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viernes, 21 de agosto de 2020
EL PUENTE
Corrió media cuadra para alcanzar el autobús y lo logró. Desde arriba, me compadecí de ella. Pantalón violeta, blusa rosada, zapatos de taco, cartera negra y notoria premura. A esa hora, el paradero era un infierno. Más allá ya no había otro, hasta cruzar el extenso puente y todavía tres cuadras más abajo, en el Rímac. Ya dentro, comenzó a avanzar en medio del gentío, hasta que nuestras miradas se cruzaron como dos sables, pese a los vaivenes del bruto autobús.
No exagero, era la mujer más bella que he visto en mi vida. Aún hasta hoy, después de haber andado países y continentes y ver extrema belleza y garbo, para mí no hubo ni hay mujer que pueda comparar con Dana, bella entre las bellas. ¿Yo? No era el prototipo de príncipe azul. En aquél entonces estaba más preocupado por encontrar un lenguaje propio y convencido de que podía vivir en un mundo hostil para un escribidor, además anarquista. Por las mañanas vendía planes de sepelio para ganarme el pan y de cuatro a seis asistía al taller de poesía que dictaban en La Casona. Mi escuálida economía no me permitía lujos. Por eso dudé mucho en acercarme a Dana en el autobús. Involucrarme con una mujer no cabía en mi presupuesto. Mientras nos mirábamos sin tregua, yo rezaba para que se bajara pronto, en este paradero, en el próximo, en el siguiente. Y cada vez que el carro echaba a andar, volvía a contar a puro tacto las monedas que tenía en el bolsillo. Pagarle el pasaje significaría quedarme sin un centavo para mañana.
El autobús se fue quedando vacío pero igual, no nos sentamos. Seguimos mirándonos, ahora de muy cerca. A veces ella sonreía, a veces yo pero, aunque ruborizados, insistíamos. Ninguno estaba dispuesto a abandonar la contienda. Así llegamos al último paradero.
—¿Me permites pagar tu pasaje?
—No, gracias…
—Por favor…
Nos fuimos caminando. Hablamos de su vida difícil, de diosa venida a menos. Trabajaba como secretaria y asistenta en la joyería de su tío. Había perdido a sus padres y hermano en un accidente de automóvil y no tenía cuándo ver luz al final del túnel. Vivía con esos mismos tíos, tres calles más arriba de mi casa.
Nervioso e inseguro, yo me limitaba a mirar el camino, sus pisadas, sus zapatos negros, parte de sus piernas envueltas en aquél pantalón de tono violeta que ha teñido mi memoria. También iba mirando nuestras sombras, que por efecto de las luces de los postes se fundían en una sola, se alargaban, apartaban y volvían a fundirse. Cuando cruzamos la avenida, me apuré por invitarla a tomar un café, mañana a las siete. Aceptó, pero propuso que mejor a las seis y media, para ganar media hora. Cuando aún no me reponía de esta última sorpresa, llegamos a su casa. Me dio las gracias por haberle pagado el pasaje y entró. Yo me fui pleno de algarabía y aterrado por la magnitud del desafío.
Las siguientes tres semanas trabajé muy duro para poder pagar los cafés, cines, helados y pasajes de ambos. Pero era feliz. Despertaba, trabajaba, caminaba, almorzaba, siempre feliz. No tenía dinero, pero había recuperado el optimismo, la esperanza. Parecía que por fin iba a poder superar la peor etapa de mis cortos veinte años. Desde que Dana llegó a mi vida, todo volvió a cobrar sentido.
Una tarde, no pude ir a esperarla al paradero. Como nunca, no vender nada me empujó a un feroz remolino del que no pude salir. No cobré comisión. A las siete y minutos llegué al paradero. Dana no estaba. La esperé, hasta crucé el peligroso puente imaginando que me había ido a buscar al otro lado. Regresé. Seguí esperándola, hasta que dieron las nueve.
Al día siguiente era su cumpleaños. Esa mañana del dos de febrero, quizá debido a la presión de la urgencia, tampoco logré vender. Me armé de valor y pedí un adelanto, que mi jefe groseramente denegó: este es un negocio —dijo— no la beneficencia.
Llegué casi a las once de la noche a casa de su tía, con unas flores que había ido arrancando a lo largo de mi caminata. Abrió una señora en pijama -probablemente su tía-. Sudoroso, desarrapado, le pregunté por Dana mientras le mostraba mis flores. Hizo una mueca de desprecio y cerró la puerta sin decirme palabra.
Al día siguiente no fui a trabajar. Me agazapé tras su esquina, la busqué en la joyería, la esperé en el paradero. Nada. Y así cada noche, durante un año, en ese y todos los paraderos de la Avenida Tacna. Empecé a creer que no era real, pero ¿cuál de mis realidades estaba en cuestión, con o sin Dana?
Seis de siete noches sueño que Dana y yo cruzamos el puente. Que drogadictos y criminales nos miran, nos acorralan, nos atacan. A veces nos matan, otras despierto antes.
Fragmento extraído del libro: Y ENTONCES Derechos Reservados © 2020 de Rogger Alzamora Quijano
sábado, 8 de agosto de 2020
PRESAGIOS
La encontré furiosa, y más cuando se percató de que andaba amodorrado y con tufo a Ron Cartavio.
—Así no me vas a besar— amenazó, sin saber que estaba vaticinando el desenlace.
Se llamaba Élida. Era una morena seria, sabrosa, alta, delgada, de ojos marrones. Nos conocimos en el trabajo. Ella era secretaria, yo empleado administrativo. Nuestros escritorios estaban frente a frente y aunque por lo general nos esquivábamos, era imposible no toparnos algunas veces durante el día. Mi mala fama había corrido por cuenta de López, Chunga y Ríos, y todo debido a las continuas llamadas que Élida tenía que recibir antes de pasármelas. En un principio su actitud fue impertérrita, pero poco después pasó a ser hostil. Se dirigía a mí con monosílabos: "oiga", "tome", "llamada".
Una de las pocas veces que el Departamento de Personal en pleno se reunió, fue para celebrar el cumpleaños del gerente, señor Cisneros. Llegué tarde a la fiesta y, para disimularlo, apenas entré le pedí bailar a Nancy, la otra secretaria. Aceptó a regañadientes.
—¿Quién eres tú realmente, Sandro Martínez?— preguntó después de un minuto — No matas una mosca, pero dicen que eres un granuja.
Pensé que era una broma, pero cuando se detuvo y continuó encarándome, dejé mi estúpida sonrisa y le expliqué. Andaba huyendo de alguien que no aceptaba el fin de nuestra relación. Ah, y que no eran varias mujeres, sino una sola que me llamaba y se hacía pasar por varias.
—Pues eso díselo a Élida, porque está a punto de informar a Cisneros, a Herrera y hasta al mismo Teixidor, el Gerente General. Ya no puede más con tantas llamadas. Le quitan tiempo y no está haciendo bien su trabajo. Le han llamado la atención dos veces. Martínez, ponte las pilas porque te van a botar.
Le agradecí por el dato y por bailar conmigo, que en ese momento era bailar con la peste. Fui a tomar el toro por las astas.
Élida estaba sentada charlando con Diana, la secretaria de Gerencia.
—¿Me permites? Le extendí mi mano.
Me miró con estupor. Dudó. Buscó escapar, pero se encontró con los ojos de Nancy.
—Ely— le dijo —necesitas escucharle.
Salimos a la pista. Estaba nervioso y sin saber por dónde empezar.
Al final no fue una pieza, sino tres. Primero me disculpé por afectar su trabajo. Después le convencí de que no era un rufián como ella pensaba. La última salsa la disfrutamos sin hablar. Cuando terminó, y antes de que le pidiera seguir bailando, me dijo que tenía que irse. Faltaba poco para las once. Me ofrecí a acompañarla a tomar su taxi. Aceptó.
Afuera hacía un fresco agradable, así que caminamos hasta la esquina, seguimos otra esquina, otra, y así quince más. Hablamos de todo. De ella, de mí. Nunca hasta esa noche la había visto reírse a carcajadas. Media hora después llegamos a su casa.
Nos miramos sin decir palabra. Hice una venia y me di la vuelta.
—Llega temprano a la oficina, por una vez— le escuché decir.
—Ajá— respondí.
Antes de llegar a la esquina volví la vista. Estaba ahí, mirándome. Me hizo adiós con la mano y entró. Ya no regresé a la fiesta. Me fui caminando hasta mi casa con dos ideas en la cabeza.
Al día siguiente cité a Adela. Estaba decidido. Nos vimos en el café. Ella pidió helados y yo agua. Quería ser breve. Le expliqué por qué no había posibilidad de retomar nuestra relación. Había pasado un año, y en un año toda flama termina en cenizas. Compungida, aceptó. Al cabo de un rato salimos. Nos detuvimos para despedirnos, rompió en llanto. La abracé, para consolarla. Las cosas se calentaron, perdimos el control y acabamos en un hotel de por ahí.
Esa semana y las siguientes no recibí llamadas. Los días pasaron velozmente. Todo tiempo era insuficiente con Élida cerca. Los días siguientes fuimos tendiendo puentes. Nancy se dio cuenta de nuestras complicidades y predijo un romance.
Un sábado fui a casa de Élida. Al escuchar el timbre se asomó a la ventana y me pidió que la esperara un momento. Quince minutos estuve ahí, ensayando cuál sería la forma de exponer mis sentimientos sin que me rechazara apenas comenzar.
—¿Adónde vamos?
Buscamos un parque. Me detuve, le tomé la mano y le dije que la amaba. Élida ya lo esperaba.
Fui feliz a su lado. Era increíblemente natural y sencilla. La amé con todas mis fuerzas. Nos entregamos completamente y sin miedos. En la fábrica, se enteraron. Cisneros me llamó a su despacho para advertirme que cuidara mi trabajo.
Cinco meses después, la ya olvidada voz de Adela sonó al otro lado de la línea. Élida me transfirió la llamada sin disimular su molestia.
Adela fue breve. Estaba en la puerta de la fábrica.
—Solo será un par de minutos— traté de calmar a Élida.
Sí, fueron dos minutos. Adela estaba embarazada.
Esa noche busqué a Coco, le conté y se solidarizó emborrachándose conmigo. El sábado llamé a Élida para decirle que pasaría por su casa a las tres. Estaba enfadada. Yo no lograba controlar mi pulso, de tanto ron barato que había bebido.
— Así no me vas a besar— repitió, con una piadosa sonrisa.
Llegamos al Parque Kennedy. Eran las cinco. La miré profundamente y le conté toda la verdad. Ella no merecía un hombre con tantos problemas. Yo la amaba, pero no tenía derecho… Élida me interrumpió.
—¿Esa es tu noción de amor? No entiendo. Pero si has tomado tu decisión sin escucharme, no voy a esperar a que lo repitas.
Súbitamente estiró su mano, paró un taxi y se marchó, sin que yo pudiera hacer algo para detenerla.
Al día siguiente, renuncié al trabajo. Cisneros me escuchó.
— Lamento decir "te lo dije"— concluyó.
Fragmento extraído del libro: Y ENTONCES Derechos Reservados © 2020 de Rogger Alzamora Quijano
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viernes, 31 de julio de 2020
EL BRILLO
No sabes cuántas vueltas ha dado el mundo y en qué recónditos lugares he buscado un poco de paz. Nada puede devolver el tiempo, nada puede reparar el pasado.
Hoy recibí tu mensaje y no pude evitar ver tu foto. Ya no tienes brillo. Aquella chica que me regaló la mejor sonrisa que haya visto jamás ya no brilla. Sin duda eres hermosa y no dejarás de serlo. Tus ojos miel están ahí, tus perfectos dientes resaltan bajo aquella pequeña nariz que me gustaba besar. Tu cabello ensortijado, tus pequeñas manos, tu alma blanca. En la foto estás ante Machu Picchu, la montaña sagrada, hace dos meses. Es una magnífica toma. La majestuosidad del paisaje, la inmensidad, el cielo.
¿Y tú? Ahí estás, pero has perdido el brillo.
Como aquél momento en que te conocí, hoy sentí un remezón al verte. Y como entonces, hoy tuve que sentarme para no perder el equilibrio.
Mi memoria regresa a aquella mañana en la Feria. Después de tomar un poco de aliento y otro poco de osadía, me acerqué y te invité un chicle. Te reíste. Parecías haberlo intuido. No fue difícil acercarme a ti, pese a que tenías fama de arisca.
Aquella misma tarde bebimos un largo café. Sesenta minutos pasaron raudamente, pero el deber pudo más.
Al día siguiente, con los buenos días, me diste un sorpresivo beso en la mejilla. Bailó mi corazón. Y cuando aún no me recuperaba, me invitaste a almorzar en la pensión de tu marca, con todos los demás miembros de tu equipo de ventas. Sería un sacrilegio imperdonable, porque éramos competencia, pero no te importó.
Apenas entramos, y ante el estupor general, me tomaste la mano. Así, atados, buscamos una mesa. Yo flotaba. Pronto empezó el remolino. Vivimos días espléndidos, compartimos todo lo que nuestra precaria economía de vendedores de electrodomésticos nos permitió. Apenas cobrábamos salario nos deslizábamos hasta aquél hotelito, que encontramos tras largas disquisiciones morales. Tuve que rebatir uno a uno tus miedos y tus principios. Finalmente ganó la urgencia.
Nunca tuvimos una pelea que sobrepasara los linderos de la música. Éramos tan distintos. Tú la balada en español, yo la salsa y el rock. Fuimos absolutamente felices hasta con nuestras diferencias. Fuiste derribando mis complejos, mis ratos opacos y mis tragedias. Tú lo iluminabas todo.
La primera vez que te hablé de Borges te dormiste en mi pecho. Después de eso, cada vez que buscabas sueño me pedías que te hablara de libros y escritores. Me encantaba tu desfachatez. Todo transcurrió así, en medio de constante ensoñación y delirio. Cada paso lo dábamos juntos, aunque eso significara el caos.
Tres meses de dicha terminaron cuando te confesé que te había mentido. Me abofeteaste y te echaste a llorar en la penumbra de la discoteca. No dije nada. No encontraba palabras que atenuaran mi felonía. Después de unos minutos te secaste el rostro, tomaste tu bolso y te fuiste. En silencio te vi marchar. Era tu derecho.
Pensé que al día siguiente podría explicarte todo.
No hubo próxima vez. Me cerraste todas las puertas. Nunca más obtuve media palabra de tu boca. Después de un mes de esperarte, de acudir a tu hermana, a tu mejor amiga y hasta a tu jefe, finalmente me di por vencido.
Con aquella mentira te quité el brillo que hoy te falta.
Por eso decidí que tu mensaje debe quedar ahí, en la bandeja de recibidos. Más tarde, cuando recupere algo de valor y cordura, lo borraré y te bloquearé.
Fragmento extraído del libro: Y ENTONCES Derechos Reservados © 2020 de Rogger Alzamora Quijano
viernes, 26 de junio de 2020
UN CABALLO QUE SE FUE
Escribe: Rogger Alzamora Quijano
Mayo de 1980. En medio de la naciente convulsión aparece un suplemento dominical que marcaría historia en el periodismo peruano: el Caballo rojo. Su matriz, Diario de Marka contaba ciertamente más opositores que lectores. El Caballo rojo fue una especie de isla también respecto del Diario de Marka. Se alejó tanto de lo convencional que podía notársele muy lejos de los demás.
Cisneros me dijo en una entrevista que el Caballo rojo había logrado duplicar el tiraje del Diario de Marka los domingos. Y nadie que sepa algo de esta movida de aquellos tiempos lo dudará.

Logo del suplemento el Caballo rojo, de Cristina Gálvez
De lejos se podía identificar en los quioscos el icónico Caballo rojo y bien rojo, creación de la talentosa Cristina Gálvez. Al principio solía detenerme a mirar los titulares, con no poco escepticismo. Poco a poco me animé a comprar uno, aunque el Diario de Marka solo me sirviera para limpiar los vidrios de la ventana. Fui coleccionando cada número. Sí, era denso, como el mismo Cisneros lo describió, pero placenteramente denso. Portadas elaboradas, siempre atractivas, con obras de arte o buenas fotos, páginas a tres o cuatro columnas llenas de disquisiciones filosóficas, poéticas, artísticas, el Caballo era un tabloide que tenía el poco común mérito de capturar el interés del lector desde cualquier ángulo: una entrevista a Genet, un ensayo sobre blues y jazz, elogios de Marilyn Monroe o Bette Davies por Paco Bendezú. Valiosas firmas como la de él desfilaron por el Caballo: Washington Delgado, Javier Sologuren, Cornejo Polar, Marco Martos, César Calvo, Hinostroza, Martínez, O’Hara, Peirano, Balo Sánchez León, Lévano en el área política, Garayar, Carlín, . Doce páginas repletas de información privilegiada. Y ahí nomás estaban el faltoso Tomás Azabache, Monsiváis, Falacci, Galeano, Sontag, nada menos.
Entre la hora y media de ida y la hora y media de vuelta sentado en el Büssing, leer el Caballo rojo era la única forma de salir sin escaras. Pocos años después, los que madrugamos en las larguísimas colas para comprar pan popular y leche Enci en los Mercados Populares, odiamos más al "gobierno" de Alan García porque no pudimos encontrar un Caballo rojo como el que nos alivió del 80 al 83.
Todo tiene su final, reza la salsa. Y el de el Caballo rojo comenzó a agonizar cuando Letts —el mismo que escurrió sus medias en televisión nacional— tomó la dirección, reemplazando a un Cisneros harto de las pugnas internas en Diario de Marka. Compré un número, sin darme cuenta del hecho, y me di de bruces contra la pared. No volví y no he vuelto a encontrar algo parecido en todos estos años. Con el periodismo actual tan pobre en ideas, en talento y en calidad, y con el desfiladero mortal que le espera a la prensa escrita nacional, ya perdí las esperanzas.
Derechos Reservados Copyright © 2020 de Rogger Alzamora Quijano
sábado, 30 de mayo de 2020
CRÓNICA DE UN TERREMOTO

Parte de la Plaza de Armas de Aija, después del terremoto del 31 de mayo de 1970
(Foto: Internet)
Escribe Rogger Alzamora Quijano
Hace cincuenta años, una tarde de mayo, el cielo se volvió tierra.
Hace cincuenta años, la tarde del 31 de mayo, el dolor atropelló la hermosa tarde soleada.
Hace cincuenta años, el 31 de mayo, poco después de las 3 y 20 de la tarde, por alguna razón –o ninguna- la tierra se enfureció con Ancash. Nadie podía entender cómo los paisajes más bellos del planeta se iban convirtiendo en un amasijo de sangre, tierra, agua, llanto, caos, destrucción y muerte.
Los horrendos espasmos duraron 45 segundos. Puede parecer poco tiempo, pero en 45 segundos cien mil vidas se apagaron, otro medio millón se quedó sin techo. Cientos de miles de sobrevivientes fueron confinados para siempre a vivir entre la ausencia y la soledad. Todo un país y parte del mundo se unieron al lamento.
Alguien movió la tierra con furia. Alguien le arrancó un brazo al macizo Huascarán y provocó que su torrente bajara incontenible, rugiendo terrorífico y sepultando la bella y noble Yungay, la ciudad de las cuatro palmeras.
Tras días enteros de hambre e incertidumbre, el cielo de polvo fue recobrando su azul intenso y los rostros la ilusión. Se multiplicaron los planes. Nuevas casas, calles, plazas, mercados, emergieron de los escombros. Las esperanzas fracturadas eran reparadas con ayuda de gentes venidas de ultramar. Aunque hablaban lenguas indescifrables, tenían la llave maestra para abrir los corazones: el amor.
Hubieron también no pocos oportunistas que no dudaron en comerciar con el dolor humano y apropiarse de donaciones y dineros destinados a la reconstrucción.
Hace cincuenta años algunos quedamos en pie, testigos del dolor, el coraje y el inexcusable crimen.
Dedicado a la memoria de Miguel y Wattó Antúnez.
Estábamos por estrenar la casa nueva. Una casa que a mi madre le había tomado cuatro largos años construir. Esa misma tarde, en la canchita de “Santa Rosa”, se jugaría el habitual duelo a muerte: Alianza - U. Yo prefería ir a “Santa Rosa”. Mamá dijo que no.
A las dos estaba tendida mi cama, lo demás era cosa de colocar los interruptores de luz. En la radio, la voz de Oscar Artacho dibujaba el escenario del partido inaugural de México-70, al que todo Perú asistía emocionado. Aija tenía su representante: el médico del pueblo, el doctor Guido, estaba en tierras aztecas para asistir al magno evento. La potente voz de Artacho no pudo cambiar el insípido sabor del México-URSS, partido inaugural. Solo el bullicio del estadio lograba animar a los escuchas.
Comenzábamos a desempacar las ropas, cuando un remezón nos hizo bajar corriendo del segundo piso. Tras una leve pausa, que pareció poner fin al sismo, este se reavivó con incontenible furia. Agazapada en el dintel de la puerta, mi madre, le rogaba a mi abuela, atrapada en la vieja casa de enfrente.
—¡No salgas mamá! ¡Quédate ahí!
La grita pavorosa llegó desde los confines, mientras nuestra casa nueva se abría por el vértice que daba a la calle Maravillas. Antes que se cerrara, pudimos ver el otro lado de la calle. Ese lapso interminable, de brutales sacudidas horizontales y verticales duró escasamente 45 segundos. Tos y ceguera. El rumor amenazante llegaba y se iba con un eco interminable. Aire y sol se volvieron grito y llanto. Mi madre esperó aterrada el apocalíptico minuto protegiéndome, y cuando sintió que la tierra se calmaba, cruzó la montaña de piedras, tejas, adobes, postes y cables eléctricos para rescatar a mi abuela. Luego, tomó su radio a pilas, su monedero. Salimos a la calle, lo más parecido al escenario de un bombardeo. Mamá cargó sobre su espalda a mi abuela de setenta años. Estaba dudando sobre adónde ir, cuando oyó a don Miguel Antúnez tratando, lo más serenamente posible, de organizar la evacuación. El rumor indescriptible que había iniciado segundos después del terremoto se hacía más evidente. Nadie sabía qué era ni de dónde venía. Parecía la moribunda bocina de un barco a la deriva. Lo más seguro era hacer caso a don Miguel.
—¡Se viene el agua! —gritaba con autoridad-. ¡Todos a la Plaza, a la Plaza!
Mi madre me preguntó.
—¿Agua? ¿De dónde?
No pude responderle. Solo se me ocurrió que del fin de mundo. Era la única explicación para un niño de 11 años como yo.
La gente fue llegando a la Plaza. Hasta hoy no puedo olvidar el rostro de una mujer que llevaba en un brazo a su bebé muerta y en el otro a su hija gravemente herida. En lo más profundo de su dolor, aun guardaba esperanza.
—¡Arriba! ¡A la avenida! ¡Arriba! ¡La Plaza se hunde! ¡La Plaza se hunde!
Otra vez mi madre, con mi abuela a cuestas, esta vez acometiendo la cuesta.
El cielo completamente oscurecido por el polvo que se estacionó sobre Aija, provocó que las primeras informaciones acerca de la tragedia dieran a Aija por borrada del mapa. Ramírez Lazo lamentaba que apenas hubiesen sobrevivido treinta personas. Recogidos en la Avenida Buenos Aires, escuchábamos en Radio Victoria la relación de sobrevivientes. Mi abuela midió el tamaño de aquella noticia: Ya estamos muertos.
Aquél crepúsculo repentino, aquél ocaso terrorífico, duró cinco días. Los helicópteros se aproximaban y al ver solo polvo sobre Aija se iban. Ilusos, nosotros abajo gritábamos con todas nuestras fuerzas, a ver si lográbamos su atención.
Aquella primera noche, entre réplicas que parecían tan brutales como las del gran terremoto, nos prestamos unos a otros cobijas y palabras de aliento. En mayo las noches son heladas y durísimas. Al filo de las nueve, el ruido de un motor nos sobrecogió. Era la camioneta de don Wattó Antúnez, quien con su ahijado Carmelo habían logrado despejar con sus propias manos la ruinosa carretera, para poder retornar. Contó que se dirigía a Huaraz con su cargamento de leche fresca, cuando el terremoto lo sorprendió antes de cruzar el puente Pallqa.
Apenas bajó de su carro, don Wattó juntó unos cuantos hombres para descargar las dos docenas de porongos de leche. Alguien proveyó una olla grande para hervir la leche en plena avenida. La leche caliente y el fuego del fogón amainaron el frío y el hambre, gracias a don Wattó. Al día siguiente, un comerciante de mandarinas siguió el ejemplo y repartió gratuitamente a todos la tonelada de fruta que contenía su camión.
Poco a poco, la tierra dejó de temblar y algunos pobladores fueron regresando a sus casas. La mayoría, que sufrimos grandes daños en las nuestras, nos quedamos unos meses más viviendo en improvisadas carpas, en la Avenida Buenos Aires.
Había pasado una semana cuando, alrededor de las siete de la noche, una explosión remeció la ciudad. Otra vez el caos y el pánico se adueñaron de nosotros. Se trataba de un vómito de lodo negro, que se originó en las faldas del Imán Hembra, y que discurrió sobre el cauce del riachuelo que corre por la quebrada que separa Paqos de Buenos Aires. El tránsito se cortó por algunas semanas debido al fango.
El cinco de Junio un helicóptero se aproximó en el horizonte, pero se sintió intimidado por la enorme cresta de polvo que aún ocupaba el cielo, y se fue. Dos días después, por fin pudimos ver el legendario cielo azul aijino. Esa misma tarde, un helicóptero brasileño descendió en “Santa Rosa”, en medio de vítores y lágrimas.
Al día siguiente llegó desde Ciudad de México el doctor Guido, quien propuso organizar comisiones. Una de ellas recibió el encargo de ir a la iglesia, a rescatar al Patrón Santiago. El estado de la iglesia luego del desastre hizo presagiar lo peor. Sin embargo, y ante el fervor general, los encargados acompañados del párroco, trajeron intacto al Apóstol. Durante la misa, oficiada en un improvisado altar en plena Avenida Buenos Aires, la gente lloró a gritos. No era clamor, era gratitud. Pese a la gran destrucción, había que agradecer que hubiesen pocas víctimas en esta ciudad de calles estrechas y caprichosa geografía.
Los siguientes días y semanas, la solidaridad internacional se hizo presente y fue de gran ayuda, a pesar de las autoridades del gobierno militar de aquél entonces, que tomaron ventaja de sus cargos públicos para abalanzarse sin rubor sobre donativos materiales y monetarios (una recurrente broma se hizo costumbre: uno para la JAN, otro para Juan, refiriéndose a la Junta de Asistencia Nacional, organismo supuestamente creado para canalizar la ayuda y presidido por Consuelo Gonzales, y a Juan Velasco, su marido y presidente de la Junta Militar).
Solo un botón de muestra: Un día nos reunieron a todos los escolares en plena avenida. Era para comunicarnos que Aija había recibido de un lugar que nadie conocía, Aruba, la donación de 200 teléfonos semiautomáticos. Emocionados, aplaudimos con justicia a la generosa isla caribeña. Jamás supimos dónde fue a parar aquél donativo, cuyo beneficiario claramente especificado, era Aija -como se leyó en el documento-. Ya podemos imaginar cuántos donativos nos birlaron impunemente.
Derechos Reservados Copyright © 2020 de Rogger Alzamora Quijano
jueves, 7 de mayo de 2020
LA HISTORIA
Liena caminaba por el puente Washington, recordando su lejana patria enferma de hipocresía y envidia, que en el fondo añoraba.
Al otro lado del planeta, Axel limpiaba sus rozagantes anturios cuando oyó el teléfono. Risas van llantos vienen, hablaron con hambre y premura, como si se les diluyera la vida.
Horas más tarde, esta vez una videollamada encendió definitivamente la pradera. No se dieron cuenta de la fatal encrucijada que les esperaba. Emboscados por la necesidad, no hicieron nada para evitar beberse sorbo a sorbo, sin percatarse que con sus besos se incrustaban también las esquirlas de sus pasados dispares. Y es que la pasión puede perfectamente disfrazar la ruina.
Ha pasado mucho tiempo, pero quienes los conocen aseguran que todavía se detienen a mirar cómo sus fragmentos vagan en el espacio.
Fragmento extraído del libro: Y ENTONCES Derechos Reservados © 2020 de Rogger Alzamora Quijano
lunes, 27 de abril de 2020
EL INMORTAL
No señor, se equivoca.
Lo conozco mucho más que usted. A él la vida le dio la espalda, ahora él se cobrará la revancha. Sepa usted que su madre murió mientras él nacía y su padre no lo supo, por andar de tocachín. Debió llamarse Andrés como su abuelo y le pusieron Juan, como el padrino al que terminaría odiando. Ni siquiera había cumplido seis años cuando le hicieron responsable de las cuarenta cabras del padrino. Aún así, se daba tiempo para ayudar a Melchora a cocinar el arroz, servir la comida y lavar los platos. Era un buen cantante, aunque en el coro de la iglesia siempre le negaran el Mi. Cursó la primaria como el mejor en matemáticas. He de contarle, además, que en segundo de secundaria vio morir a Marisa, aquella niña pecosa que había conocido durante el baile de la primavera. Poco después, a los catorce, rechazó la oferta del padre Du Bois que quería llevarle con él a Bruselas. Yo lo conocí en los tiempos en que aún dormía en los canastos de la trastienda del mercado de frutas. Él con el violín y yo con ta guitarra, solíamos cantarle a la alevosía, mientras nos emborrachábamos con mezcal de noventa y sal de gusano. Así era él de leal. Silencioso, arisco y cauto, Juan siempre se enfrentó a su destino.
Ahora todos se creen con el derecho de juzgarlo. No señor, ni usted ni nadie lo conoce como yo. Creen que nació de pie, que todo le llovió del cielo. Haber vivido setenta años es una proeza para alguien como Juan. Y por eso mismo, se ha ganado el derecho de celebrarlo a su manera: con la muerte. Porque a un destino esquivo y traidor como el suyo, no se le concede nada.
Derechos Reservados Copyright © 2020 de Rogger Alzamora Quijano
domingo, 19 de abril de 2020
PRODUCTO GARANTIZADO
Escribe: Rogger Alzamora Quijano
Después de diez días se acabaron las provisiones.
Desde la última vez que saliste han cambiado mucho las cosas. Los muertos se multiplican, los contagiados mucho más, las tragedias te conmueven (¿llegará el día que ya no lo hagan?). Debes tomar todas las precauciones. Sólo confiar en lo que tú haces para escapar del virus maldito. Nadie -tampoco el Estado- va a mover un dedo si te contagias.
Desconfía de todos, del transeúnte en las calles, en la fila de los supermercados. No hables con nadie. Nada directamente. Si preguntas algo, te responderán con muecas o mímicas. No te mirarán, no te querrán cerca (y nunca estarás demasiado lejos).
Luego de tres horas de hacer la fila, cuando por fin te toca entrar al supermercado, sientes que te empuja la necesidad y el miedo te aplasta. Debes comprar rápido, al precio que fuera, donde no haya demasiado tumulto, concentrarte en no ponerte las manos en la cara, de no apoyarte, de no permitir que el otro se aproveche de tu prudencia para despojarte de los tomates o las espinacas. Todo eso mientras miras, cotejas, tachas o eliminas de tu lista de pedidos, escrita en papel o en el celular (aquí, además debes pelearte con la pantalla que no reconoce tu tacto velado por un guante de látex).
Pagas y te vas. Cuando llegas a casa, debes activar los demás protocolos, al entrar, al abrir la puerta, al cerrarla. Caminar cuidadosamente y despojarte de tu vestimenta, quitarte los zapatos, desinfectar todo lo que haya sido tocado por los dependientes y cajeros. Una hora después, todavía sigues remojado en cloro y detergente, trapeando el piso por donde entraste. Después, completamente extenuado, deberás entrar a por un largo duchazo que te asegure completa asepsia.
Nunca imaginaste que China pudiera ser capaz de producir algo tan jodidamente duradero.
¿Parece chiste? Pues no lo es.
De: CRóNICAS EN LA PANDEMIA Derechos Reservados Copyright 2020 de Rogger Alzamora Quijano
jueves, 16 de abril de 2020
ESCENARIO DEL MIEDO
Como si una mano invisible nos hubiera borrado de las calles, de pronto las ciudades se convirtieron en escenarios del miedo.
¿Cuándo recobraremos la naturalidad al caminar sin sospechar del transeúnte que viene o va demasiado cerca de nosotros? Quizá nunca. ¿Cuándo volveremos al saludable y edificante hábito de abrazar y besar sincera, cálida, emotivamente a los nuestros? Quizá nunca. ¿Quién nos devolverá al punto que nos vimos avasallados por los noticieros de la muerte y dejamos nuestros proyectos inconclusos? ¿Quién nos despertará de la pesadilla de ver a nuestros muertos partir sin siquiera un adiós?
Pocas o ninguna respuesta. Desconfiamos de la palabra futuro, no hablamos de eso. Si llegáramos algún día a retozar otra vez en una playa, ¿el mundo será mejor? ¿O estaremos apaleados por el recuerdo y entumecidos por tanta tragedia? Si la esperanza es lo último que se pierde’, no nos cansemos de esperar. Si es verdad que el futuro comienza con un sueño, despertemos para matar la pesadilla.
En los quince años de terrorismo e hiperinflación, buena parte de los jóvenes de entonces vimos truncados nuestros futuros. Temo que en estos tiempos de coronavirus, los jóvenes estén perdiéndolo también. La incertidumbre sumado a la incompetencia de los gobernantes, están precipitando ese desenlace.
Luego de más de cuatro meses, el panorama empeora. Entre las imágenes del aterrador desfile de cadáveres sin nombre y la urgencia de los más pobres por buscar cómo sobrevivir nos debatimos cada día, sin asomo de luz para esta interminable y terrorífica penumbra. Es obvio que los gobernantes son ajenos al hambre. Ellos comen a sus horas, mientras cómodamente aguardan que esto pase, para emerger como los nuevos ricos de este pobre país.
De: LOS DEMONIOS DE LA PANDEMIA - Derechos Reservados 2020 de Rogger Alzamora Quijano
¿Cuándo recobraremos la naturalidad al caminar sin sospechar del transeúnte que viene o va demasiado cerca de nosotros? Quizá nunca. ¿Cuándo volveremos al saludable y edificante hábito de abrazar y besar sincera, cálida, emotivamente a los nuestros? Quizá nunca. ¿Quién nos devolverá al punto que nos vimos avasallados por los noticieros de la muerte y dejamos nuestros proyectos inconclusos? ¿Quién nos despertará de la pesadilla de ver a nuestros muertos partir sin siquiera un adiós?
Pocas o ninguna respuesta. Desconfiamos de la palabra futuro, no hablamos de eso. Si llegáramos algún día a retozar otra vez en una playa, ¿el mundo será mejor? ¿O estaremos apaleados por el recuerdo y entumecidos por tanta tragedia? Si la esperanza es lo último que se pierde’, no nos cansemos de esperar. Si es verdad que el futuro comienza con un sueño, despertemos para matar la pesadilla.
En los quince años de terrorismo e hiperinflación, buena parte de los jóvenes de entonces vimos truncados nuestros futuros. Temo que en estos tiempos de coronavirus, los jóvenes estén perdiéndolo también. La incertidumbre sumado a la incompetencia de los gobernantes, están precipitando ese desenlace.
Luego de más de cuatro meses, el panorama empeora. Entre las imágenes del aterrador desfile de cadáveres sin nombre y la urgencia de los más pobres por buscar cómo sobrevivir nos debatimos cada día, sin asomo de luz para esta interminable y terrorífica penumbra. Es obvio que los gobernantes son ajenos al hambre. Ellos comen a sus horas, mientras cómodamente aguardan que esto pase, para emerger como los nuevos ricos de este pobre país.
De: LOS DEMONIOS DE LA PANDEMIA - Derechos Reservados 2020 de Rogger Alzamora Quijano
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martes, 7 de abril de 2020
CALLE DEL CODO
CERCA DEL CONVENTO
—Ahora será diferente— le digo.
Intento abrazarla. Me rechaza.
—¿Quieres que me vaya?
Asiente.
Ante la Torre de los Lujanes un guía gesticula para un grupo de turistas. Pasamos de largo. Ambos llevamos la vista hundida en el suelo, pero no es difícil imaginar que se le rebalsan los ojos. Intenta decir algo, pero termina tragándose el nudo en su garganta. Me detengo. Doy media vuelta y enfilo hacia Calle del Codo. Al fondo, el Convento de las Carboneras me recuerda nuestro primer beso. Éramos unos críos que apenas sabíamos besar. Y allí mismo fue también el último intento.
—Amo a Juanjo.
Hay muy pocos pasos entre la ilusión y la derrota.
Todavía pudimos caminar juntos, por esta breve calle donde no es fácil evitar el contacto. Lori lo logró. Puso miles de kilómetros entre los dos, en los escasos tres metros entre pared y pared. Calle del Codo. Muchas veces, como hoy, reclamé su estrechez para sentirme adormecido en su penumbra.
Juanjo debía estar en el café, esperándome para cerrar caja y largarse.
Entre Lori y Juanjo todo había empezado mal. La devoción de ella no cabía en la impostura de mi amigo. Yo quiero a Juanjo —somos como hermanos— pero es la verdad. Aquél día su ego pudo más. Desde que supo que Lori me había terminado, la tuvo entre ceja y ceja. Las locuras suelen ser inimputables, mas no cuando ponen en juego tres vidas quebradizas.
ENTRE DOS ESQUINAS
—¡Cariño!— Laura gritó desde la esquina.
Me congelé. ¿Acaso no tenía que estar en su oficina? Le devolví el saludo. Me aseguré que Lori estuviera ensimismada en los zapatos, y fui a por Laura. Cuando llegué, ya no estaba. Me volvió el alma al cuerpo. Para matar las dudas, me quedé en esa esquina por media hora, oculto por si Lori me buscaba. Media hora. No fue poco. En media hora hasta el más tozudo renuncia. En media hora el desconfiado recupera la seguridad. En media hora el minutero ha dado treinta vueltas. No fue poco tiempo.
Convencido de haber recuperado el control, regresé a la zapatería.
—¿Qué pasó? Envié más de veinte mensajes. Necesité tu opinión.
— Perdóname. Sentí un cólico y me fui a los sanitarios.
—¿Te gustan mis nuevas botas?
—Son hermosas. Serán mi regalo de navidad.
—De ningún modo.
Me acerqué hasta rozar su oreja.
—Por favor...
Cuando recuerdo ese momento quisiera no haber nacido. Laura estaba ahí ¿cuánto tiempo antes de ponerse en evidencia?
—Buenas... - su voz tembló.
No me moví. Sentí que preguntaba algo banal a la dependienta. Lori me dijo después, que me notó paralizado y sudando copiosamente. Le asustó mi palidez. Tenía razón, se me nubló la vida entera.
(Juanjo debía saber que Lori tiene un sentido del peligro que la previene apenas detecta el mínimo sismo. Nació con eso.)
Por la noche llamé a Laura. Antes que pudiera decir media palabra, me advirtió que me daría tres minutos, ni uno más, que después despareciera de su vida. Pero fue ella quien desapareció sin dejar rastro. Dicen que se fue a empezar de cero en algún lugar de América.
Juanjo me mira y se diluye en el silencio.
CALLE DEL CODO
Unos meses después de la ruptura, Lori vino a refugiarse, aun sabiendo lo riesgoso que es para mí su cercanía. Pasó lo que pasó y ahora estoy aquí, en Calle del Codo, mi muro de las lamentaciones. Aquí, donde recaigo siempre que busco soslayar otro fracaso. Calle del Codo, con su habitual penumbra, nunca más propicia que hoy. Me sostengo en la reja que con su herrumbre ofende la legendaria puerta donde Quevedo respondiera al infortunado inquilino. Debo tomar fuerzas, llegar a Plaza Menor y de ahí a Tirso de Molina. Ya sobre el tren, será más fácil recordar adónde voy.
Fragmento extraído del libro: Y ENTONCES Derechos Reservados © 2020 de Rogger Alzamora Quijano
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