Gracias... por no haberme dejado un solo mensaje que respondiera mis e-mails, tercos de toda terquedad.
Gracias por no haberme respondido ni siquiera inconsciente, telepática o subjetivamente, menos aún con la respuesta que éticamente me adeudas, pero que ya no necesito.
Gracias por darme un final que tuve que adivinarlo a punta de sufrimiento.
Gracias por sugerirme tu nueva personalidad, por más que sea ajena para mí (cosa que de hecho ya no te incumbe).
Gracias por no demostrarme entrega incondicional, amor insoslayable, urgencia tácita.
Gracias por borrar mi horizonte.
Sé que estás agazapada, divirtiéndote con mi desesperación, regocijándote con mis súplicas.
He esperado poco, muy poco. No puedo esperar más y odio esperar.
Esperé días enteros encontrar una respuesta, emplasto para mi angustia.
Soy absolutamente imperfecto, absurdo, errático e incompetente, pero creí merecer una importancia en tu vida que –ciertamente- no tengo.
Estás fuera de mi entendimiento, aunque todavía dentro de mi corazón.
Debo levantarme, sereno, sin aspavientos. Tomar mis cosas e irme.
En estos últimos días ha llovido sobre mojado sobre mí.
Y he intentado vanamente ir por un poco de tu abrigo, como mil veces nos prometimos.
Y te he sentido en algún punto lejano y ya inalcanzable para mí.
Pasarán los días. De amor ya no se muere.
La distancia y el tiempo saben confabular junto al olvido.
Algún día encontrarás las pruebas de mi inocencia que también hoy tienes y desprecias.
Para entonces ya yo habré aceptado culpas que nunca tuve ni tendré.
La fe puede durar para siempre o extinguirse en un instante sin reparación posible.
Quedarán rastros de las quemaduras
por la milagrosa conjunción que pareció unir definitivamente nuestras vidas,
por el roce de los cuerpos,
por los diarios despertares,
por los abrazos interminables,
por las miradas,
por el amor que nunca podrás negar que te di.
Pero sólo serán recuerdos de sensaciones salvajemente incineradas.
Baste esta definitiva nota donde me reafirmo en un adiós que me duele, pero que necesito (quizá tanto como tú, que debes estar harta de arrojar a la papelera mis empalagosas cartas bañadas en súplica).
Un adiós que -espero- no te reproches nunca, por haberme prendido fuego sólo para congraciarte con la multitud que te exigía mi cabeza.
Un adiós que, por el camino de los tormentos, me llevará de retorno a la penumbra de donde nunca debí salir, ni lo volveré a hacer.
DE: EL JUEGO DE LA VIDA Copyright © 2007 Rogger Alzamora Quijano