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sábado, 13 de julio de 2013
VUELVE LLENA DE AMOR
Vuelve llena de amor vida mía. Deja para los necios la necedad.
Abarca con tu voz las guerras de los demás.
Como en la infancia abraza tus raíces, tus chacras, tus mieses.
Tus sueños de flores y espinas.
Llama a las ovejas, camina con los perros,
grita a la puna los nombres de tus abuelos,
calienta tu fe en el hornillo de la estancia.
Vuelve llena de amor vida mía.
Para ganarle a la desdicha, aplastar el rencor y las dudas,
aferrarte primero al presente, porque el pasado hiere.
Para llorar sobre la sangre de mil batallas perdidas, y después
levántate galardonada por el martirio.
Vuelve llena de amor vida mía.
La noche es un camino severo, la madrugada no.
Lava la angustia en la soledad sin que nadie te vea.
Mas, después que se haga la luz busca el azul certero y diáfano.
Vuelve llena de amor vida mía. Deja para los demás el encono.
Renuncia a las someras urgencias, ignora los repliegues de la piel.
Luce tu belleza de gualdo cáliz, infinita como el ojo de la noche,
magnífica como la piel de la flor.
Vuelve llena de amor vida mía.
Con la libertad como bandera.
Libertad para pensar, creer y renunciar.
Para vivir sin verdugos, altiva gacela.
Libertad para callar y esconder.
Para temer y llorar, sufrir y reincidir.
Vuelve llena de amor vida mía.
Careces de todo, menos de ti.
DE: BITÁCORA DE LA FELICIDAD Copyright © 2013 de Rogger Alzamora Quijano
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martes, 9 de julio de 2013
EL ADIÓS DE FLOR
No voy a dar demasiados detalles sobre esta misiva. Sólo diré que se trata de un paquete epistolar que llegó a mis manos desde una de las partes. Ambos son mis amigos. Aquí una carta de Facundo.
Amada Flor, después de cuarenta y cuatro horas de durísimo silencio recibí tu carta. Quizá si hubiera llegado antes, quizá si hubiéramos hablado antes de que yo atravesara el infierno, pero la vida se ha hecho también para errar, equivocarse y perder. Te escribí sin detenerme en la sintaxis, la ortografía ni ninguna de las formas que siempre cuidé en mis notas. Debo haberme trastornado cuando te fuiste sin decir nada, para después regresar a casa luego de dos días, arrogante y fresca. Esperaba que estuvieras junto a mí en mis angustias, como yo estuve contigo cuando tus tragedias.
Flor hermosa, todo lo que se gana no tiene sentido frente a lo que se ha perdido. Eso se sabe después, cuando una y otra vez comienzan a regresar los recuerdos, la necesidad urgente, los besos ausentes. No cambias Flor. Te ha sido dado de ese modo, tal vez desde cuando tuviste que cargar con vidas ajenas, fracasos impropios y tristezas genéticas. Sabes por demás que desde que te vi te amé sin dudarlo, con lo mejor de mí. Yo, que había vivido una soledad vegetativa, un terco autoexilio, apenas oí tu nombre condoné mis carencias por esperanzas. Con un austero expediente bajo el brazo desempolvé mis caricias y mi entrega total hasta dejarlas relucientes, para ofrecértelas todas. Me dijiste entonces que no necesitaba ofrecerte nada porque todo te lo estaba dando. Y yo te creí. Era la frase más bonita que había escuchado jamás, porque te hacía insuperable. Como nadie, tú valorabas el amor incondicional. Creí haber entendido que no necesitabas sino amar y dejar que yo te amara sin convencionalismos ni apariencias, pero ahora, a la luz de los hechos, veo que no fue eso lo que querías decir. Mis gestos, que en un principio adorabas ya te resultaban falsos, sobreactuados y malintencionados, la certeza de mi amor ya estaba en duda. El futuro que habíamos trazado se cayó como una casa de galletas. Mis palabras te inoculaban veneno, comenzaste a solventar la idea de que mi sola presencia te sentenciaba, las horas que pasaba frente a ti eran el cuchillo que destazaba tu tranquilidad; la magia de nuestros sueños de transformó en noche de espanto. Te dedicaste a confabular creyendo estar descubriendo un lado oscuro que nunca tuve.
De ese modo obsesivo acopiabas los ingredientes de una magistral receta para destruir el amor.
Te veo y no puedo evitar verte. Luces bonita, como siempre te dije, haces honor a tu nombre: Flor, la más bella flor. Muestras con orgullo los inequívocos dientes de la felicidad. Luces radiante y promisoria, trepada sobre el tren de la vida y saludando triunfante con los pétalos de luz que son tus manos. No hago más que adherirme a tu gesta, aunque todavía tengo mi herrumbroso y malherido amor enquistado bajo la piel. Siento una especie de dramática felicidad al verte así, porque no existen argumentos para que alguien como yo -que conoció el amor en tiempos de desdicha universal- sea mezquino con quien le procuró un planeta de felicidad. Yo, el dragón de siete cabezas, me he ido retirando a mi antiguo mundo subterráneo de silencios recurrentes y sempiterno crepúsculo, que no es ajeno para mí, es amigable. No es un castigo, es una solución. Soy para ti el monstruo que desvirtuó tu panacea para ofrecerte un raquítico tesoro de migajas de amor eterno, el poeta rural que te bañó en insignificantes y encendidos versos, el rufián que te otorgó infames perdones que una reina como tú no necesita ni espera. El despiadado advenedizo a quien dices no conocer más.
Sé por amigos comunes que estás feliz con alguien a quien encumbras y luces orgullosamente. Disfrútalo, duerme caliente a su lado, abre los ojos a un desayuno listo, llora en su hombro y siéntelo llorar al mismo tiempo, deja que se preocupe por tus ancestrales heridas, siente en tu piel su miedo de perderte, recíbelo con una sonrisa cada vez que te espere, te cuide y vaya contigo al trabajo, recibe a diario toneladas de caricias, sabores y comidas inventadas, abrazos huérfanos y calor en tu casa.
Tengo en las manos el adiós subrepticio que tiempo atrás me entregaste cual néctar dulzón y exquisito. Como sabes bien, lo bebí hasta la última gota. Hoy, todavía no termina de matarme. Lo tengo regando mis venas todo el tiempo. Durante las noches regresas a mis sueños, vestida unas veces como digitalis purpurea, otras como blanquísima hortensia. Dime si no vuelvo a ser imprudente y suicida al permitirte envenenarme también en mis sueños.
Tengo en mis manos tu adiós pero solo hasta sacudirme de la adicción. Cuando suceda, cortaré con mis propias manos el cordón umbilical que me alimenta de recuerdos, nostalgia, atenuantes y perdones. Mataré uno a uno suspiros, fotografías, sensaciones, y todo lo que tenga trazas de ti. Hundiré mi amor en la ignota Fosa de las Marianas, tumba real para algo irreal.
Esta tarde te volví a ver, ibas cantando una canción ajena. Te seguí de cerca. Tu caminar sigue siendo sencillo, sensual y delicado, tu cabellera nogal es hermana del viento. Llevabas el bolso que te enamoró apenas lo viste -lo recuerdo-, y unos botines azules que no han cejado en su altivez. Caminé tras de ti sin que lo notaras. Necesitaba ir escribiendo allí mismo -en mi mente- la carta que hoy pondré en tu buzón. Luego me quedé parado, confuso, y no te vi cuando desapareciste. Cuando la recibas -calculo será el veintinueve- habrá muerto mi sueño en las profundidades del mar de Guam.
Hasta entonces, Facundo.
DE: CARTAS APÓCRIFAS (EL JUEGO DE LA VIDA) Copyright © 2013 Rogger Alzamora Quijano
viernes, 28 de junio de 2013
POZO DE LOS DESEOS
Que la memoria alumbre tu soledad.
Que siempre recuerdes a quien mejor te quiso.
Que comprendas que hay muchas formas de ser estar y existir.
Que sigas luchando por lo que has perdido.
Que puedas irte por la ventana si la puerta te fue negada.
Que sigas buscando la perfección aun sabiendo que no existe.
Que no te arrepientas, equivocarse es parte del acierto.
Que no desdeñes ni tus mínimos triunfos.
Que nadie te imponga sus principios.
Que no se borre tu alegría.
Que nada sobrepase tus sueños.
Que nunca seas lo que no quieres.
Que vivas sin miedo ni silencio.
DE: versos conversos Copyright © 2013 de Rogger Alzamora Quijano
jueves, 20 de junio de 2013
TAXI
Un frío súbito trepó hacia su garganta. Comenzó a temblar. Se incorporó mientras sus entrañas se le escapaban entre las manos. La gente lo siguió. Él pensó por un momento que tal vez estaba soñando, porque sólo en los sueños pueden las gentes verlo a uno caminar mientras se va muriendo.
- ¡Taxi!.. – gritó-. A un hospital, por favor.
El taxista lo miró. Iba a partir, cuando se dio cuenta de que manaba abundante sangre. Frenó en seco.
- Bájese- le dijo.
- Ya manché el auto – dijo él.
- ¡Bájese!
- Le daré mis zapatos, son nuevos y muy caros. Es lo único que tengo, todo lo demás me lo robaron- balbuceó.
- Démelos de una vez – lo apuró el taxista.
DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2012 Rogger Alzamora Quijano
NELSON, EL MARISCAL
Antes de salir, Nelson, El Mariscal, encargó al Doctor Miranda su atado con efectos personales y le pagó por adelantado. Su gabán negro se batía al viento. Nelson, El Mariscal, era alto, muy delgado, de larga cabellera y barba de año y medio. La claridad del día no le daba seguridad, pero esta vez no le importaría la impertinencia del sol.
- Nelsito, cariño -Betty, todavía estaba trabajando a esas horas.
- ¿No hay para el pan, preciosa?
- No he comido desde ayer ¿Adónde vas tan elegante?
- A casarme –dijo Nelson, El Mariscal, con voz solemne.
- Dijiste que te ibas a casar conmigo.
- Te prometo que le seré infiel. La engañaré contigo.
- Eres lindo. El más bello de mis amantes –Betty le sopló un beso desde su mano y le dedicó su mejor sonrisa.
Nelson, El Mariscal, le alcanzó un billete.
- Vete a casa.
Siguió su camino. Ningún rostro pacífico y ninguno confiable. La gente sana se extinguió el siglo pasado, pensó Nelson, El Mariscal. Llegó a la esquina de la iglesia y vio durmiendo sobre cartones a Felipe de Austria. Siguió caminando. Tomó la calle Normandía. Atravesó sin ascos los contenedores donde cada día se procuraba comida. No Nelson, hoy no. Hoy es un día de celebración.
- Nelson, El Mariscal, ¿qué te trae por Normandía? ¿Adónde vas?
Era Mosquito, el “dueño” de esa calle.
- A casarme.
- ¿No me invitas a la ceremonia?
- Cuida tu burdel y deja de joder.
Horas después, Nelson, El Mariscal, desembarcaba en la gran Avenida del Sur, su destino final. Casas hermosas, elegantes, costosas. Un enjambre de escolares salía del colegio. Chicos y chicas de uniforme gris, azul y blanco y corbatas rojas.
Nelson, El Mariscal, no evitó la colisión.
- ¡Mira, es Rasputín!!
Alguien tiró de su gabán. Una negra nube de buitres. Nelson, El Mariscal, siguió caminando. Le pareció que se le descoyuntaban los hombros, de tanto sopapo que le habían propinado.
Una voz de niña lo acusó ante su chofer:
- ¡Cuidado! ¡Es un loco peligroso!
El hombre, vestido de uniforme azul, lo ignoró. Nelson, El Mariscal le trató de decir que no, con la mirada. El bólido salió disparado. Los demás curiosos lo miraron entre asqueados y temerosos; siempre de lejos, guardando la prudente distancia que se debe guardar de los locos.
- Es guapo, -dijo una mujer a su amiga –un buen baño y me lo llevo.
La otra lo miró y sonrió.
Aunque burlón, el comentario era un gran regalo para ese día tan importante. Nelson, El Mariscal, encontró un parque verde y amplio, con unos pocos niños a quienes sus madres o nanas rescataron inmediatamente. Nelson, El Mariscal, los miró tratando de mostrarse amigable, pero sin conseguirlo.
Se sentó en una banca, destapó lentamente la botella, bebió tres grandes sorbos y se dispuso a esperar que lo envolvieran las definitivas sombras.
DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2013 Rogger Alzamora Quijano
miércoles, 19 de junio de 2013
SUEÑOS SON
despertar antes y dormir después de abrigarte
cerrar las puertas
apagar las luces
alistar el desayuno
las frutas
el café caricia
acompañarte
cruzar las calles
hacerte adiós
ver la nieve
y el olvido
la caliente comida
las nobles causas
los paisajes matutinos
los sueños sin tus brazos
la risa sin tus miedos
buscar colores para la morada
calentar proyectos imposibles
olvidar los pactos
abrazarnos con y sin abrigo
aferrarnos al sino esquivo
aunque después
la sentencia de Calderón de la Barca.
DE: versos conversos derechos Reservados Copyright © 2013 de Rogger Alzamora Quijano
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lunes, 17 de junio de 2013
DISQUISICIONES
Me quiere cuando lame mis heridas, cubre ausencias, remienda desgarros.
No me quiere cuando insulta, tira mi nombre a la ciénaga y lo malversa.
Me quiere cuando abraza y mira, cuando ríe, corre en la arena y no desanima.
No me quiere con su precaria lealtad y sus infamias.
Me quiere con su canto al teléfono.
No me quiere cuando escapa.
Me quiere cuando comprende y escucha.
No me quiere cuando juzga y sentencia.
Me quiere cuando me mira y me tiene.
No me quiere cuando se autoexilia.
Me quiere.
No puede.
No sabe.
De: versos conversos Derechos Reservados Copyright © 2013 de Rogger Alzamora Quijano
domingo, 16 de junio de 2013
LA FELICIDAD NO ES REDONDA
- ¿Cómo es que nunca lo supe?
Mi amigo Fabián tragó saliva. Sus ojos intentaron escapar. Noté un leve temblor en sus manos, mientras trituraba las migas de pan en la terraza de aquél elegante lugar que casi planeaba sobre el mar.
Todo comenzó en mi auto. En la radio sonó la voz de Varela. Yo me puse a cantar. Fabián volteó hacia la ventana. Yo intuí que estaba recordando a aquella bellísima muchacha de ojos color tierra, el amor de su vida, a quien –según yo sabía- él había abandonado. Un poco de ironía me bastó para desatar en mi amigo la tormenta.
Interrumpió abruptamente su conversación, puedo asegurar que para encerrar su llanto.
Ya en la terraza, cafés de por medio, Fabián siguió taciturno, mirando el amplio mar de Lima. La vista era espléndida, pero yo no la podía gozar plenamente porque allí mismo, en el mismo cuadro, en el mismo paisaje, mi amigo se desangraba. Parecía buscar algo en la lejanía, en la profundidad de las grises aguas. Las migajas saltaban de sus dedos.
- Mil años. Han pasado mil años –dijo-. No es que me haya puesto a contarlos. Sólo que para mí el primer día, la primera noche de total desvelo y angustia fue como mil años de todas las muertes juntas. El tiempo que vino después sólo fue acumulándose sobre esos mil años.
- Lamento habértelo dicho. Hubiera preferido… habría sido mejor que te quedaras sin saberlo– dije yo, a modo de arrepentimiento por haber dejado suelta la lengua- Ya para qué.
- Pues sí, habría sido mejor. Ya me había acostumbrado a la historia oficial, la que se contó a los cuatro vientos y todos la dieron por cierta. Yo también. Acuñé esa mentira en mi cerebro. Me acostumbré a sentirme culpable. Me convencí de que la inmolación había sido la mejor decisión. Mejor que amar y sufrir, extrañar y añorar, soñar, y no poder tener ni tocar.
Fabián se quedó mirando el mar. Su inmensidad lo fue envolviendo. Yo quedé en silencio, viendo el inminente retorno de mi amigo desde el pasado.
Todos sabíamos de su sacrificio. Todos de su infinito dolor. Pero no todos sabíamos que aquella mujer los desairó. Era bellísima, pensé. Fabián lo sabía. Era bellísima, recordé. No han pasado mil años como él dice, pero sí varios. Cinco o seis. Suficientes para olvidar, para renunciar, para continuar.
Era bellísima, pero no logró ser preciosa, concluí. Mi percepción acerca de los hechos cambiará. Ella no había esperado a que Fabián terminará de irse, para traicionarlo. Era bellísima. Nunca se me habia dado por hacer un juicio sobre ella. Ahora una opinión cincelaba repetidamente. Ella sabía que era bellísima. Buscó y encontró el arrullo en otros territorios menos sinceros, menos profundos… pero inmediatos. Echó sus anclas y olvidó.
Fabián dejó de mirar el mar, para mirarse él.
- La felicidad no es redonda– dijo.
DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2013 Rogger Alzamora Quijano
martes, 4 de junio de 2013
NOCTILUCAS
Todavía vemos el brillo de las estrellas muertas.
Todavía algún verano trae sonrisas nostalgia.
O nace una rosa centella y su encanto opaca el sol.
Brillos reales o milagros tangibles.
El mar que lleva tormentas duele y castiga.
Es el mismo donde nadan los sueños,
duerme la ofrenda y el sacrificio,
refulge el honor de los anónimos.
Hay de todo en el mar sin calma.
Brillos de paz y de muerte. Noctilucas del desespero.
Viven y se apagan los cielos tormenta.
Reverberan y se calcinan. Noctilucas del desespero.
DE: BITÁCORA DE LA FELICIDAD Copyright © 2013 de Rogger Alzamora Quijano
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domingo, 2 de junio de 2013
LAGO NEGRO
Por segunda vez estaba en ese pueblo, en la sierra del Perú, pequeño, hermoso, casi vacío de gentes pero lleno de cultura e historia. Una semana antes, mientras revisaba el periódico, mis ojos se detuvieron en una crónica acerca del mismo Lago Negro que allí conocí.
Entre el pueblo y la montaña hay apenas un par de kilómetros. Tal vez un poco más. La cuesta no es pronunciada. Saliendo por el lado oeste de la ciudad uno se topa con el Lago Negro, junto al camposanto. Es un lugar solitario, donde el aire frío sopla inclemente en toda época, según me dijeron. Un lugar donde ni en su cenit el sol logra calentar.
La crónica cuenta que una princesa y un modesto amauta caminaron hasta la cumbre de la montaña para aprovechar la que quizá sería la única oportunidad. Con la complicidad del sol, el viento, las montañas y los apus, decidieron unirse en unas nupcias originales y sinceras. Aquella brillante mañana, la princesa olvidó su solitaria vida -de rígida disciplina establecida por su padre, el severo curaca. Habló de sus sueños, tan modestos como los de una doncella: amar, tener hijos, ser feliz. Y se casaron solo para corroborar la supremacía del sentimiento, más que como un vano ritual. Algo muy suyo, algo que significaría la celebración de un amor único, total y definitivo. Hicieron sus alianzas con los ichus frescos de la puna y brindaron con agua de la lluvia empozada en la roca. Luego treparon hasta la luna mientras descubrían allá, sobre la línea del poniente, un futuro de preciosos colores y esperanzas. Se juraron fidelidad hasta la muerte.
Sin embargo, un día en que la espera infructuosa la aplastó hasta la soledad, la princesa aceptó un marido. Se casaron. Olvidó sus promesas, por la realidad y la cercanía.
Cuando se enteró, el amauta resistió inquebrantable el desaire.
Mucho tiempo después, la princesa y el amauta se encontraron junto al Lago Negro. Según el cronista, allí fueron vistos por última vez. Y mientras se miraban a los ojos, de pronto desaparecieron.
No se supo más de ellos. El escándalo cundió, como es de suponer en un pueblo pequeño. Y aunque el furioso marido de la princesa usó todo su poder, jamás logró hallar evidencias. Poco tiempo después moriría sin haber saciado su venganza.
Recoge el cronista que el Lago Negro se tragó a los amantes y de inmediato oscureció sus aguas transparentes, para que en sus profundidades pudieran los amantes cumplir su promesa sin obstáculos. No faltan los que aseguran que por las noches se escuchan risas y voces de niños, en constante celebración y boato.
El Lago Negro es el mundo de los amantes, que en vida no lograron realizar sus sueños.
DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2013 Rogger Alzamora Quijano
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