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sábado, 8 de agosto de 2020

PRESAGIOS




La encontré furiosa, y más cuando se percató de que andaba amodorrado y con tufo a Ron Cartavio.

—Así no me vas a besar— amenazó, sin saber que estaba vaticinando el desenlace.

Se llamaba Élida. Era una morena seria, sabrosa, alta, delgada, de ojos marrones. Nos conocimos en el trabajo. Ella era secretaria, yo empleado administrativo. Nuestros escritorios estaban frente a frente y aunque por lo general nos esquivábamos, era imposible no toparnos algunas veces durante el día. Mi mala fama había corrido por cuenta de López, Chunga y Ríos, y todo debido a las continuas llamadas que Élida tenía que recibir antes de pasármelas. En un principio su actitud fue impertérrita, pero poco después pasó a ser hostil. Se dirigía a mí con monosílabos: "oiga", "tome", "llamada".

Una de las pocas veces que el Departamento de Personal en pleno se reunió, fue para celebrar el cumpleaños del gerente, señor Cisneros. Llegué tarde a la fiesta y, para disimularlo, apenas entré le pedí bailar a Nancy, la otra secretaria. Aceptó a regañadientes.

—¿Quién eres tú realmente, Sandro Martínez?— preguntó después de un minuto — No matas una mosca, pero dicen que eres un granuja.

Pensé que era una broma, pero cuando se detuvo y continuó encarándome, dejé mi estúpida sonrisa y le expliqué. Andaba huyendo de alguien que no aceptaba el fin de nuestra relación. Ah, y que no eran varias mujeres, sino una sola que me llamaba y se hacía pasar por varias.

—Pues eso díselo a Élida, porque está a punto de informar a Cisneros, a Herrera y hasta al mismo Teixidor, el Gerente General. Ya no puede más con tantas llamadas. Le quitan tiempo y no está haciendo bien su trabajo. Le han llamado la atención dos veces. Martínez, ponte las pilas porque te van a botar.

Le agradecí por el dato y por bailar conmigo, que en ese momento era bailar con la peste. Fui a tomar el toro por las astas.

Élida estaba sentada charlando con Diana, la secretaria de Gerencia.

—¿Me permites? Le extendí mi mano.

Me miró con estupor. Dudó. Buscó escapar, pero se encontró con los ojos de Nancy.

—Ely— le dijo —necesitas escucharle.

Salimos a la pista. Estaba nervioso y sin saber por dónde empezar.

Al final no fue una pieza, sino tres. Primero me disculpé por afectar su trabajo. Después le convencí de que no era un rufián como ella pensaba. La última salsa la disfrutamos sin hablar. Cuando terminó, y antes de que le pidiera seguir bailando, me dijo que tenía que irse. Faltaba poco para las once. Me ofrecí a acompañarla a tomar su taxi. Aceptó.

Afuera hacía un fresco agradable, así que caminamos hasta la esquina, seguimos otra esquina, otra, y así quince más. Hablamos de todo. De ella, de mí. Nunca hasta esa noche la había visto reírse a carcajadas. Media hora después llegamos a su casa.

Nos miramos sin decir palabra. Hice una venia y me di la vuelta.

—Llega temprano a la oficina, por una vez— le escuché decir.
—Ajá— respondí.

Antes de llegar a la esquina volví la vista. Estaba ahí, mirándome. Me hizo adiós con la mano y entró. Ya no regresé a la fiesta. Me fui caminando hasta mi casa con dos ideas en la cabeza.

Al día siguiente cité a Adela. Estaba decidido. Nos vimos en el café. Ella pidió helados y yo agua. Quería ser breve. Le expliqué por qué no había posibilidad de retomar nuestra relación. Había pasado un año, y en un año toda flama termina en cenizas. Compungida, aceptó. Al cabo de un rato salimos. Nos detuvimos para despedirnos, rompió en llanto. La abracé, para consolarla. Las cosas se calentaron, perdimos el control y acabamos en un hotel de por ahí.

Esa semana y las siguientes no recibí llamadas. Los días pasaron velozmente. Todo tiempo era insuficiente con Élida cerca. Los días siguientes fuimos tendiendo puentes. Nancy se dio cuenta de nuestras complicidades y predijo un romance.

Un sábado fui a casa de Élida. Al escuchar el timbre se asomó a la ventana y me pidió que la esperara un momento. Quince minutos estuve ahí, ensayando cuál sería la forma de exponer mis sentimientos sin que me rechazara apenas comenzar.

—¿Adónde vamos?

Buscamos un parque. Me detuve, le tomé la mano y le dije que la amaba. Élida ya lo esperaba.

Fui feliz a su lado. Era increíblemente natural y sencilla. La amé con todas mis fuerzas. Nos entregamos completamente y sin miedos. En la fábrica, se enteraron. Cisneros me llamó a su despacho para advertirme que cuidara mi trabajo.

Cinco meses después, la ya olvidada voz de Adela sonó al otro lado de la línea. Élida me transfirió la llamada sin disimular su molestia.

Adela fue breve. Estaba en la puerta de la fábrica.

—Solo será un par de minutos— traté de calmar a Élida.

Sí, fueron dos minutos. Adela estaba embarazada.

Esa noche busqué a Coco, le conté y se solidarizó emborrachándose conmigo. El sábado llamé a Élida para decirle que pasaría por su casa a las tres. Estaba enfadada. Yo no lograba controlar mi pulso, de tanto ron barato que había bebido.

— Así no me vas a besar— repitió, con una piadosa sonrisa.

Llegamos al Parque Kennedy. Eran las cinco. La miré profundamente y le conté toda la verdad. Ella no merecía un hombre con tantos problemas. Yo la amaba, pero no tenía derecho… Élida me interrumpió.

—¿Esa es tu noción de amor? No entiendo. Pero si has tomado tu decisión sin escucharme, no voy a esperar a que lo repitas.

Súbitamente estiró su mano, paró un taxi y se marchó, sin que yo pudiera hacer algo para detenerla.

Al día siguiente, renuncié al trabajo. Cisneros me escuchó.

— Lamento decir "te lo dije"— concluyó.



Fragmento extraído del libro: Y ENTONCES Derechos Reservados © 2020 de Rogger Alzamora Quijano




viernes, 31 de julio de 2020

EL BRILLO




No sabes cuántas vueltas ha dado el mundo y en qué recónditos lugares he buscado un poco de paz. Nada puede devolver el tiempo, nada puede reparar el pasado.

Hoy recibí tu mensaje y no pude evitar ver tu foto. Ya no tienes brillo. Aquella chica que me regaló la mejor sonrisa que haya visto jamás ya no brilla. Sin duda eres hermosa y no dejarás de serlo. Tus ojos miel están ahí, tus perfectos dientes resaltan bajo aquella pequeña nariz que me gustaba besar. Tu cabello ensortijado, tus pequeñas manos, tu alma blanca. En la foto estás ante Machu Picchu, la montaña sagrada, hace dos meses. Es una magnífica toma. La majestuosidad del paisaje, la inmensidad, el cielo.

¿Y tú? Ahí estás, pero has perdido el brillo.

Como aquél momento en que te conocí, hoy sentí un remezón al verte. Y como entonces, hoy tuve que sentarme para no perder el equilibrio.

Mi memoria regresa a aquella mañana en la Feria. Después de tomar un poco de aliento y otro poco de osadía, me acerqué y te invité un chicle. Te reíste. Parecías haberlo intuido. No fue difícil acercarme a ti, pese a que tenías fama de arisca.

Aquella misma tarde bebimos un largo café. Sesenta minutos pasaron raudamente, pero el deber pudo más.

Al día siguiente, con los buenos días, me diste un sorpresivo beso en la mejilla. Bailó mi corazón. Y cuando aún no me recuperaba, me invitaste a almorzar en la pensión de tu marca, con todos los demás miembros de tu equipo de ventas. Sería un sacrilegio imperdonable, porque éramos competencia, pero no te importó.

Apenas entramos, y ante el estupor general, me tomaste la mano. Así, atados, buscamos una mesa. Yo flotaba. Pronto empezó el remolino. Vivimos días espléndidos, compartimos todo lo que nuestra precaria economía de vendedores de electrodomésticos nos permitió. Apenas cobrábamos salario nos deslizábamos hasta aquél hotelito, que encontramos tras largas disquisiciones morales. Tuve que rebatir uno a uno tus miedos y tus principios. Finalmente ganó la urgencia.

Nunca tuvimos una pelea que sobrepasara los linderos de la música. Éramos tan distintos. Tú la balada en español, yo la salsa y el rock. Fuimos absolutamente felices hasta con nuestras diferencias. Fuiste derribando mis complejos, mis ratos opacos y mis tragedias. Tú lo iluminabas todo.

La primera vez que te hablé de Borges te dormiste en mi pecho. Después de eso, cada vez que buscabas sueño me pedías que te hablara de libros y escritores. Me encantaba tu desfachatez. Todo transcurrió así, en medio de constante ensoñación y delirio. Cada paso lo dábamos juntos, aunque eso significara el caos.

Tres meses de dicha terminaron cuando te confesé que te había mentido. Me abofeteaste y te echaste a llorar en la penumbra de la discoteca. No dije nada. No encontraba palabras que atenuaran mi felonía. Después de unos minutos te secaste el rostro, tomaste tu bolso y te fuiste. En silencio te vi marchar. Era tu derecho.

Pensé que al día siguiente podría explicarte todo.

No hubo próxima vez. Me cerraste todas las puertas. Nunca más obtuve media palabra de tu boca. Después de un mes de esperarte, de acudir a tu hermana, a tu mejor amiga y hasta a tu jefe, finalmente me di por vencido.

Con aquella mentira te quité el brillo que hoy te falta.

Por eso decidí que tu mensaje debe quedar ahí, en la bandeja de recibidos. Más tarde, cuando recupere algo de valor y cordura, lo borraré y te bloquearé.



Fragmento extraído del libro: Y ENTONCES Derechos Reservados © 2020 de Rogger Alzamora Quijano