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domingo, 21 de abril de 2019
SER, ESTAR Y EXISTIR
Ser un poco, un pedazo, un brazo o una pierna, un gramo de sus corazones, un cabello de sus sienes. Estar en la puerta de sus sensaciones cuando entraban en trance. En la brisa de sus canciones, en las yemas de sus dedos cuando mezclaban el color o dibujaban la palabra. Estar en la hora cumbre, donde los versos, el pincel o las notas, nacían entre sollozos. En las habitaciones donde se cuecen las historias, en la mesa donde nacen y mueren sus cartas, donde humean los cafés y los paraísos, donde emergen los cólicos de sus poemas.
Ser sus camisas y zapatos, el vaso de sus baratos rones, sus cigarrillos moribundos. Sus cenizas. Estar durante el portento de sincronías de letras y melodías. Ser otro, varios otros, muchos otros.
Existir ante Chelsea Hotel #2, sin llegar hasta Popular Problems.
Después de los treinta y seis quince, año setenta y cuatro, en Carosello de Milán. Respirar exhausto y complacido ante la pampa de la libertad y tras los movimientos de ocho memorables canciones.
Un bajo para Enrique Delgado, un morochuco para Oscar Avilés. Como Phelps, como Jordan, como Rivera, como Da Vinci. Una pizca de Jackson, un pelo de De Sica, un ojo de Brando, el índice de Miles Davies, una mano de Paco de Lucía, una pena del Cholo Berrocal y otra de Arguedas. El piano de Mozart, Beethoven o Baremoboim. El bandoneón de Piazzolla, de Juancho Rois, el saxo de Paquito. De Uña Ramos a Waskar Amaru. De Gaudi a Miguel Angel. De Vallejo a Gabo una letra de Borges y de Rulfo. Un trozo de Lavoe y uno de Blades.
Y dos acordes de El Cóndor Pasa.
Y dos líneas Alturas de Machu Picchu.
Y dos minutos con Lucha Reyes.
Ser otro, varios otros, muchos otros. Todo eso y todos ellos.
Pero nada como ser lo que soy.
Nada como estar contigo.
Nada como existir.
Derechos Reservados 2019 de Rogger Alzamora Quijano
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martes, 22 de enero de 2019
EL VIAJE
Por: Rogger Alzamora Quijano
Ir en busca de lo previsible o lo desconocido. De la tierra prometida o el peligro. Con mil cosas en la mente, todas colindantes con la incertidumbre. Ilusión, angustia, emoción, derritiéndose como cubos de hielo. La fila del mostrador, la de inmigración, la puerta de embarque, la manga, el asiento.
La ansiedad en los pasillos, las azafatas buscando los detalles: cinturones, portaequipajes, asientos. Sonriendo o no. La voz del capitán. El teléfono en modo avión.
Y el gigante comienza a moverse. Gira lentamente, se dirige a la partida. La memoria se atasca en lo que queda aquí, en casa, en la familia. Todo estará bien.
Despega el conteo regresivo. Porque cada segundo que pasa es un instante menos de aventura. Aquí comienza otra historia que hay que exprimir, para que todo lo que estamos dejando valga la pena.
La cena, la hoja de impuestos, el pasajero de al lado. El visillo, el mar, la velocidad, la altitud. No importa si el sol asoma o se ha ido, siempre hay algo gris bajo el avión. Los de abajo son tan hormigas como los de arriba ante la magnitud del abismo.
La voz del capitán anuncia el descenso y media hora después da la bienvenida, la temperatura y las gracias por elegir esta compañía. Presagio de buen tiempo. Ya estamos lejos de donde se quedó la realidad.
Retirar equipaje, pasar aduana, cambiar dinero, pagar el taxi. Llegar al escenario donde otros se despiden de los suyos o usan audífonos para soslayar su soledad.
Otra dimensión de la realidad. Nadie rueda por siempre en un mismo lugar. Sur o norte, arriba o abajo. La vida es un viaje.
Ya en el nuevo plató, caminar por las calles, el mercado. Segundo, tercer día, otro día menos. Cinco, noventa, trescientos sesenta, mil. Siempre acechará el final.
Recoger. Recobrar. Perder. Olvidar. Los rostros dulcificados por la distancia. Arrugas más, cabellos menos. Fracasos muchos, algunas victorias. El postrero fervor.
Ni la Alhambra ni el Bósforo, ni el Caribe azul, ni el Elba invernal. Ni la hora y media ante La Pieta o el día entero con Gaudí. Ni la Puerta de Brandenburgo, ni Luxor, ni las pirámides mayas, ni el Machu Picchu sideral. Ni las calles de Casablanca o la enigmática Pompeya.
Nada habría sido lo que fue, sin su compañía.
Derechos Reservados Copyright © 2019 de Rogger Alzamora Quijano
lunes, 7 de enero de 2019
LA LUNA
Antes, en este mismo lugar, la luna se encendía sobre la espuma. Cual sepulcros, sus cráteres ocultaban todas las catástrofes incluso esta, promisoria y fugaz. Anoche, tras dos segundos ha desaparecido. Tal vez haya sido su encantamiento o mi perturbación.
No volvió. Aguardé el resto de la noche.
Es tarde ya, poco antes del amanecer, final de la ilusión. El cielo despejado le dio inmejorable escenario para la función.
No está. Sé que vaga por ahí. Sé que juega en algún lago. No aquí.
Sin sus grises ojos no hay vida en el abismal campo de los sueños.
Derechos Reservados © Copyright 2019 de Rogger Alzamora Quijano
miércoles, 7 de septiembre de 2016
EL BASTIDOR
Iba a pintarte.
Ya no recuerdo si lo soñé o lo viví. Entre el sueño y la necesidad hay apenas una línea.
Iba a pintarte, seguramente debes recordarlo. Tu cara, tus brazos, tu magnífica estampa izada sobre el campo donde perdía todas las batallas. Tu encantadora desfachatez.
Recuerdo el blanco lienzo, los colores y los pinceles que compraste y deseché por insufribles. Te reíste. Era tan diáfana tu alegría, que no dejaba dudas.
Y entre el jolgorio y la cocina olvidamos armar el bastidor. El tiempo y la confianza comenzaron a escasear. Un mes corrió velozmente. Las dudas, que nos esperaban agazapadas veinticuatro horas cada día, nos obligaron a postergar.
Cierto día, terminamos inventando un pretexto para llevar el bastidor al desván. Las veinte piezas fueron a parar al vecindario del abandono. Y con ellos, tu rostro sin cuadrantes, tus brazos sin color ni calor, tus ojos de un sombrío tono imposible, tus ojos ajenos al delirio. Allí se quedarían, vagando en los aposentos del moho, el bastidor desmantelado y las preciosas líneas que jamás tracé.
También mi recuerdo de aquellos festivos días se agolpa en los sepias calendarios, cual briznas devoradas por el olvido.
Ha pasado mucho tiempo. Décadas de silencio. El extravío acabará por engullir los quiméricos matices de tu retrato, y así desaparecerás también e mi pasado.
Iba a pintarte. He traído a mi memoria aquél episodio, como gesto de inmensa gratitud por las grandes epopeyas que escribimos juntos. Dejemos para los zócalos de la memoria la anécdota del recóndito bastidor.
Fragmento extraído del libro: Y ENTONCES Derechos Reservados © 2020 de Rogger Alzamora Quijano
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