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miércoles, 24 de julio de 2013

LA CARTA ESCONDIDA


Este es el último aliento de esta historia. Todavía se me critica el haber retenido la respuesta que Facundo había escrito para Flor. El día que me entregó la carta, el aspecto demacrado de mi amigo ya tenía un halo que a mí me pareció dignidad. Tal vez por eso decidí protegerlo de sus propias palabras.
- No pude resistirme a escribirle -me dijo por toda explicación-. Haz el favor de llevar esta carta al correo, pues mi osadía no da para tanto. No me quedan más fuerzas, ahí está la dirección y aquí tienes el dinero.
Y me dio unas monedas. No sé bien qué me impulsó a retener esta carta junto a las demás que me entregó en custodia. Hoy sé que hice bien, porque aquella última carta de Facundo solamente lo habría puesto de rodillas, cuando lo que él necesitaba era mantenerse en pie.
Flor se fue lejos, se casó, tuvo una hija y fracasó, todo casi al mismo tiempo. De Facundo no sabemos nada. Alguien lo vio con sotana de cura y no, no era él. Otro vendiendo helados, y tampoco era él. Luisa lo vio tocando el violín, de mesa en mesa, en un restaurante: falsa alarma, tampoco era él. Me gustaría encontrármelo, para de una vez quitarle el peso que estoy seguro lo agobia. Decirle nunca deposité tu última carta. Me abrazaría alborozado. Luego iríamos a emborracharnos, y quizá hasta nos iríamos de putas, sólo para darle a la celebración un toque único e inolvidable.
Aquí el tenor de la infructuosa carta:


Mi Flor indeleble:
Tu carta es una copa de veneno, pero no mata. No a mí. A veces me he preguntado si es porque ya estoy muerto, pero no. Estoy vivo y me gusta la vida: mantiene mi curiosidad, sé que me tiene preparadas nuevas argucias, intrincados estratagemas, además de abundantes letras. Seguiré viviendo con afán.
Después de leer tu "amistosa" última carta, me dio por dejarle al olvido la tarea de alimentarme. Caminaba largas horas, corría el doble de lo habitual, auscultaba minuciosa y obsesivamente las novedades electrónicas en los centros comerciales, hacía lo imposible por mimetizarme con la multitud, y cosas por el estilo. No me cansaba, no tenía hambre, no echaba de menos mi cama, olvidé a mis perros. Sólo una cosa me convenció de escribirte esta nota: Un jueves de noche fría, diecinueve horas y siete minutos en mi reloj, regresaba del trabajo como siempre, aplastado en el penúltimo asiento del bus, cuando subieron dos muchachos, uno con guitarra y otro con charango. Se ubicaron en los extremos y comenzaron a cantar “tengo marcado en el pecho todos los días que el tiempo no me dejó estar aquí, tengo una fe que madura, que va conmigo y me cura desde que te conocí".

Sus voces no eran las mejores. Sabe Dios cuántas horas llevaban rasgando sus gargantas, pero cantaban con oficio y le agregaban emoción. Aguanté firme la primera estrofa, pero cuando prosiguieron con “tengo una huella perdida entre tu sombra y la mía, que no me deja mentir” tuve que mirar la ventana, la calle, la gente, la nada y el todo. Cualquier cosa, menos mirarte a ti, que habitas en aquella canción. Aun así no pude evitar que se inundaran mis ojos. Por fortuna logré que no rebalsaran. Cuando los muchachos llegaron al estribillo ya las gotas se habían secado a fuerza de recordar tu última carta llena de desplantes y rezumando displicencia. Terminaron la canción. Se hizo silencio. Y como si supieran del golpe que me habían propinado, le dieron otro tono, la otra cara de la moneda, mientras emprendían la retirada. De mis tiempos de novel artista cantaron: “Cunumicita, linda que tienes ojos de guapurú, dame el encanto de tu boquita llena de achachairú. ¿No ves que estoy sufriendo las ansias locas por tu querer?; y ya me voy muriendo de tanta angustia por ti mujer".


Los muchachos pasaron por mi asiento: “Ya verás qué lindo es amarse con emoción. Mi amor te lo daré, cunumi con todo el corazón”. Les di, sin dudarlo, un billete de a diez. Lo merecían. Me habían llevado a ti, la flor más hermosa sobre la tierra. Fui hasta tus ojos miel. Sentí que me envolvían otra vez tus cabellos, tus manos ennoblecidas por el rigor de tus años de lucha, tu sonrisa limpia. Volvió mi ansiedad por tu talle, tu cuerpo durazno, tu abrazo mío. Y cuando me encontraba en caída libre hacia el abismo de nuestros recuerdos juntos, los mismos muchachos me habían lanzado el salvavidas de la “Cunumicita” de mis tiempos de goce, para no seguir matándome de ti.

Cuando los muchachos se fueron, me quedé pensando. No sé qué espero de ti, pero nada ha llegado, nada ha sucedido, nada ha cambiado. Tenía la esperanza de que tu abandono fuera solamente una burla del destino. Que lo sucedido fuera historia de otras personas, no de Flor y Facundo. O, que fueran una Flor y un Facundo de otros mundos, de otros tiempos. Quise que tus cartas hubieran sido el libreto de alguna película de horror y suspenso, algo que hubiera sido escrito para hacer sufrir en los cines. Pero han pasado muchos días y noches, y lo único que tengo en mis manos son tu ausencia, tus seis cartas, las ocho mías y la noticia de que andas con otro. Eso ha pasado, eso sigue pasando. No existen los milagros para nosotros. Ya nos gastamos los tres que teníamos asignados.

Hay en mi corazón una puerta que tú cerraste. Sólo tú la podrás abrir, si acaso ya no tiraste la llave al abismo. Como puedes ver estaré vivo para saber que has vuelto, y vivo para convencerme que ya no volverás.

Si alguna vez regresas al rincón donde nos sentábamos a conversar, a las páginas que escribimos juntos, a las canciones que nos hacían llorar, encontrarás vestigios de mi espera. Entonces, tal vez te provoque llamarme. Hazlo, pequeña Flor de luz, te escucharé, te atenderé, te ayudaré. Cuando tengas incertidumbre acerca de alguna intrincada tarea que no puedas resolver, llámame también para desentrañarla juntos. Cuando lleguen los momentos cruciales, la partida inminente de alguien muy querido y sepas que solamente yo puedo ayudarte a cargar el dolor, llámame Flor.

Gota a gota aprenderé a ser tu amigo, y podré vivir contigo sin vivir a tu lado.

Siempre, Facundo.

DE: CARTAS APÓCRIFAS, EL JUEGO DE LA VIDA Copyright © 2013 Rogger Alzamora Quijano

martes, 23 de julio de 2013

POEMA 7, A LA MENTIRA



No me despiertes.
Deja tu voz en mi almohada.

Si acaso no llegaras,
cierra las puertas de mis sueños.

Puedo dormir por siglos esta noche.



DE: 40 POEMAS Y OTROS TANTOS DESMANES Copyright © 1992 de Rogger Alzamora Quijano

domingo, 21 de julio de 2013

AL POETA



que se altera y muerde el anzuelo
que se oculta bajo un libro y muere en el intento
que se hunde para vivir y siempre retorna
que lame las estepas y duerme al sol
que aguarda con rigor el anonimato
 
un pez de aguas calientes
un loco sumiso
un caballo sin crines
un caballo sin viento
un paisaje sin ventana
claro de luna sin luna
 
por doquier o por nada
y sin embargo por todo
por el pie ajeno
por el ojo propio
por el amor de terceros
por las letras vanas
por las venas secas
sin rumbo sin dinero sin causa
sin vestigios
existir nada más
sin salir de la botella



DE: versos conversos Derechos Reservados Copyright © 2009 de Rogger Alzamora Quijano

miércoles, 17 de julio de 2013

A LA DESNUDEZ



Me recibirás desnuda.
Mis ojos recobrarán brillo ante tu temerario anagrama.
 
Me recibirás desnuda.
Primero pernoctaré sobre tus piernas
para que tus dedos laven mis traiciones
y tu respiración mis titubeos,
Después iré por tus cumbres,
cuando tu apetito estruje.
 


DE: versos conversos Derechos Reservados Copyright © 2008 de Rogger Alzamora Quijano

POEMA 4, A LA CONDENA



Mi cuerpo junto al tuyo
transpira y acude,
desea y enfrenta,
acomete y reincide.
Inventa,
dibuja,
planifica
la inminente explosión.

El desenlace corta desavenencias
con las uñas.
Mojas mi pecho y tiemblas.
Moribundo espero que recojas tu vida,
pedazo a pedazo,
y persistas.

Tu cabeza en mi pecho,
tu saliva, tus ojos,
tu pelo.
El día conspira,
las palabras suceden a los sueños.
Y los sueños presagian.

Me tocas,
me miras:
ojos de arco iris marrón,
verde,
azulado, amarillo.

Te miro
y agonizo.



DE: 40 POEMAS Y OTROS TANTOS DESMANES Copyright © 2003 de Rogger Alzamora Quijano

domingo, 14 de julio de 2013

FACUNDO, FELIZ DE NO TENERTE MÁS...

No es difícil entender que este fue el final. Desde entonces no sé nada de ellos.



Buenas tardes Facundo.

Otra vez estamos en lo mismo. Es la tercera crisis en menos de un año. Otra vez me vuelves de hablar de madurez, sensatez y demás. Ya no quiero escuchar eso, pues si soy o no sensata y madura nada de eso tiene que ver con el amor. Y yo ya no te amo. Tengo ahora –dices bien- un hombre que reclama respeto y el punto aparte de mi vida anterior ¿Que ha sido muy reciente? Quizá significa que el amor que sentí no era tan profundo como yo decía y tú creíste. Ahora estoy feliz, muy feliz. Por eso me repito cada día, cuando por algún motivo pienso en ti: “Facundo, estoy feliz de no tenerte más… ¡gran alivio!”

No quiero que quede nada por decir, porque será mi última carta para ti.

Te amé Facundo, no sé en qué medida, pero te amé. Por más insignificante que haya sido mi amor. Pasamos momentos fabulosos, nos divertimos mucho. Me da pena leer esta tu carta llena de palabras bonitas, frases inigualables como todas las que me regalaste en estos cuatro años. Amenazas con enterrar en los mares más profundos el amor que me tienes. Facundo, cuando lo hagas encontrarás que ya el tuyo lo dejé allí mismo el día que me fui. Disparas al aire como siempre, sin darte cuenta que nunca me han alcanzado tus proyectiles, nunca me he sentido amenazada. Tus recriminaciones no me afectan. Es verdad, la última vez que nos vimos yo me despedí con un beso y varios te amo. Pero, al caminar cuatro calles, me dije que ya no quiero sacrificarme por ti, ni con condiciones ni sin ellas. Tal vez si esto mismo hubiera pasado hace diez o quince años, pero no ahora. Perdóname que recién te lo diga. Inmadura o insensata, ya no quiero pagar el precio de la espera, una espera que no paga. Hace tiempo tuve que sacrificar a Lucas cuando me di cuenta que existías. Tampoco él mereció ser sacrificado.
Camina por otros rumbos Facundo, ya no vayas por donde sabes que suelo ir, ya no preguntes por mí, ya no guardes esperanzas. Ya se cumplió la fecha. Hoy es veintinueve, espero me borres absolutamente de tus recuerdos y de todo lo que tenga trazas de mí, como dices.

Ya no estoy para deslumbrarme a costo de la espera. Y hemos esperado cuatro años dando vueltas en lo mismo. Ahora quiero ver si el hombre que tengo a mi lado puede adaptarse a mí. Si no lo logra, pues también correrá la misma suerte. C'est la vie.

Lamento mucho no haberte acompañado en momentos difíciles para ti. Me enteré de eso mucho después. Ten en cuenta que sólo fue coincidencia que mi adiós y tu accidente acontecieran al mismo tiempo. Deseo te recuperes pronto. Es cierto, desconecté mi celular y todas las formas de conexión contigo. Tuve que hacerlo, ya estaba harta de todo y harta de ti.

Lejanos están los tiempos que peleaba con mi familia, mis amigos, y cuanta persona se me pusiera enfrente para defenderte ¿Qué conseguí? Entre otras cosas el aislamiento y la soledad. Ahora sé que puedo tener todo en un mismo plato: al hombre que amo, mi familia y mis amigos. No puedo sino desearte lo mejor en tu búsqueda de la soledad, en tu autoexilio. Es el mundo que prefieres y al que dices estar acostumbrado. Ambos, entonces podremos ser felices, ya no juntos, pero parece que sí por separado.

No voy a olvidar en esta carta final aceptar que me excedí cuando te desprestigié ante mis allegados. Tal vez dejé que se extralimitaran pidiéndome tu cabeza. Querían regocijarse viéndote desangrarte ante sus ojos. Yo les di lo que me pidieron. No me arrepiento por eso ni te ofrezco mis disculpas. Sabes que no está en mi forma de ser el arrepentirme o autoflagelarme por lo que hago. Soy de las personas que prefieren darle giros inmediatos a su vida. Tú eres de los que eligen el ostracismo. Cada quien con su estilo.

Si son mis errores o los tuyos ya no importa, Facundo Javier. Hemos tenido nuestro tiempo, pero ya se acabó. Sé que tu altivez te impedirá escribirme nuevamente y ya me quedo tranquila por ello. Adiós, querido amigo.

Flor

DE: EL JUEGO DE LA VIDA - CARTAS APÓCRIFAS Copyright © 2013 Rogger Alzamora Quijano

sábado, 13 de julio de 2013

VUELVE LLENA DE AMOR



Vuelve llena de amor vida mía. Deja para los necios la necedad.
Abarca con tu voz las guerras de los demás.
Como en la infancia abraza tus raíces, tus chacras, tus mieses.
Tus sueños de flores y espinas.
Llama a las ovejas, camina con los perros,
grita a la puna los nombres de tus abuelos,
calienta tu fe en el hornillo de la estancia.
 
Vuelve llena de amor vida mía.
Para ganarle a la desdicha, aplastar el rencor y las dudas,
aferrarte primero al presente, porque el pasado hiere.
Para llorar sobre la sangre de mil batallas perdidas, y después
levántate galardonada por el martirio.
 
Vuelve llena de amor vida mía.
La noche es un camino severo, la madrugada no.
Lava la angustia en la soledad sin que nadie te vea.
Mas, después que se haga la luz busca el azul certero y diáfano.
 
Vuelve llena de amor vida mía. Deja para los demás el encono.
Renuncia a las someras urgencias, ignora los repliegues de la piel.
Luce tu belleza de gualdo cáliz, infinita como el ojo de la noche,
magnífica como la piel de la flor.
 
Vuelve llena de amor vida mía.
Con la libertad como bandera.
Libertad para pensar, creer y renunciar.
Para vivir sin verdugos, altiva gacela.
Libertad para callar y esconder.
Para temer y llorar, sufrir y reincidir.
 
Vuelve llena de amor vida mía.
Careces de todo, menos de ti.
 


DE: BITÁCORA DE LA FELICIDAD Copyright © 2013 de Rogger Alzamora Quijano

martes, 9 de julio de 2013

EL ADIÓS DE FLOR



No voy a dar demasiados detalles sobre esta misiva. Sólo diré que se trata de un paquete epistolar que llegó a mis manos desde una de las partes. Ambos son mis amigos. Aquí una carta de Facundo.

Amada Flor, después de cuarenta y cuatro horas de durísimo silencio recibí tu carta. Quizá si hubiera llegado antes, quizá si hubiéramos hablado antes de que yo atravesara el infierno, pero la vida se ha hecho también para errar, equivocarse y perder. Te escribí sin detenerme en la sintaxis, la ortografía ni ninguna de las formas que siempre cuidé en mis notas. Debo haberme trastornado cuando te fuiste sin decir nada, para después regresar a casa luego de dos días, arrogante y fresca. Esperaba que estuvieras junto a mí en mis angustias, como yo estuve contigo cuando tus tragedias.

Flor hermosa, todo lo que se gana no tiene sentido frente a lo que se ha perdido. Eso se sabe después, cuando una y otra vez comienzan a regresar los recuerdos, la necesidad urgente, los besos ausentes. No cambias Flor. Te ha sido dado de ese modo, tal vez desde cuando tuviste que cargar con vidas ajenas, fracasos impropios y tristezas genéticas. Sabes por demás que desde que te vi te amé sin dudarlo, con lo mejor de mí. Yo, que había vivido una soledad vegetativa, un terco autoexilio, apenas oí tu nombre condoné mis carencias por esperanzas. Con un austero expediente bajo el brazo desempolvé mis caricias y mi entrega total hasta dejarlas relucientes, para ofrecértelas todas. Me dijiste entonces que no necesitaba ofrecerte nada porque todo te lo estaba dando. Y yo te creí. Era la frase más bonita que había escuchado jamás, porque te hacía insuperable. Como nadie, tú valorabas el amor incondicional. Creí haber entendido que no necesitabas sino amar y dejar que yo te amara sin convencionalismos ni apariencias, pero ahora, a la luz de los hechos, veo que no fue eso lo que querías decir. Mis gestos, que en un principio adorabas ya te resultaban falsos, sobreactuados y malintencionados, la certeza de mi amor ya estaba en duda. El futuro que habíamos trazado se cayó como una casa de galletas. Mis palabras te inoculaban veneno, comenzaste a solventar la idea de que mi sola presencia te sentenciaba, las horas que pasaba frente a ti eran el cuchillo que destazaba tu tranquilidad; la magia de nuestros sueños de transformó en noche de espanto. Te dedicaste a confabular creyendo estar descubriendo un lado oscuro que nunca tuve.
De ese modo obsesivo acopiabas los ingredientes de una magistral receta para destruir el amor.

Te veo y no puedo evitar verte. Luces bonita, como siempre te dije, haces honor a tu nombre: Flor, la más bella flor. Muestras con orgullo los inequívocos dientes de la felicidad. Luces radiante y promisoria, trepada sobre el tren de la vida y saludando triunfante con los pétalos de luz que son tus manos. No hago más que adherirme a tu gesta, aunque todavía tengo mi herrumbroso y malherido amor enquistado bajo la piel. Siento una especie de dramática felicidad al verte así, porque no existen argumentos para que alguien como yo -que conoció el amor en tiempos de desdicha universal- sea mezquino con quien le procuró un planeta de felicidad. Yo, el dragón de siete cabezas, me he ido retirando a mi antiguo mundo subterráneo de silencios recurrentes y sempiterno crepúsculo, que no es ajeno para mí, es amigable. No es un castigo, es una solución. Soy para ti el monstruo que desvirtuó tu panacea para ofrecerte un raquítico tesoro de migajas de amor eterno, el poeta rural que te bañó en insignificantes y encendidos versos, el rufián que te otorgó infames perdones que una reina como tú no necesita ni espera. El despiadado advenedizo a quien dices no conocer más.

Sé por amigos comunes que estás feliz con alguien a quien encumbras y luces orgullosamente. Disfrútalo, duerme caliente a su lado, abre los ojos a un desayuno listo, llora en su hombro y siéntelo llorar al mismo tiempo, deja que se preocupe por tus ancestrales heridas, siente en tu piel su miedo de perderte, recíbelo con una sonrisa cada vez que te espere, te cuide y vaya contigo al trabajo, recibe a diario toneladas de caricias, sabores y comidas inventadas, abrazos huérfanos y calor en tu casa.

Tengo en las manos el adiós subrepticio que tiempo atrás me entregaste cual néctar dulzón y exquisito. Como sabes bien, lo bebí hasta la última gota. Hoy, todavía no termina de matarme. Lo tengo regando mis venas todo el tiempo. Durante las noches regresas a mis sueños, vestida unas veces como digitalis purpurea, otras como blanquísima hortensia. Dime si no vuelvo a ser imprudente y suicida al permitirte envenenarme también en mis sueños.

Tengo en mis manos tu adiós pero solo hasta sacudirme de la adicción. Cuando suceda, cortaré con mis propias manos el cordón umbilical que me alimenta de recuerdos, nostalgia, atenuantes y perdones. Mataré uno a uno suspiros, fotografías, sensaciones, y todo lo que tenga trazas de ti. Hundiré mi amor en la ignota Fosa de las Marianas, tumba real para algo irreal.

Esta tarde te volví a ver, ibas cantando una canción ajena. Te seguí de cerca. Tu caminar sigue siendo sencillo, sensual y delicado, tu cabellera nogal es hermana del viento. Llevabas el bolso que te enamoró apenas lo viste -lo recuerdo-, y unos botines azules que no han cejado en su altivez. Caminé tras de ti sin que lo notaras. Necesitaba ir escribiendo allí mismo -en mi mente- la carta que hoy pondré en tu buzón. Luego me quedé parado, confuso, y no te vi cuando desapareciste. Cuando la recibas -calculo será el veintinueve- habrá muerto mi sueño en las profundidades del mar de Guam.

Hasta entonces, Facundo.

DE: CARTAS APÓCRIFAS (EL JUEGO DE LA VIDA) Copyright © 2013 Rogger Alzamora Quijano

sábado, 6 de julio de 2013

AMOR PAGANO (fragmento, tercera entrega)



Aquel viernes Bruno sintió la necesidad de irse a casa y dormir en pleno día. Cerró las persianas, apagó su celular y se dijo que esa sería la noche más larga de su vida. Engulló dos alprazolanes y se metió en la cama. El sábado despertó con Mara mirándolo, derruida, llorosa. No habrá escapatoria le dijo, esta mañana hablaremos, esto no tiene que postergarse más. Y se sentaron. Bruno, medio ido aún por el soponcio de los somníferos y Mara ya serena y natural. Ni siquiera me preguntaste por el manuscrito, le reprocharía mentalmente Bruno, meses después mientras miraba por última vez el hospital donde Mara languidecía ajena a él y a los demás. Todo estaba bajo control, Bruno ya no se defendería, así que fueron directo al grano y firmaron la capitulación. Luego se dedicaron a seguir hablando para demostrarse que podrían llevar la fiesta en paz. Hablaron de sus recuerdos, su pasado, sus vidas, desde los tiempos aquellos en que yo era un borrachín y tú una morenita de diecinueve para veinte.
En una vida colmada de euforia, vértigo, rebeldía, exclusiones, transgresiones y provocaciones, y durante la ceremonia donde se le premiaría como ganador de los juegos florales universitarios -concurso que detestaba y en cuya convocatoria había tenido que participar obligado por la circunstancia de haber perdido una apuesta jugando al cubilete- habría de experimentar la primera punzada, señal inequívoca del amor. Eran tiempos de abandono, de autoexilio en el cuartucho de Cosme San Juan. Y Mara se reía -siempre se reía de aquél episodio infortunado que creyó un golpe de buena suerte-, la primera vez que Bruno se lo contó fue dos días después del día de la pared de neblina y cuatro después de la premiación adonde otra vez Bruno había acudido atontado por la malanoche, apestando a la bosta de caballo esa que fumaban tus dizque amigos y tú, y además cagándose de frío porque lo habían tenido media hora parado bajo la ducha, para que te pase el frío, huevón de mierda, y él, que prefería un ceviche con harto ají o un caldito de gallina levantamuertos, y los demás sin compasión párate ahí y aguanta, y el agua helada sobre el cuerpo desgraciado y laxo, tú saliste premiado, tú terminas de hacer el ridículo. Bruno fue a pararse al estrado, entre el rector y el clan de burócratas: vicerrectores, catedráticos y demás acólitos, y vio a Mara con una blusa estraples color naranja y una faldita de flores también naranjas en fondo negro, cascabeleando su mirada limpia, bamboleando con inocente gracia su talle estilizado y elegante como el de una vicuña, intentando ordenar el caos, parada sobre unas sandalias de taco mediano que alojaban la perfección y delicadeza de sus pequeños pies. Te quedé mirando hasta después de la insufrible ceremonia, aún con el diploma y el contrato para una futura publicación entre las manos y la huachafa medalla colgando en mi pecho mientras declaraba a la prensa y me concentraba en no perderte de vista. Finalizado el revuelo Bruno se aproximó con cautela para no asustarla, pero Mara oliendo el peligro y el alcohol barato escapó sin dudarlo, al menos hasta asegurarse de que el poeta de marras había sido ya remolcado a la sala de recepciones donde le ofrecerían vino, adulaciones y fotos, para terminar por la noche en una cantina de mala muerte, con tanto encumbrado y tanto intelectual desparramados sobre sus propios efluvios. Desde entonces buscó infatigablemente a Mara, sabiendo que en algún momento la encontraría, eras lo único bueno que me había pasado en los últimos quince años. Mara se sonreía mientras lo escuchaba narrar sus desplantes, es que no estabas sobrio nunca, llevabas una cara de permanente post vómito, todo pálido y con los ojos rojos, para qué iba a dejar que te acercaras. Pero Bruno no estaba listo para seguir viviendo sin ella y un día, mientras hacía la cola en la biblioteca, la vio y le acertó a la lotería. Hola le dijo, no sé cómo te llamas pero esta tarde te esperaré para que me tú me lo digas. Me sonó a improperio, recordó Mara, poniéndose sería como aquella vez, aunque ese día estabas sobrio, distinto, hecho un caballerito, y además no me diste tiempo para responderte, desapareciste como un renacuajo por entre los estantes. Bruno sabía que sólo la impertinencia funcionaría con ella, por la tarde la esperó oculto en el vértice de la siberia, desde donde se dominaba la salida de la biblioteca. Todos recuerdan ese rincón, allí el frío era soez, casi se podía sentir cómo la ventisca le arrancaba a uno los cabellos. Mara salió acompañada por sus colegas, y cubriéndose con las solapas hasta más arriba de las narices, se dirigió sin sospecharlo hacia la boca del lobo que le aguardaba agazapado. Cuando te vi tan de repente, me atraganté con el vendaval y comencé a toser, no estaba enferma, fue de la impresión. La neblina era color violeta de tan densa, los pasadizos hacia el patio de letras estaban desiertos, apenas se podía ver dónde poner los pies. Estabas pálido y muerto de frío como en la premiación, con la cara rojiza y los ojos congelados –también estaba muerto de miedo, le confesó recién Bruno-, me quedé mirándote sin saber si para bien o para mal, sólo que necesitábamos salir de allí, por eso te dije vayámonos, pero sentí tus manos como clavos de hielo tratando de agarrar las mías. Mara cerró los ojos, y cuando los volvió a abrir, la lluvia que había en su alma estaba mojando sus mejillas. Se quedó quieta, tragó saliva -me dabas tanta pena que me pareció que si no te abrazaba, allí mismo te ibas a morir, entonces apuré las cosas y te dije mi nombre, para que por fin caminaras, antes de romperte en pedazos, porque eso es lo que esperabas tú, a eso habías venido, a que te dijera mi nombre. Después que lo hice sentí como si hubieras colocado tu marca en mi vida. Los demás se habían ido difuminando, tragados por la neblina que ya era una pared. Mara se acordó que su cartera se había ido deslizando y cuando intentó colocarla en su hombro ya Bruno estaba demasiado cerca, tratando de secar mis lágrimas con tus horribles manos antárticas, como si no tuviera bastante con mi propio frío, pero tú no te diste cuenta, eras torpe, desatinado, desprotegido, pero también muy natural y auténtico, no sé dónde o cuándo perdiste eso Bruno, porque fue también por tu ética que me dejé abrazar aquella noche. No hubo beso, recordó Mara, salimos abrazados bajo esa alfombra negra que era aquella noche el cielo de Lima.
Los padres de Mara se enteraron del susodicho mequetrefe y quisieron prenderle fuego a Troya, pero se arrepintieron, convencidos de que también Mara se quemaría. La familia de Bruno siguió como siempre, brillando por su ausencia. Tres meses después, en una huérfana ceremonia donde Cosme San Juan fue el único asistente y testigo, se casaron sitiados por sus propias incertidumbres y urgidos por la premura del funcionario edil y el aburrimiento de Cosme San Juan.
Bruno, inestable, impulsivo, rebelde y errático. Mara inflexible, sutil, minuciosa y dinámica. Bruno, talentoso escritor a cuentagotas y bueno para nada más. Mara, una escuálida muchacha que necesitaba más bien un burgués panzón, metódico, sesudo, exitoso, solvente y prestigioso. Tal fue el diagnóstico de Cosme San Juan aquella noche de los platos rotos, recordó Bruno, es cierto que estaba enfurecido, pero lo sentí sincero, además de que eso mismo figura en su libro más famoso, tenías razón, ni Cosme San Juan ni ninguno de los demás valía un maravedí. Mara disparó una carcajada incompleta. Una manada de hienas, unos hediondos cerdos, eso eran y son. Mara lo miró con profundidad. Bruno sospechó que Mara estaba plenamente de acuerdo con el Cosme San Juan de esos tiempos, me da pena saberlo, es un instante, se puede leer en sus ojos, ahora que todo parece estar concluyendo puedo entender mejor. Como para despistar, Mara se reacomodó la larga cabellera y lo miró directo a los ojos. Después de todo, hemos tenido una vida de completa diversión, es insuperable la vida contigo Bruno, casi no tenemos comodidades, una sola vez tuvimos un viejo auto, los muebles son los mismos de hace veinte años, todo eso y más, pero he sido feliz contigo, hemos viajado, disfrutado como nadie los momentos de abundancia, dilapidado a manos llenas nuestros dineros, celebrado nuestras carencias. Hemos sido felices metidos en casa, comiendo o no, comprando baratijas y ropas de segunda mano o ropas de marca en tiendas exclusivas. Nada nos ha sido ajeno. Cada día contigo es como cien días con cualquier otra persona. Una sola cosa te faltaba para ser feliz, y eso no lo pudiste lograr nunca, era escribir con compromiso, con disciplina, con constancia, con seguridad en ti mismo, ya sé que me vas a decir que basta de sí se puede, pero quiero darme este gusto por última vez: te has rendido muchas veces y eso ha matado el Bruno que debías ser. Nunca me arrepentí por haberme casado contigo, ni por haber hipotecado mi desarrollo profesional a causa de la fiesta cotidiana que era vivir contigo, hoy tampoco lo haré, a pesar de estar decepcionada. Regresaba a casa siempre ansiosa, y tú siempre con la comida lista, con los gestos más sorprendentes, nunca me regalaste un ramo de flores caras, pero el verte haciendo una obra de arte con flores sencillas era como subir al cielo de tu mano, te levantabas muy temprano sólo para alistar mis ropas, lustrar mis zapatos, hacerme el desayuno, acompañarme hasta el paradero. Así como me hacías feliz debías haberte hecho feliz también tú. Descuidaste tu propio rumbo, te perdiste en el camino y ahora ya no te encuentras a ti mismo. Te suicidaste Bruno, estás muerto, no tienes nada. Mara rompió en llanto por un minuto. Midió cada palabra. Ya no voy a seguirte más, hasta aquí llegué. Bruno había dejado de sonreír, ni se acordaba del manuscrito, ni del entusiasmo de Philysia cuando leyó los primeros tramos. Sólo la quedó mirando, como el primer día en la universidad. Esta vez no sería impertinente, lo más probable era que Mara tuviera razón. El rechazo del manuscrito era cuestión de tiempo, Philysia no solía tardar mucho cuando se trataba de dar malas noticias, así que era mejor dejar ir a Mara y no seguir contaminándola con la desdicha. Bruno se paró, caminó lentamente hacia la puerta y se marchó.

El día que Bruno firmaba sus libros, una Philysia radiante y enamorada del éxito de su marido ordenaba el caos provocado por la multitud. Bruno le dio un beso y se escabulló por un segundo. Si pudieras verme Mara, no estoy haciendo taxi. Y escribió en silencio la mejor dedicatoria sobre su ineludible recuerdo.



DE: AMOR PAGANO © 2013 Rogger Alzamora Quijano (AMOR PAGANO © ES UN TÍTULO REGISTRADO)