con tortilla. Se dejó auscultar con naturalidad. Era, en efecto, un perro apaleado.

Un miércoles no llegaste. Pensé que habías atrapado una gripe, como la mayoría de limeños en otoño. Te esperé en vano, casi hasta desfallecer, mientras veía cómo una y otra vez llegaban y se iban los autobús. Era yo el perro apaleado.

Meses después los vi a ambos, en un concierto a beneficio. De pronto se hizo silencio y conocí la soledad. Dijiste un lacónico hola, con una voz que trasuntó mi piel y congeló mis huesos. Él me hizo adiós con la mano. Respondí como pude. Clavado en el piso, mientras todos saltaban y coreaban las canciones, intenté convencerme de que no me debías nada. De reojo podía verte, extasiada o expropiada, no sé.

Logré evadir la curiosidad de mi madre por saber qué mosca me había picado. Después, tuve que lamer tu desplante hasta sangrar. Al fin, me acepté con toda mi carga de estupidez. Perdí el miedo y la necesidad. Me hice tributario del silencio, de esta lóbrega rutina que desde entonces cuido. Amo esta robusta precariedad.



Derechos Reservados 2019 de Rogger Alzamora Quijano

martes, 16 de abril de 2019

LA BILLA DE ACERO (Fragmento)




Quería ser mi amigo en Facebook.

Vi su foto del perfil. Veinte años después había cambiado mucho. No pasaba desapercibida su nariz, grotescamente magullada, pero su expresión anodina seguía intacta. Me quedé mirándolo en la pantalla, ahora se llamaba Mauricio. Volví hasta aquella tarde de sábado, cuando el seis a cero que hasta hoy me lo reprocha Cory.

En aquél entonces lo llamábamos Pillo. Tenía trece años, un año más que yo. Era menudo, flaco, desaliñado, vivaz. Un maestro jugando a las canicas, y argolla, y ciria. Y cuanto juego se hubiese inventado. En el fulbito era, además de talentoso, un tipo malvado y mañoso. Así como te hacía presa de oprobiosas guachas, fintas y tacos, te pateaba soterradamente, te arañaba, te escupía, todo eso mientras te trabajaba a la boquilla.

Con diez años, Pillo era un viejo zorro de la vida. Podía estar todo el día sin comer, y ni hambre sentía. Todos íbamos y volvíamos de nuestras casas, pero él seguía allí, jugando y ganando. Tenía familia. Una familia donde él no cabía. La mamá lavaba ropa ajena en el río. La recuerdo: profundos ojos verdes agobiados por el cansancio, fuerte, alta, hermosa y silenciosa.

Mi madre me reprendía por llamarlo por su apodo y por juntarme con él "y los otros vagos". De todos modos, ella sentía compasión por Pillo. Cuando podía le invitaba algo: un bizcocho, un plátano, cualquier cosa. Él la miraba desconfiado, altanero, le recibía y se marchaba sin decir gracias.

Al caer la noche, vendía las canicas ganadas a los propios derrotados. Con ese dinero, iba a la tienda y se compraba una Coca Cola y lo que se le antojara.

Pillo tenía víctimas, no amigos. Yo le temía y admiraba, en igual proporción. Me ganó cientos de canicas de vidrio, pero nunca jamás mi billa de acero, reluciente, única y magnífica. No supo que existía. Ni él ni nadie. Yo la llevaba en mi bolsillo, la palpaba, sopesaba, acariciaba. Ya en mi casa, después de llegar de la escuela, la ponía sobre mi escritorio para admirar su brillo y distinción. Era mi riqueza y mi orgullo.

Aquella "tarde de sábado", nos reunimos para jugar un partido en el pampón del barrio. A falta de Windor, Pillo me ordenó ir al arco. Lo detesté por eso, pero era su equipo y fui a ubicarme bajo los tres palos.

La pelota iba y venía en una ajustada contienda. Pasada la media hora de juego, no se había movido el marcador. Fue entonces cuando, tras una volada que evitó el primer gol, me levanté envuelto en polvo. Requerí abundante agua para despejar mi vista, y cuando por fin pude ver, Pillo y tres más estaban en un extraño conciliábulo. Me miraban y sonreían. Intrigado, acudí. En las manos de Pillo relucía mi espléndida billa de acero.
Busqué mis bolsillos. No estaba.

—¡Es mía! grité.

Me miró con sorna.

Puso el balón en juego. Atónito, me quedé al borde del área. Lo seguí con la mirada, esperando a que también cayera para ir a por mi billa. Como es de suponer, llegaron los goles en mi desierta portería. Pillo no se daba por enterado. Impasible vio uno, dos, tres, cuatro goles. No era el mismo, desde que se apropió de mi billa. No me insultaba, como acostumbraba. Rehuía mi mirada. Ni pizca de rebeldía ante la derrota. Solo desdén y sarcasmo. Y desprecio. Y amenaza. Todo junto.

Entonces decidí atacarlo para recuperar mi billa por la fuerza. Cuando terminó el partido con un turbio seis a cero, corrí para sorprenderlo desprotegido. Lo logré. Nos revolvimos en el suelo. Y cuando creía que lograría meter mi mano en su bolsillo, sentí la avalancha de sus golpes. No necesitó más de dos minutos para reducirme y dejarme esparcido en medio de la cancha. Todos sabíamos cuán ducho era en la pelea. Hasta le había visto rematar a los caídos. A mí me dejó ahí, sin poder pararme. Se fue con los demás detrás, como sus súbditos.

Cory se enteró y, sin decirle a mamá, fue a asistirme, mientras me reprochaba mi osadía.

Salimos del pampón. Todavía ensangrentado, pude ver a Pillo parado en la esquina. No tuve miedo. Lo atacaría de nuevo. Pillo se adelantó con una expresión pacífica, desconocida en él.


—Te la juego.

Lo miré sin entender.

— Te la juego —volvió a decir—. Mi billa. Te la juego.

— Bien- dije.

Al fin y al cabo, era una oportunidad para recuperarla.

- ¿Y qué jugamos?- pregunté.

— Si yo pierdo te entrego la billa. Si pierdes tú, me llevo a tu hermana.



Le incrusté un puñetazo en la cara. Todos -me cuenta Cory- escucharon el inconfundible sonido de huesos rotos.

Más no recuerdo. Desperté en el hospital, con dos costillas fracturadas, algunos dientes movidos y los huevos hinchados de tanta patada que me dio en el suelo.

En fin, le he aceptado. Ya somos amigos en Facebook.



Derechos Reservados 2019 de Rogger Alzamora Quijano

lunes, 11 de marzo de 2019

BALADA




La vio por primera vez camino al supermercado, por la avenida Las Flores, que moría en una glorieta frente al jardín de su casa. Se miraron con la efervescencia de los quince años. Ella, de cabello frondoso como un árbol, mejillas rosadas y honda mirada. Él, flaco y desgarbado, pelo largo, bozo y anteojos. Pura mirada, ni una palabra. Llegó el autobús. Se quedó mirándola trepar, como si un invisible clavo lo hubiese pegado al cemento. Se difuminó en la distancia. Esa noche y las siguientes repasó cada uno de sus movimientos, su ondulado caminar, el vuelo ligero de su falda ventilando sus flaquísimas piernas, su rostro volviéndose para mirarlo desde las gradas del autobús. Noches enteras a los pies del insomnio. Pero un día se cansó de esperarla y se embarcó en la resignación.

Cumplió los veintitrés entre carencias y angustia. Ese día César le contrató como camarero retén para los domingos en una finca en pleno desierto. Era un oasis con olor a café y boato. Desde muy temprano, el sol aplastaba con algo que parecía ser todo un mundo sobre la cabeza. Los recibió la patrona. Breve, imponente, de absoluto blanco, con un niño rubio, de dos o tres años atosigándola, llevaba gafas negras y un sombrero de ala ancha que parecía una corona sobre su cabeza. Hizo un leve gesto y se marchó. Algo quedó flotando. Era otra jugarreta del grosero calor. Nada más que eso.

Hubo mucho trabajo para complacer a los señores y las damas. A veces veía pasar a la patrona, riendo, de un ambiente a otro de la mansión. Sin duda, era una gran anfitriona. Desbordaba clase y distinción. Su marido, también de blanco impoluto, era más bien bajo junto a ella. De lejos se podía sentir su poder. A veces la abrazaba, otras la ignoraba. Ella no ofrecía blanco fijo. Iba y venía ágilmente, como si flotara. Mezcla de severa y afable, a veces pálida otras rosada. Insoportable con la servidumbre y mucho más alta de lo que en realidad era. Los invitados bebían y reían, acorralados por el soponcio. En el área de la piscina el vaho era mayor. Allí los bronces de aquellos cuerpos perfectos se derretían sin remedio.
Llegó la tarde, faltaba poco para terminar. A este lugar no volvería más. Todo ahí era insoportable. La patrona llegó para hablar con César. Luego les hizo formar fila y, sin razón alguna, les reprochó a viva voz, uno a uno. No a él. Pasó sin mirarlo. Todopoderosa, se marchó otra vez, flotando sobre sus dorados zapatos con lazo. A él le pareció una más de aquellas flores desmayadas sobre los floreros de cristal.

Faltando cinco para las cinco, apareció ella, siempre con el niño de marras, esta vez alzó sus lentes y lo miró fijamente. Descubrió su cara te la impertinente mata de negro cabello que se pegaba en sus dientes. Mientras lo miraba fijamente, ordenó.

-¡Empiecen a recogerlo todo y lárguense!- gritó. Luego se volvió a él.

—Chico, ¿cuál es tu nombre?

Su voz sonó imponente.

Ciertamente su otrora hermosa cabellera se había convertido en una otoñal hojarasca. Lejos estaba del festivo matorral que desafiaba al viento. Sus mejillas, ocultas bajo una capa de maquillaje, habían matado su frescura.

-Con permiso señora, debo terminar mi trabajo y largarme.




Fragmento extraído del libro: Y ENTONCES Derechos Reservados © 2020 de Rogger Alzamora Quijano

sábado, 21 de marzo de 2009

ATARDECER DEL CINCO DE MAYO



El atardecer del cinco de mayo vio el último brillo de la moneda: un trozo de hombre. Vano valor y quizá maldad. Miseria empozada. Larga.
Brecha obscura donde lo infinito parece cercano.
Ya no llovieron las mágicas risas. Todo se tiñó de arenal y desierto,
La niñez de mucho color se hizo pálida. La música fue partida por el silencio.
El espasmo mató la digestión.
El atardecer del cinco de mayo.
Buscar piedras en la orilla no es buscar la orilla. El horizonte a veces es el poniente. La confusión certeza. Y viceversa. El atardecer del cinco de mayo, un día después de haber desenfundado su esperanza, caía víctima de sus propios afectos.
Pero la conciencia súbita del último instante le trajo guirnaldas que coronaron su osadía. El terco golpeteo de su insistencia le valió el postrero premio que se llevan sólo los combatientes que no le temen al ridículo y desafían permanentemente la ley de la gravedad.

Desde entonces no quedó más que la aurora.
También exhausta.
Que duró hasta que hubo que emprender el viaje sorpresivo, dejando en bandeja la cabeza decapitada de la esperanza, pero llevándose el trofeo intangible y definitivo: pudo sentir finalmente el abrazo de su hijo.


DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2009 Rogger Alzamora Quijano