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sábado, 1 de abril de 2017

NADA



Lo perdí todo, dice.
Carga a su hijo.
Su hijo no entiende qué es perderlo todo.
Mira el panorama.
Mira el río.
El río sigue borrándolo todo.
Casas, flores, sueños, vidas.
Quedan la nada
y el río.

Lo perdí todo, dice.
Y con su otra mano señala la nada
alrededor del río.
La nada alrededor del lodo.
La nada, después del todo,
que es el río.
Y sus ojos abarcan la nada,
que es ahora su nada. Su todo.

Donde ayer trabajaba, donde ayer vivía,
donde ayer su hijo aprendía a vivir.
Donde crecían sus sueños,
donde germinaba su familia,
donde su mujer cocinaba,
tejía, creaba, cantaba,
es ahora su nada. Su todo,
ante sus ojos, ante su hijo,
ante su mundo.
Todo se fue con el río,
todo se hundió bajo el río.
Todo se escapó de sus ojos.

El río ruge, su hijo calla, él mira.
El río ruge, su hijo llora, él calla.
El río pide, reclama, arrebata.
Su hijo no sabe, pero entiende.

Lo perdí todo, dice y mira lo que tenía
y ya no está.
Sus ojos vuelven desde el barro.
Su hijo llora, su hijo vive,
su hijo no sabe, pero entiende.
Una y otra vez.
Su fe se pierde bajo el barro
y resurge desde su hijo.




De: VERSOS CON VERSOS Derechos Reservados Copyright © 2017 de Rogger Alzamora Quijano

lunes, 20 de marzo de 2017

SERPIENTES DE BARRO


Escribe: Rogger Alzamora Quijano


Hoy veinte de marzo se anuncia el equinoccio de otoño en el hemisferio sur. En Perú casi nadie se da cuenta de este cambio. Hay muchas cosas que ver, sentir, reclamar, sufrir. Y también brindar, ayudar, compartir.
Una nota de Agence France-Presse me ha dictado el título de este post. Desde hace varios días nos encontramos —unos más, otros menos— trepados sobre una mesa que tiene cuatro apocalípticas patas: caos, desesperación, angustia e impotencia. Quisiéramos tener algo más que la explicación de la ira de Dios para nuestras preguntas más obvias, pero una vendría tras otra y terminaríamos perdiendo la fe o gritando plegarias para que Dios calme su ira. Pero en ningún caso reconoceríamos nuestros errores ni haríamos autocrítica oportuna.
La gente de menos recursos sufre en mayor escala la furia de la naturaleza. Todos exponen sus argumentos para explicar o tratar de explicar qué los lleva a establecerse en zonas de riesgo. Han sentado sus reales en los senderos favoritos de las serpientes de barro. Unas razones son sociales y económicas (de esas hay bastante y muchas de ellas no son coherentes. Ni siquiera la mayoría es de pobreza extrema. Muchos construyen verdaderos edificios aprovechando los bajos precios de los terrenos). Otras culturales (pese a las advertencias las personas no quieren ser re-ubicadas, porque allí vivieron sus abuelos o sienten una especial afinidad con el lugar, porque construyeron sus casas con sus propias manos, etc). Pero las razones políticas son las peores. Y suceden con todos los gobiernos. Municipal, regional o central. Todos ganan votos ofreciendo títulos gratuitos de propiedad, sin importar si se encuentran en quebradas por donde las serpientes de barro en algún momento bajarán trayendo muerte y destrucción. Y cuando eso pasa, como ahora, todos se culpan, se tiran la pelota, se soplan la pluma. Y allí, en la desgracia de los más pobres cultivan sus riquezas los más ricos. A partir de mañana, aprovechando el estado de emergencia, los mercaderes del dolor, como siempre sacarán provecho del caos. ¿Y los pobres? Por necesidad, desidia o terquedad, volverán a sus predios a retirar los escombros. Y esperarán, otra vez temerariamente, que un día la naturaleza o la ira de Dios, convoquen a las serpientes de barro a otro ciclo de desgracias que repetirán las mismas variables (que nunca varían): sociales, económicas, culturales y políticas.
Y los gobiernos, mientras tanto, en complicidad con los traficantes de tierras, seguirán timando a los pobres, con el cuento del título de propiedad, que en realidad no es otra cosa que el interés de las autoridades por incorporarlos a las listas de contribuyentes, así no les ofrezcan ningún servicio. Así no les brinden la mínima seguridad para sus vidas.

jueves, 26 de enero de 2017

JORGE LUIS BORGES, "LA DIVINA COMEDIA", CONFERENCIA

Nota del redactor.- Cuando dio esta conferencia, el 1 de Junio del 77, Jorge Luis Borges se encontraba con la salud resquebrajada. No fue óbice para transmitir su sapiencia siempre inspiradora y ejemplar. Personalmente prefiero su conferencia "La metáfora" CLICK AQUÍ (debe ser porque me conté entre los asistentes a ella), publicada en este mismo blog. Pero, Borges es Borges y cada una de sus conferencias son piezas únicas.


Señoras, Señores:
El panteísta irlandés Escoto Erígena dijo que la Sagrada Escritura encierra un número infinito de sentidos y la comparó con el plumaje tornasolado del pavo real. Siglos después un cabalista español dijo que Dios hizo la Escri­tura para cada uno de los hombres de Israel y por consi­guiente hay tantas Biblias como lectores de la Biblia. Lo cual puede admitirse si pensamos que es autor de la Biblia y del destino de cada uno de sus lectores. Cabe pensar que estas dos sentencias, la del plumaje tornasolado del pavo real de Escoto Erígena, y la de tantas Escrituras como lectores del cabalista español, son dos pruebas, de la ima­ginación celta la primera y de la imaginación oriental la segunda. Pero me atrevo a decir que son exactas, no sólo en lo referente a la Escritura sino en lo referente a cual­quier libro digno de ser releído.
Emerson dijo que una biblioteca es un gabinete mágico en el que hay muchos espíritus hechizados. Despiertan cuan­do los llamamos; mientras no abrimos un libro, ese libro, literalmente, geométricamente, es un volumen, una cosa entre las cosas. Cuando lo abrimos, cuando el libro da con su lector, ocurre el hecho estético. Y aun para el mismo lector el mismo libro cambia, cabe agregar, ya que cam­biamos, ya que somos (para volver a mi cita predilecta) el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana. Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro, que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto. También el texto es el cambiante río de Heráclito.
Esto puede llevarnos a la doctrina de Croce, que no sé si es la más profunda pero sí la menos perjudicial: la idea de que la literatura es expresión. Lo que nos lleva a la otra doctrina de Croce, que suele olvidarse: si la literatura es expresión, la literatura está hecha de palabras y el len­guaje es también un fenómeno estético. Esto es algo que nos cuesta admitir: el concepto de que el lenguaje es un hecho estético. Casi nadie profesa la doctrina de Croce y todos la aplican continuamente.
Decimos que el español es un idioma sonoro, que el in­glés es un idioma de sonidos variados, que el latín tiene una dignidad singular a la que aspiran todos los idiomas que vinieron después: aplicamos a los idiomas categorías estéticas. Erróneamente, se supone que el lenguaje corres­ponde a la realidad, a esa cosa tan misteriosa que llamamos realidad. La verdad es que el lenguaje es otra cosa.
Pensemos en una cosa amarilla, resplandeciente, cam­biante; esa cosa es a veces en el cielo, circular; otras veces tiene la forma de un arco, otras veces crece y decrece. Alguien —pero no sabremos nunca el nombre de ese al­guien—, nuestro antepasado, nuestro común antepasado, le dio a esa cosa el nombre de luna, distinto en distintos idiomas y diversamente feliz. Yo diría que la voz griega Selene es demasiado compleja para la luna, que la voz in­glesa moon tiene algo pausado, algo que obliga a la voz a la lentitud que conviene a la luna, que se parece a la luna, porque es casi circular, casi empieza con la misma letra con que termina. En cuanto a la palabra luna, esa hermosa palabra que hemos heredado del latín, esa her­mosa palabra que es común al italiano, consta de dos sí­labas, de dos piezas, lo cual, acaso, es demasiado. Tenemos lua, en portugués, que parece menos feliz; y lune, en fran­cés, que tiene algo de misterioso.
Ya que estamos hablando en castellano, elijamos la pa­labra luna. Pensemos que alguien, alguna vez, inventó la palabra luna. Sin duda, la primera invención sería muy distinta. ¿Por qué no detenernos en el primer hombre que dijo la palabra luna con ese sonido o con otro?.
Hay una metáfora que he tenido ocasión de citar más de una vez (perdónenme la monotonía, pero mi memoria es una vieja memoria de setenta y tantos años), aquella metáfora persa que dice que la luna es el espejo del tiempo. En la sentencia “espejo del tiempo” está la fragilidad de la luna y la eternidad también. Está esa contradic­ción de la luna, tan casi traslúcida, tan casi nada, pero cuya medida es la eternidad.
En alemán, la voz luna es masculina. Así Nietzsche pudo decir que la luna es un monje que mira envidiosamente a la tierra, o un gato, Kater, que pisa tapices de estrellas. También los géneros gramaticales influyen en la poesía.
Decir luna o decir “espejo del tiempo” son dos hechos estéticos, salvo que la segunda es una obra de segundo grado, porque “espejo del tiempo” está hecha de dos uni­dades y “luna” nos da quizá aun más eficazmente la pala­bra, el concepto de la luna. Cada palabra es una obra poética.
Se supone que la prosa está más cerca de la realidad que la poesía. Entiendo que es un error. Hay un concep­to que se atribuye al cuentista Horacio Quiroga, en el que dice que si un viento frío sopla del lado del río, hay que escribir simplemente: un viento frío sopla del lado del río. Quiroga, si es que dijo esto, parece haber olvidado que esa construcción es algo tan lejano de la realidad como el viento frío que sopla del lado del río. ¿Qué percepción tenemos? Sentimos el aire que se mueve, lo llamamos vien­to; sentimos que ese viento viene de cierto rumbo, del lado del río. Y con todo esto formamos algo tan complejo como un poema de Góngora o como una sentencia de Joyce. Volvamos a la frase “el viento que sopla del lado del río”. Creamos un sujeto: viento; un verbo: que sopla; en una ­circunstancia real: del lado del río. Todo esto está lejos de la realidad; la realidad es algo más simple. Esa frase aparentemente prosaica, deliberadamente prosaica y común elegida por Quiroga es una frase complicada, es una es­tructura.
Tomemos el famoso verso de Carducci “el silencio verde de los campos”. Podemos pensar que se trata de un error, que Carducci ha cambiado el sitio del epíteto; debió haber escrito “el silencio de los verdes campos”. Astuta o retóricamente lo mudó y habló del verde silencio de los campos. Vayamos a la percepción de la realidad. ¿Qué es nuestra percepción? Sentimos varias cosas a un tiempo. (La palabra cosa es demasiado sustantiva, quizá.) Sen­timos el campo, la vasta presencia del campo, sentimos el verdor y el silencio. Ya el hecho de que haya una palabra para silencio es una creación estética. Porque silencio se aplicó a personas, una persona está silenciosa o una cam­paña está silenciosa. Aplicar “silencio” a la circunstancia de que no haya ruido en el campo, ya es una operación esté­tica, que sin duda fue audaz en su tiempo. Cuando Car­ducci dice “el silencio verde de los campos” está diciendo algo que está tan cerca y tan lejos de la realidad inme­diata como si dijera “el silencio de los verdes campos”.
Tenemos otro ejemplo famoso de hipálage, aquel insu­perado verso de Virgilio Ibant obscuri sola sub nocte per umbram, “iban oscuros bajo la solitaria noche por la som­bra”. Dejemos el per umbram que redondea el verso y to­memos “iban oscuros [Eneas y la Sibila] bajo la solitaria noche” (“solitaria” tiene más fuerza en latín porque viene antes de sub). Podríamos pensar que se ha cambiado el lugar de las palabras, porque lo natural hubiera sido decir “iban solitarios bajo la oscura noche”. Sin embargo, trate­mos de recrear esa imagen, pensemos en Eneas y en la Sibila y veremos que está tan cerca de nuestra imagen decir “iban oscuros bajo la solitaria noche” como decir “iban solitarios bajo la oscura noche”.
El lenguaje es una creación estética. Creo que no hay ninguna duda de ello, y una prueba es que cuando estu­diamos un idioma, cuando estamos obligados a ver las pa­labras de cerca, las sentimos hermosas o no. Al estudiar un idioma, uno ve las palabras con lupa, piensa esta palabra es fea, ésta es linda, ésta es pesada. Ello no ocurre con la lengua materna, donde las palabras no nos parecen ais­ladas del discurso.
La poesía, dice Croce, es expresión si un verso es expre­sión, si cada una de las partes de que el verso está hecho, cada una de las palabras, es expresiva en sí misma. Ustedes dirán que es algo muy trillado, algo que todos saben. Pero no sé si lo sabemos; creo que lo sentimos por sabido porque es cierto. El hecho es que la poesía no son los libros en la biblioteca, no son los libros del gabinete mágico de Emerson.
La poesía es el encuentro del lector con el libro, el descubrimiento del libro. Hay otra experiencia estética que es el momento, muy extraño también, en el cual el poeta concibe la obra, en el cual va descubriendo o inventando la obra. Según se sabe, en latín las palabras “inventar” y “descubrir” son sinónimas. Todo esto está de acuerdo con la doctrina platónica, cuando dice que inventar, que des­cubrir, es recordar. Francis Bacon agrega que si aprender es recordar, ignorar es saber olvidar; ya todo está, sólo nos falta verlo.
Cuando yo escribo algo, tengo la sensación de que ese algo preexiste. Parto de un concepto general; sé más o menos el principio y el fin, y luego voy descubriendo las partes intermedias; pero no tengo la sensación de inventar­as, no tengo la sensación de que dependan de mi arbitrio; las cosas son así. Son así, pero están escondidas y mi deber de poeta es encontrarlas.
Bradley dijo que uno de los efectos de la poesía debe ser darnos la impresión, no de descubrir algo nuevo, sino de recordar algo olvidado. Cuando leemos un buen poema pensamos que también nosotros hubiéramos podido escri­birlo; que ese poema preexistía en nosotros. Esto nos lleva a la definición platónica de la poesía: esa cosa liviana, alada y sagrada. Como definición es falible, ya que esa cosa liviana, alada y sagrada podría ser la música (salvo que la poesía es una forma de música). Platón ha hecho algo muy superior a definir la poesía: nos da un ejemplo de poesía. Podemos llegar al concepto de que la poesía es la experiencia estética: algo así como una revolución en la enseñanza de la poesía.
He sido profesor de literatura inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y he tratado de prescindir en lo posible de la historia de la literatura. Cuando mis estudiantes me pedían bibliografía yo les decía: “no importa la bibliografía; al fin de todo, Shakespeare no supo nada de bibliografía shakespiriana”. Johnson no pudo prever los libros que se escribirían sobre él. “¿Por qué no estudian directamente los textos? Si estos textos les agradan, bien; y si no les agradan, déjenlos, ya que la idea de la lectura obligatoria es una idea absurda tanto valdría hablar de felicidad obligatoria. Creo que la poesía es algo que se siente, y si ustedes no sienten la poesía, si no tienen sentimiento de belleza, si un relato no los lleva al deseo de saber qué ocurrió después, el autor no ha es­crito para ustedes. Déjenlo de lado, que la literatura es bastante rica para ofrecerles algún autor digno de su aten­ción, o indigno hoy de su atención y que leerán mañana”.
Así he enseñado, ateniéndome al hecho estético, que no requiere ser definido. El hecho estético es algo tan evi­dente, tan inmediato, tan indefinible como el amor, el sabor de la fruta, el agua. Sentimos la poesía como sentimos la cercanía de una mujer, o como sentimos una montaña o una bahía. Si la sentimos inmediatamente, ¿a qué diluirla en otras palabras, que sin duda serán más débiles que nuestros sentimientos?
Hay personas que sienten escasamente la poesía; gene­ralmente se dedican a enseñarla. Yo creo sentir la poesía y creo no haberla enseñado; no he enseñado el amor de tal texto, de tal otro: he enseñado a mis estudiantes a que quieran la literatura, a que vean en la literatura una forma de felicidad. Soy casi incapaz de pensamiento abstracto, ustedes habrán notado que estoy continuamente apoyándo­me en citas y recuerdos. Mejor que hablar abstractamente de poesía, que es una forma del tedio o de la haraganería, podríamos tomar dos textos en castellano y examinarlos.
Elijo dos textos muy conocidos porque ya he dicho que mi memoria es falible y prefiero un texto que ya está, que ya preexiste en la memoria de ustedes. Vamos a considerar aquel famoso soneto de Quevedo, escrito a la memoria de don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna. Lo repetiré lentamente y luego volveremos a él, verso por verso
Faltar pudo su patria al grande Osuna,
pero no a su defensa sus hazañas;
diéronle muerte y cárcel las Españas,
de quien él hizo esclava la Fortuna.
Lloraron sus invidias una a una
con las propias naciones las extrañas;
su tumba son de Flandres las campañas,
y su epitafio la sangrienta Luna.
En sus exequias encendió al Vesubio
Parténope y Trinacria al Mongibelo;
el llanto militar creció en diluvio.
Dióle el mejor lugar Marte en su cielo;
la Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio
murmuran con dolor su desconsuelo.
Lo primero que observo es que se trata de un alegato jurídico. El poeta quiere defender la memoria del duque de Osuna, que según él dice en otro poema “murió en prisión y muerto estuvo preso”.
El poeta dice que España debe grandes servicios milita­res al duque y que le ha pagado con la cárcel. Estas razones carecen de todo valor, ya que no hay razón alguna para que un héroe no sea culpable o para que un héroe no sea castigado. Sin embargo,
Faltar pudo su patria al grande Osuna,
pero no a su defensa sus hazañas;
diéronle muerte y cárcel las Españas,
de quien él hizo esclava la Fortuna,
es un momento demagógico. Conste que no estoy hablando a favor ni en contra del soneto, estoy tratando de ana­lizarlo.
Lloraron sus invidias una a una
con las propias naciones las extrañas.
Estos dos versos no tienen mayor resonancia poética; fueron puestos por la necesidad de elaborar un soneto: están, además, las necesidades de la rima. Quevedo seguía la difícil forma del soneto italiano que exige cuatro rimas. Shakespeare siguió la más fácil del soneto isabelino, que exige dos. Agrega Quevedo:
su tumba son de Flandres las campañas,
y su epitafio la sangrienta Luna.
Aquí está lo esencial. Estos versos deben su riqueza a su ambigüedad. Recuerdo muchas discusiones sobre la inter­pretación de estos versos. ¿Qué significa “su tumba son de Flandres las campañas”? Podemos pensar en los campos de Flandres, en las campañas militares que libró el duque. “Y su epitafio la sangrienta Luna” es uno de los versos más memorables de la lengua española. ¿Qué significa? Pensamos en la luna sangrienta que figura en el Apocalip­sis, pensamos en la luna debidamente roja sobre el campo de batalla, pero hay otro soneto de Quevedo, dedicado también al duque de Osuna, en el cual dice: “a las lunas de Tracia con sangriento / eclipse ya rubrica tu jornada”. Quevedo habrá pensado, en principio, el pabellón otoma­no; la sangrienta luna habrá sido la medialuna roja. Creo que todos estaremos de acuerdo en no descartar ninguno de los sentidos; no vamos a decir que Quevedo se refirió a las jornadas militares, a la foja de servicios del duque o a la campaña de Flandres, o a la luna sangrienta sobre el campo de batalla, o a la bandera turca. Quevedo no dejó de percibir los diversos sentidos. Los versos son felices por­que son ambiguos.
Luego:
En sus exequias encendió al Vesubio
Parténope y Trinacria al Mongibelo.
O sea que al Vesubio lo encendió Nápoles y Sicilia al Etna. Qué raro que haya puesto estos nombres antiguos que parecen alejar todo de los nombres tan ilustres de entonces. Y
el llanto militar creció en diluvio.
Aquí tenemos otra prueba de que una cosa es la poesía y otra el sentir racional; la imagen de los soldados que lloran hasta producir un diluvio es notoriamente absurda. No lo es el verso, que tiene sus leyes. El “llanto militar”, sobre todo militar, es sorprendente. Militar es un adjetivo asombroso aplicado al llanto.
Luego;
Dióle el mejor lugar Marte en su cielo.
Tampoco, lógicamente, podemos justificarlo; no tiene sentido alguno pensar que Marte alojó al duque de Osuna junto a César. La frase existe por virtud del hipérbaton.
Es la piedra de toque de la poesía: el verso existe más allá del sentido.
la Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio
murmuran con dolor su desconsuelo.
Yo diría que estos versos que me han impresionado durante años son, sin embargo, esencialmente falsos. Que­vedo se dejó arrastrar por la idea de un héroe llorado por la geografía de sus campañas y por ríos ilustres. Sentimos que sigue falsa; hubiera sido más verdadero decir la ver­dad, decir lo que dijo Wordsworth, por ejemplo, al cabo pie aquel soneto en que ataca a Douglas por haber hecho talar una selva. Y dice, sí, que fue terrible lo que hizo Douglas con la selva, que había derribado una noble horda, “una fraternidad de árboles venerables”, pero sin embar­go, agrega, nosotros nos dolemos de males que a la natu­raleza misma no le importan, ya que el río Tweed y las verdes praderas y las colinas y las montañas conti­núan. Sintió que podía lograrse un mejor efecto con la verdad. Diciendo la verdad, nos duele que hayan talado esos hermosos árboles, pero a la naturaleza nada le im­porta. La naturaleza sabe (si es que existe un ente que se llame naturaleza) que puede renovarlos y el río sigue corriendo.
Es verdad que para Quevedo se trataba de las divini­dades de los ríos. Quizá hubiera sido más poética la idea de que a los ríos de las guerras del duque no les importara la muerte del de Osuna. Pero Quevedo quería hacer una elegía, un poema sobre la muerte de un hombre. ¿Qué es la muerte de un hombre? Con él muere una cara que no se repetirá, según observó Plinio. Cada hombre tiene su cara única y con él mueren miles de circunstancias, miles de recuerdos. Recuerdos de infancia y rasgos humanos, de­masiado humanos. Quevedo no parece sentir nada de esto. Había muerto en la cárcel su amigo, el duque de Osuna, y Quevedo escribe este soneto con frialdad; sentimos su esencial indiferencia. Lo escribe como un alegato contra el estado que condenó a prisión al duque. Parecería que no lo quiere a Osuna; en todo caso, no hace que lo queramos nosotros. Sin embargo, es uno de los grandes sonetos de nuestra lengua. Pasemos a otro, de Enrique Banchs. Sería absurdo decir que Banchs es mejor poeta que Quevedo. Ademas, ¿qué significan esas comparaciones?.
Consideremos este soneto de Banchs y en qué reside su agrado
Hospitalario y fiel en su reflejo
donde a ser apariencia se acostumbra
el material vivir, está el espejo
como un claro de luna en la penumbra.
Pompa le da en las noches la flotante
claridad de la lámpara, y tristeza
la rosa que en el vaso agonizante
también en él inclina la cabeza.
Si hace doble al dolor, también repite
las cosas que me son jardín del alma
y acaso espera que algún día habite
en la ilusión de su azulada calma,
el Huésped que le deje reflejadas
frentes juntas y manos enlazadas…
Este soneto es muy curioso, porque el espejo no es el protagonista : hay un protagonista secreto que nos es re­velado al fin. Ante todo tenemos el tema, tan poético : el espejo que duplica la apariencia de las cosas:
donde a ser apariencia se acostumbra el material vivir…
Podemos recordar a Plotino. Quisieron hacerle un re­trato y se negó : “Yo mismo soy una sombra, una sombra del arquetipo que está en el cielo. A qué hacer una sombra de esa sombra.” Qué es el arte, pensaba Plotino, sino una apariencia de segundo grado. Si el hombre es delez­nable, cómo puede ser adorable una imagen del hombre. Eso lo sintió Banchs; sintió la fantasmidad del espejo.
Realmente es terrible que haya espejos: siempre he sentido el terror de los espejos. Creo que Poe lo sintió tam­bién. Hay un trabajo suyo, uno de los menos conocidos, sobre el decorado de las habitaciones. Una de las condiciones que pone es que los espejos estén situados de modo que una persona sentada no se refleje. Esto nos informa de su temor de verse en el espejo. Lo vemos en su cuento William Wilson sobre el doble y en el cuento de Arthur Gordon Pym. Hay una tribu antártica, un hombre de esa tribu que ve por primera vez un espejo y cae horrorizado.
Nos hemos acostumbrado a los espejos, pero hay algo de temible en esa duplicación visual de la realidad. Vol­vamos al soneto de Banchs. “Hospitalario” ya le da un rasgo humano que es un lugar común. Sin embargo, nunca hemos pensado que los espejos son hospitalarios. Los espe­jos están recibiendo todo en silencio, con amable resignación.
Hospitalario y fiel en su reflejo
donde a ser apariencia se acostumbra
el material vivir, está el espejo
como un claro de luna en la penumbra.
Vemos el espejo, también luminoso, y además lo com­para con algo intangible como la luna. Sigue sintiendo lo mágico y lo extraño del espejo: “como un claro de luna en la penumbra”.
Pompa le da en las noches la flotante
claridad de la lámpara.. .
La “flotante claridad” quiere que las cosas no sean de­finidas; todo tiene que ser impreciso como el espejo, el espejo de la penumbra. Tiene que ocurrir en la tarde o en la noche. Y así
… la flotante
claridad de la lámpara, y tristeza
la rosa que en el vaso agonizante
también en él inclina la cabeza.
Para que todo no sea vago, tenemos ahora una rosa, una precisa rosa.
Si hace doble al dolor, también repite
las cosas que me son jardín del alma
y acaso espera que algún día habite
en la ilusión de su azulada calma,
el Huésped que le deje reflejadas
frentes juntas y manos enlazadas…
Aquí llegamos al tema del soneto, que no es el espejo sino el amor, el pudoroso amor. El espejo no espera ver reflejadas frentes juntas y manos enlazadas, es el poeta quien espera verlas. Pero una suerte de pudor lo lleva a decir todo eso de manera indirecta y esto está admirable­mente preparado, ya que desde el principio tenemos “hos­pitalario y fiel”, ya desde el principio el espejo no es el espejo de cristal o de metal. El espejo es un ser humano, luego es hospitalario y fiel y luego nos acostumbra a que vea­mos el mundo apariencial, un mundo apariencial que al final se identifica con el poeta. El poeta es el que quiere ver al Huésped, el amor. Hay una diferencia esencial con el soneto de Quevedo, y es que sentimos de inmediato la vívida presencia de la poesía en aquellos dos versos
su tumba son de Flandres las campañas
y su epitafio la sangrienta Luna.
He hablado de los idiomas y de lo injusto que es com­parar un idioma con otro; creo que hay un argumento que es suficiente y es que si pensamos en un verso, una estrofa española por ejemplo, si pensamos
quién hubiera tal ventura
sobre las aguas del mar
como hubo el conde Arnaldos
la mañana de San Juan,
no importa que esa ventura fuera un barco, no importa el conde Arnaldos, sentimos que esos versos sólo pudieron haberse dicho en español. El sonido del francés no me agra­da, creo que le falta la sonoridad de otros idiomas latinos, pero ¿cómo podría pensar mal de un idioma que ha per­mitido versos admirables como el de Hugo,
L’hydre-Univers tordant son corps écaillé d’astres,
¿cómo censurar a un idioma sin el cual serían imposibles esos versos?
En cuanto al inglés, creo que tiene el defecto de haber perdido las vocales abiertas del inglés antiguo. Sin em­bargo, ello posibilitó a Shakespeare versos como:
And shake the yoke of inauspicious stars From this worldweary flesh,
que malamente se traduce por “y sacudir de nuestra carne harta del mundo el yugo de las infaustas estrellas”. En español no es nada; es todo, en inglés. Si tuviera que ele­gir un idioma (pero no hay ninguna razón para que no elija a todos), para mí ese idioma sería el alemán, que tiene la posibilidad de formar palabras compuestas (como el inglés y aún más) y que tiene vocales abiertas y una música tan admirable. En cuanto al italiano, basta la Co­media.

Nada tiene de extraño tanta belleza desparramada por di­versos idiomas. Mi maestro, el gran poeta judeo-español Ra­fael Cansinos-Asséns, legó una plegaria al Señor en la que dice “Oh, Señor, que no haya tanta belleza”; y Browning: “Cuando nos sentimos más seguros ocurre algo, una puesta de sol, el final de un coro de Eurípides, y otra vez estamos perdidos.”
La belleza está acechándonos. Si tuviéramos sensibilidad, la sentiríamos así en la poesía de todos los idiomas.
Yo debí estudiar más las literaturas orientales; sólo me asomé a ellas a través de traducciones. Pero he sentido el golpe, el impacto de la belleza. Por ejemplo, esa línea del persa Jafez: “vuelo, mi polvo será lo que soy.” Está en ella toda la doctrina de la trasmigración: “mi polvo será lo que soy”, renaceré otra vez, otra vez, en otro siglo, seré Jafez, el poeta. Todo esto dado en unas pocas palabras que he leído en inglés, pero no pueden ser muy distintas del persa.
Mi polvo será lo que soy es demasiado sencillo para haber sido cambiado. Creo que es un error estudiar la literatura histórica­mente, aunque quizá para nosotros, sin excluirme, no pueda ser de otro modo. Hay un libro de un hombre que para mí fue un excelente poeta y un mal crítico, Marce­lino Menéndez y Pelayo, que se titula Las cien mejores poesías castellanas. Encontramos ahí : “Ande yo caliente, y ríase la gente.” Si ésa es una de las mejores poesías cas­tellanas, nos preguntamos cómo serán las no mejores. Pero en el mismo libro encontramos los versos de Quevedo que he citado y la “Epístola” del Anónimo Sevillano y tantas otras poesías admirables. Desgraciadamente no hay nin­guna de Menéndez y Pelayo, que se excluyó de su anto­logía.
La belleza está en todas partes; quizá en cada momento de nuestra vida. Mi amigo Roy Bartholomew, que vivió algunos años en Persia y tradujo directamente del farsí a Omar Jaiam, me dijo lo que yo ya sospechaba: que en el Oriente, en general, no se estudian históricamente la literatura ni la filosofía. De ahí el asombro de Deussen y Max Müller, que no pudieron fijar la cronología de los autores. Se estudia la historia de la filosofía como diciendo Aristóteles discute con Bergson, Platón con Hume, todo simultáneamente.
Concluiré citando tres plegarias de marineros fenicios. Cuando la nave estaba a punto de hundirse —estamos en el primer siglo de nuestra era—, rezaban alguna de esas tres. Dice una de ellas
Madre de Cartago, devuelvo el remo,
Madre de Cartago es la ciudad de Tiro, de donde pro­cedía Dido. Y luego, “devuelvo el remo”. Hay aquí algo extraordinario: el fenicio que sólo concibe la vida como remero. Ha cumplido su vida y devuelve el remo para que otros sigan remando.
Otra de las plegarias, más patética aún:
Duermo, luego vuelvo a remar.
El hombre no concibe otro destino; y asoma la idea del tiempo cíclico.
Por último, ésta que es harto conmovedora y que es dis­tinta de las otras porque no implica la aceptación del des­tino; es el hecho desesperado de un hombre que va a morir, que va a ser juzgado por terribles divinidades y dice:
Dioses, no me juzguéis como un dios
sino como un hombre
a quien ha destrozado el mar.
En estas tres plegarias sentimos inmediatamente, o yo siento inmediatamente, la presencia de la poesía. En ellas está el hecho estético, no en bibliotecas ni en bibliografías ni en estudios sobre familias de manuscritos ni en volú­menes cerrados.
He leído esas tres plegarias de marineros fenicios en el cuento de Kipling “The Manner of Men“, un cuento sobre San Pablo. ¿ Son auténticas, como malamente se diría, o las escribió Kipling, el gran poeta? Después de formularme la pregunta sentí vergüenza, porque ¿qué importancia pue­de tener elegir? Veamos las dos posibilidades, los dos cuer­nos del dilema.
En el primer caso, se trata de plegarias de marineros fenicios, gente de mar, que sólo concebían la vida en el mar. Del fenicio, digamos, pasaron al griego; del griego al latín, del latín al inglés. Kipling las reescribió.
En el segundo, un gran poeta, Rudyard Kipling, se ima­gina a los marineros fenicios; de algún modo, está cerca de ellos; de algún modo, es ellos. Concibe la vida como la vida del mar y lleva puesta en su boca esas plegarias. Todo ocurrió en el pasado: los anónimos marineros fe­nicios han muerto, Kipling ha muerto. ¿Qué importa cuál de esos fantasmas escribió o pensó los versos?.
Una curiosa metáfora de un poeta hindú, que no sé si puedo apreciar del todo, dice : “El Himalaya, esas altas montañas del Himalaya [cuyas cumbres son, según Ki­pling, las rodillas de otras montañas], el Himalaya es la risa de Shiva.” Las altas montañas son la risa de un dios, de un dios terrible. La metáfora es, en todo caso, asom­brosa.
Tengo para mí que la belleza es una sensación física, algo que sentimos con todo el cuerpo. No es el resultado de un juicio, no llegamos a ella por medio de reglas; sentimos la belleza o no la sentimos.
Voy a concluir con un alto verso del poeta que en el siglo diecisiete tomó el nombre extrañamente poético, real, de Angelus Silesius. Viene a ser el resumen de todo cuanto he dicho esta noche, salvo que yo lo he dicho por medio de razonamientos o de simulados razonamientos: lo diré primero en español y después en alemán, para que lo oigan ustedes
La rosa sin porqué florece porque florece.
Die Rose ist ohne warum; sie blühet wed sie blühet.


Por Rogger Alzamora Quijano, del libro: "Siete noches" Jorge Luis Borges 1980, Editorial Meló, Buenos Aires, Argentina.


viernes, 9 de diciembre de 2016

HORA DEL RELOJ



Unos meses antes de morir mamá resolvió acompañarme durante el primer tramo de mi viaje hacia Lima. Se habían terminado mis vacaciones. Era la última semana de noviembre. Debía regresar a prepararme para intentar ingresar a la escuela de oficiales de las Fuerzas Armadas. Era el sueño de ella. Yo estaba deslumbrado. No era para menos. Tenía dieciséis y provenía de un colegio fiscal provinciano.
Llegamos a Huaraz al filo del mediodía. Por entonces la capital de Ancash se recuperaba acelerada y desordenadamente de los estragos del terremoto del setenta. Apenas habían pasado seis años. La efervescencia bullía por todas partes. Nos bajamos del carro y fuimos caminando con mi maletín hacia la agencia de autobuses a Lima. Debía partir a la una y media y mamá regresaría a Aija al día siguiente.
Camino al hotel Raimondi ella se detuvo en Sotomayor y Cía., una mediana tienda atestada de escaparates, mostradores y fotografías del Huascarán. Yo y mi maletín no cabíamos dentro, así que no entré. Luego de casi media hora salió con un pequeño paquete. Unas cuadras más adelante nos sentamos a almorzar en un restaurante. Mientras esperábamos, ella desplegó la envoltura y extrajo de la caja un reluciente reloj Tissot automático, de esfera y correa azules y caja gris. Me dijo que era mi regalo por Navidad y por todas las celebraciones que no tuve. Tomó mi muñeca y cuidadosamente ajustó el reloj. Yo estaba tan emocionado mirando mi primer reloj, hermoso por su sencillez pero indudablemente refinado y azul. Recuerdo haber admirado la exquisitez de su estampa, aunque yo no sabía de relojes y menos de marcas. También recuerdo que me causó curiosidad la marca con doble ese y dos tes. Pasaron meses antes que descubriera su ralea suiza y años para saber lo que ello implicaba en el mundo de la precisión. En ese momento apenas atiné a besar a mi madre y darle las gracias. Ella no me dio pistas acerca del hercúleo esfuerzo que le significó traer aquél reloj hasta mis manos.
Viajé, llegué, pasaron varios días en los que apenas me lo quitaba cuando me metía en la ducha, pero inmediatamente después lo devolvía a su posición. Allí se quedaba las veinticuatro horas. Hasta que mi padrino me preguntó si alguna vez había hecho el intento de quitarme el reloj, a lo que asentí con no poco azoro. Ahí me lo quité. Mamá murió pocos meses después, mirándome a los ojos y vaciando sobre mi cabeza un torrente de bendiciones que comenzaron a dar frutos cuando fui rechazado en el último examen para ingresar a la carrera militar. Mi vara nunca llegó.

La vida, el mar.
Los minutos, las olas.
La vida es de momentos,
de trozos, de sorbos.
No hay más recurso
que sembrar en la memoria
y labrar los recuerdos.
Cada día.

Comencé a trabajar en mi propio desarrollo. Posé y me engañé con banalidades propias de mi estupidez. Fui de aquí allá con tanta suerte que no me perdí. Pasaron muchas cosas. Mi padrino me pidió prestado el reloj y se lo di de buena gana. Lo tuvo por más de un año. Pese a que las cosas no me iban bien, tampoco era para decir que iban mal. Excepto cuando un treinta de agosto un seudo feligrés dejó mi muñeca izquierda vacía y solitaria tras una magistral y silenciosa extirpación de mi reloj, única traza tangible de mi madre. Me quedé perplejo mirando al bicho alejarse entre la multitud que pugnaba por echar sus cartas en el pozo de Santa Rosa de Lima.

Sin saber que iba regresé.
Sin tiempo y sin fe.
Por las noches enmohecía
y de día el desconcierto me dominaba.
Aprendí a vivir a golpes,
como debe darse en estos casos
en que la vida te cobra
sus cuotas por adelantado.

Por veintinueve años mi muñeca me dolió sin tregua. Más en los noviembres y agostos, porque coincidían con mis fríos subterráneos, inaccesibles, eternos.
No iba a permitir que se cumplieran los treinta. Decidí ponerle una prótesis a mi memoria recurrentemente áspera, de culpas y arrepentimientos. Busqué planificada y serenamente un reloj de la misma casa helvética y que tuviera similares características. Ya no estamos en los ochenta y por tanto no iba a pretender comprar un modelo igual. Había llegado la hora del reloj. Por fin encontré uno azul con gris metálico, correa azul de cuero, suizo, señero y hermoso como aquél. Apenas lo vi me llené de júbilo. No por la moda, no por la marca ni lo que le concierne. Sino porque significaba recuperar el más importante regalo de mamá. El más importante porque fue el primero y el último. Ya sé que he tardado mucho, quiero pensar que fue porque no estaba listo para entender el significado de aquél gesto el año setenta y seis, a la hora nona de su vida. Por fin lo comprendí. Gracias por el invaluable mensaje, mamá. Simbolizaba tu propia vigencia, tu esfuerzo, tu lucha, tu triunfo frente al tiempo y a cualquier sinónimo de la palabra imposible.

Tengo el sello de su raza,
tengo la magia de sus ojos.
Hay música en su nombre,
hay flores en su voz.

Tengo la luz y el silencio.
Tengo el tiempo en mi mano.



Todos los Derechos Reservados © 2016 de Rogger Alzamora Quijano

jueves, 13 de octubre de 2016

CERCA DEL MOLDAVA



Van a dar las seis. Nueve amigos bebemos cerveza en el Karlovy tras deambular por la ciudad vieja. Ante el rumor que sin duda viene del Moldava nuestras risas se diluyen. Los colores son fastuosos. Hace sol. Todas las mesas hierven. La multitud está despidiendo el verano. Nuestro inicial dispendio presagia mucha cerveza. Seguramente fumaremos shisha y al final vomitaremos en alguna esquina al filo del amanecer. Yo los despediré a todos en sus trenes y me quedaré sentado todavía un rato más en la estación. Pienso. Mis ojos están sobre el Karluv, pero se han estacionado sobre las orillas del Sena, algunos años atrás. Era un bar como este, contigo y tres amigas y sus novios, todos polacos. Te miraba y tú generosamente me explicabas los chistes. Yo seguía sin entender. Aunque tenías un buen sentido del humor, siempre fuiste incapaz de contar en buena forma los chistes que escuchabas. Tímidas olas pegan sobre la orilla. Mis amigos no oyen mis risas ni parece importarles que me haya disgregado.
Durante mucho tiempo planeamos visitar Praga sin pretextos. Compramos los boletos. Nos habíamos prometido caminar por la ribera del Moldava como lo hiciéramos por las del Sena, con la costumbre de lanzar guijarros igual que en el río de alocada cabellera en nuestros modestos pagos. Horas tras horas tomados de las manos, mirando el discurrir del río y el de la vida. Y ahora estoy frente al Moldava, sin ti aunque feliz y cansado de recorrer la vieja y monumental Praga. Van a dar las seis. Miles de momentos han pasado en apenas ¿un minuto?
Salud, dice alguien y levanta el vaso. Todos acuden, yo también.

Salud, por la indiferencia.
Salud por las traiciones que nos pagamos.
Salud por la ternura que me invade cuando te visualizo sin que nadie lo note.
Salud y sigo riendo mientras brindo en secreto.
Salud por tu cara bonita y llorosa pegada en el vidrio infinitamente cruel del aeropuerto.
Salud por tus caricias que perviven en mi rostro.
Salud por las cicatrices que tatuamos tú en mi alma, yo en la tuya.
Salud por las seis veces que con precisión me mataste.
Salud por la distancia que nos protege a ti de mí y viceversa.
Salud por todas las mañanas de cercanías y desayunos.
Salud por los cielos que volamos sin aviones.
Salud por tu infinita delicadeza.
Salud por el respeto que me guardas, por las veces que en lugar de ofenderme, me defendiste.
Salud porque comprendiste que después de haber amado no es sano el odio, la diatriba ni el cuchillo.
Mis amigos siguen gastando sus risas, yo mis éxodos.
Cerca del Moldava, lejos de ti.


Derechos Reservados Copyright © 2016 de Rogger Alzamora Quijano

miércoles, 7 de septiembre de 2016

EL BASTIDOR



Iba a pintarte. No recuerdo si lo soñé o lo viví. Entre el sueño y la necesidad hay apenas una línea. Tu cara, tus brazos. Tu estampa izada sobre el agobio. Tu encantadora desfachatez. Recuerdo el bastidor. Y los colores. Los pinceles que compraste y yo deseché por insufribles. Te reíste. Y entre el jolgorio y la cocina olvidamos armar el bastidor. El tiempo comenzó a escasear. Un mes corrió velozmente y nos obligó a postergar tu retrato. Inventamos un pretexto y llevamos el bastidor al desván. Las veinte piezas fueron a parar al vecindario del abandono. Y con ellos tu rostro sin cuadrantes, tus brazos sin color ni calor, tus ojos de un imposible negro luminoso, tus manos sin pasión, tu pelo sin carbón. Tuvieron que vagar en los aposentos del moho, la penumbra y el silencio.
Los trazos que imaginé desfallecen en los sepias calendarios. Las briznas del recuerdo languidecen en secreto.
Ha pasado mucho tiempo. Décadas de silencio. La memoria todavía está terminando de engullir los matices de un retrato promisorio. Apenas puedo sentir gratitud por las grandes epopeyas que escribimos juntos, dejando para los zócalos de la memoria el reproche del bastidor desarmado.


Derechos Reservados Copyright © 2016 de  Rogger Alzamora Quijano

domingo, 14 de agosto de 2016

ACTUALIZACIÓN IMPORTANTE

*A LOS LECTORES

Al cabo de 9 años de haber comenzado a publicar los textos a partir de sus manuscritos, ya es tiempo que actualicemos el concepto. A partir de hoy 14 de Agosto de 2016 y hasta el 10 de Marzo de 2017 estamos reemplazando aquellos por los textos (presumiblemente) finales. Unos amigos nos han hecho notar la diferencia entre originales y publicados y no queremos despertar más confusión de la que nuestros versos provocan. Entonces, borraremos (mal que nos pese el subtítulo del blog) los (viejos) borradores y quedarán los versos que recoge nuestro próximo libro compilatorio VERSOS CON VERSOS.
Quizás sean estas las versiones definitivas de cada poema, aunque nunca se sabe.

Gracias.

El autor.

miércoles, 10 de agosto de 2016

EL PARADERO

El tiempo:
El 14 de Agosto de 1983, regresando de colocar flores y conversar con mi madre muerta seis años antes, compré un periódico para aliviar mi largo regreso a casa. Página tras página se leía sobre ataques terroristas y timoratas respuestas del entonces mandatario. Al día siguiente, tenía que ir a Barranco, así que caminé desde la avenida Tacna hasta Plaza San Martín, donde debía tomar la línea 2 de los buses llamados Büssing. Ví que en el paradero inicial, junto al ex-cine Roma, no había ni buses ni colas, así que me puse a leer los periódicos en el quiosco de la esquina. Mi sensación de desazón fue la misma que el día anterior.
Cuando me senté por fin en el amplio bus amarillo, ya tenía la primera línea de mi poema.

El escenario:
El Perú se había ido convirtiendo en un país violento. Desde el 28 de Julio de 1980, don Fernando Belaúnde gobernaba con extrema falta de decisión frente a los peores auspicios que su antecesor, el gobierno militar, dejara a la nación. Era Belaúnde un presidente de escritorio, que prefería las comodidades de su oficina palaciega a los polvorientos escenarios del Perú profundo. andino, mestizo y pobre. Nos agobiaban muchas amenazas: una inflación que entre 1982 y 83 creció del 73% al 125%, gran endeudamiento externo, desempleo del 40%, un furibundo fenómeno El Niño, y episodios dramáticos como el de Lucanamarca, el primer gran paso del Senderismo. Frente a hechos gravísimos el país tuvo que soportar la desafortunada reacción de Belaúnde, quien no pasó de llamar “abigeos” a los crueles terroristas de Sendero.

El poema:
Una semana después, al final de la entrevista que hice al poeta Antonio Cisneros, y mientras me “jalaba” en su volkswagen, le pedí un momento para leerle mi poema y un consejo. “Yo lo dejaría como está”, dijo. Ante mi silencio optó por palmotearme el hombro. “En serio. No es mi poema, pero si lo fuera, yo lo dejaría como está. A mí me gusta”. Entonces lo dejé tal cual. Unos meses después el Instituto Nacional de Cultura de Ancash -que por ese entonces iba a publicar una revista- me pidió colaborar para su número de 1984 y le di tipeado a máquina mi poema. Lo único que reprocharía de aquella edición es que le añadieron signos de puntuación donde no existían. Aquí el facsímil del manuscrito, tal como lo escribí en el Büssing. Y enseguida, el texto de marras.



EL PARADERO

Suena Charles Aznavour en francés no entiendo
su voz cae como un aluvión
nada me conmueve hoy nada
la música cambia el estéreo tose
como mendigo en el atrio de alguna iglesia
que merece mejor “Los Paraguas de Cherburgo”

Todo falta menos los microbuses
deprimentes
como una cafetería perdida en los calendarios
como un emolientero dormido en la madrugada
como el ambulante que huye de los municipales
como la muchacha que busca trabajo de masajista
como los militares en su Bazar Central
como los deudores que no tienen plata

Yo conozco muchos paraderos ninguno como este
que tiene a la tienda de discos enfrente
con la música a todo volumen
o al quiosco de periódicos listo para ser devorado
-tanta masacre-soldados y campesinos- mejor los
deportes- mejor las porno- en todo caso los cómics-
ninguno como este paradero sin solución
para los alcaldes que no pueden reemplazarlo
lástima porque figura en el mapa

Las mujeres charlan Yo me hago el loco
para blandir la Memoria contra el Olvido
se detiene la negra
con sus piernas duras y amenazantes
con sus manos delicadas y sus ojos blancos
con su falda a cuadros
y sus ojos blancos y tiernos
como los de su propio reflejo en la ventana
yo vengo por ella a este paradero

Lima, 15/8/83




DE: VERSOS CON VERSOS Derechos Reservados Copyright © 2000 de  Rogger Alzamora Quijano

viernes, 29 de julio de 2016

FRIDA EN CASA DE DOLORES



Escribe: Rogger Alzamora Quijano


El tren ligero es gratis. Me entero en la “taquilla”. Es un día de suerte, a pesar que para entrar en el gris y breve vagón hay que lucharla. Cuando llego a Xochimilco son las nueve y media, tiempo de sobra para irme caminando con el aire fresco. Veinte minutos después estoy ante la puerta del Museo Dolores Olmedo. Tomo un parasol en la entrada y me voy a recorrer por tercera vez este Museo. El ecléctico entorno se abre a mis ojos. Diego me mira con igual asombro desde su póster gigante en la pared de la capilla. Un paso, dos, y antes del tercero, el libro de Poniatowska, la entrometida revolución que le dio y quitó; Diego, su personalidad inquieta, aparente y selectivamente superficial. Caminar por ese sendero de unos trescientos metros son la necesaria puerta para un mundo que reúne tantos aspectos, tantas preguntas, y por cierto no poco morbo. Caminar implica también irse de bruces contra el garboso plumaje de algún pavo real que parece haber sido destinado a la misión de posar para los fotógrafos, turistas que se asombran tanto con la belleza del animal cuanto con su desparpajo. Por un momento pierdo la pista de la Beloff y la encrucijada de perdonar o no a un Diego que se fue prometiendo el oro y el moro para después enviar mudos sobres con dinero. “Y el amor es más amor cuando se es pobre y oscuro”. Mientras pienso en ello escucho el graznido frecuente de uno y otro lado del inmenso parque que parece esta casa, con retazos de jardines de postal. Y se ve tan apacible como la primera vez que la recorrí hace tres años. Parece un parque kitsch o un campo de golf diseñado por Niklaus. Y Dolores -que de doliente sólo tenía el nombre porque parece fue más afortunada que tú y yo- había llamado La Noria a este refugio que hoy como entonces dispensa alimento para el espíritu.
Por fin me deshago de las simplezas de los turistas a quienes me he ofrecido a fotografiar. Los pavos se siguen cruzando en mi camino mientras discurro hacia el patio posterior bajo una enramada rumorosa. Sobre la izquierda me mira una escultura de Diego. Su cabeza color cemento parece estar viva, de no ser porque yace sobre un pedestal ínfimo. Lo miro. Pienso. Frida, la pequeña gran traductora del espíritu azteca; la enrazada indo-europea que pintaba sus venas, su cerebro, sus sentimientos, su soledad. Intentando “ahogar mis dolores pero aprendiendo a nadar”. Y Diego tan él, tantas veces tan él, soberbio como su cabeza color cemento, sereno como sus ojos lánguidos. En palabras de Frida "jugando a ser el marido de muchas pero sin serlo de nadie". Aquí, en esta medialuna semiobscura, puedo enlazar a las dos mujeres más importantes en la vida de Diego: Lola y Frida. Aquí es inevitable poner a los tres en un mismo cuadro. Aquí encuentro una tibia razón para mis sospechas. Aquí parece tener sentido -y no sé por qué- ese laberinto de idas y venidas que fue la vida de los tres, unidas por un incomprensible amor. He venido a esto. A encontrar un rastro. A discernir.
En casa de Dolores las trazas de arte se multiplican como los tonos de verde. La presencia de Diego se abre por los cuatro senderos, los del Maestro Almendro. Pero está Frida, que reta a Diego la preponderancia en este recinto y en muchos otros. Se respira. Tal vez porque Lola, la noble mecenas de Diego así lo quiso, así lo implantó en su propia vida llena de Diego y a pese a él, sin que le importara nada ni nadie. He terminado de mirar a los ojos a Diego y me dirijo hacia el fondo, un simpático museo de recorrido semicircular y objetos de la cultura azteca o mesoamericana. No me atrapa. Salgo al lado opuesto. Es corto e interesante sí, pero ahora me lleva el camino de la blanca extremidad. Y la dejo llevarme. En la sala que hoy luce vacía había hace tres años un altar de muertos impresionante, que dejaba planear unas moradas cintas hasta casi la puerta. Afuera, en el pasadizo un colorido “árbol de la vida” que ya no está y que me recuerda a Frida “Arbol de la esperanza, mantente firme”. Es Frida. Falta Frida, su estilo. Hoy no está y no lo lamento, anda por Europa, dicen. Con Frida ausente parezco estar definitivamente mejor teledirigido. Trepo hacia la capilla desde cuya cima se balancean los ojos de Diego. No entro a la capilla como no lo hice antes. Y ni sé si está abierta al público. Es cuando el simpático xolo “Chocolate” responde a mi infalible llamado perruno. Corre hacia mí y quiere treparse en el verde cerco. Marcos, su amo se acerca también. Le pregunto acerca de las costumbres de estos xoloitzcuintle tan parecidos a los perros peruanos sin pelo. Me cuenta sus características mientras me deja acariciarlo. Lo ha parado sobre el cerco. “Chocolate” es afortunado, pienso. Él y los demás parecen haberse acostumbrado a la escultura que muestra dos de estos xolos en tamaño natural, porque la mayor parte del tiempo merodean y retozan alrededor.
Cuando yo nací ya Frida había muerto, quizás por eso su nombre siempre me sonó más que otros nombres, pero quizás por eso mismo, el de Diego se convirtió en mi inspiración. Él siguió vivo y cada vez más influyente. Cuando a mi lejano pueblo por suerte llegaba alguna revista o nota periodística acerca del maestro, yo me quedaba mirando las fotografías de sus murales que luego recortaba y pegaba en la especie de periódico mural que tenía enfrente de mi escritorio. Allí estaba Diego junto a mis ídolos: Vallejo, Brel, Machado, Dalí, el Ben Hur de Charlton Heston,Teófilo Cubillas y Perico León.
Alguien me ha preguntado algo y me saca de mis recuerdos. Leo el mensaje de Dolores acerca de compartir lo que se tiene y me voy hacia adentro. Voy a tratar de entender al Diego de mis suspicacias y paso muy rápido la sala de fotografías de Pablo O’Higgins, aunque no deja de conmoverme su versión (que es la mía también) de la cotidianidad pueblerina. La sala dedicada a Angelina Beloff la paso más rápido aún. Quiero gastar más tiempo en lo que me interesa. A vuelo de ave “El Bebedero” llama mi atención. Veo un poco de las piezas arqueológicas mexicanas y casi nada de la sala dedicada a Dolores, ciertamente un muestrario de belleza y opulencia, pero que no me seduce. Alguna señora que no piensa lo mismo es reconvenida por fotografiar o acercarse demasiado.
Debo confesar que no creo que entre Phillips y Diego hubiera un malentendido a causa del desnudo dedicado “A Lola Olmedo”, que fuera devuelto por ella obligada por su marido. Pienso que el malentendido quizá fuese lo que escribió a puño y letra sobre el mismo papel: “Devuelvo esto porque soy convencida de que no fueron ofrecidas de buena fe”. No me parece casual la palabra “soy”. Era ella una latina que tenía muy clara la diferencia entre los verbos ser y estar. ¿Fue ese un señuelo para Diego? Estoy seguro que sí. Era guapa doña Dolores y no tenías que ser difícil para Phillips imaginar algo entre su mujer y Diego, sabiendo además la predilección de Lola por el maestro y su evidente distancia con Frida.
Quedo absorto mirando los óleos de Diego. Su manejo del pincel es magistral, sus trazos que a primera vista parecen simples, son en realidad depuradas muestras de su técnica. Más de 50 obras que recorrí en casi tres horas, hasta que la convicción de aquellos episodios de forma triangular (por lo menos), fueron engullidos por mi avidez de los aspectos técnicos de los cuadros de Diego.
Quizás para la próxima vez deba centrarme en lo que fui a buscar. Por ahora -me digo- caminaré hacia la salida, dejaré el parasol y entraré a la tienda a comprar unos cuantos posa-vasos para mi sala, donde Frida estará presente como no lo estuvo hoy.

Derechos reservados Copyright © 2016 de Rogger Alzamora Quijano

viernes, 1 de julio de 2016

LOS GOCES



Bajo la piedra el otoño.
Encima goce fuego y litera.
Brasas, delirio, rasguño y cansancio.
En el aire
tu altisonante nombre
y la invitación
para ganar en secreto un poco de ficción.

Tu barco marcha.
Me asaltas, cándida impía,
con vehementes acometidas.
Indicios oscuros como tu garganta,
crueles como tus dientes,
tercos como tu pelo sobre mi cara.

Tu desfachatez y mi guitarra,
cantan hipérboles.
Acordes perdones y castigos.
Mis avezados ojos y los tuyos perversos,
danzan ante la muerte inminente.

Bajo la piedra el otoño
Encima tus piernas sabrosas,
tu crudo cuerpo infame.
Fluctuante estrella, aprendiz de mujer.

Mis silencios dominan
la pradera de tu sonrisa marrón,
de tu cuello gacela,
de tus rosados garfios.

Refuto tu nombre
con tosco guitarreo, Cowgirl in the sand.
Dilema de las tres furcias.
Ni te acuso ni te libero.
Eres tal cual, preciosa y nómada,
tenaz e indefensa como una hormiga.
Es mi versión de ti, escueto veneno
en junio moribundo.
Con mi música,
legajo de distorsiones, caos turbulento.
Cada tercio de ti me sugiere
un solo de piel
en mis cuerdas agudas,
cuando piso firmemente
tu vasto firmamento.

Al final, cigarro de por medio,
mi amnesia se atasca en tu regazo.
Y tu memoria carga mi disimulo.
Toco sabihondo tu hombro,
sobre tu ventrículo y tus conmociones.

Por eso el goce sobre el otoño.
Por eso la humedad que te proveo.
Por eso mi fiebre y mi paciencia.
Dos versos en tus mejillas
Dos versos con mi saliva.
Dos trazos en el laberinto de tus huesos,
antes del réquiem de tu sonrisa.

Quedo desperdigado, obsoleto
ante la novicia de veintitantos.
Me alumbran los confines del hotel
y los demás hoteles que tomamos este mes.

Te vas con un adiós sin promesas,
pletórica de cinismo y desidia.
Siniestra, decididamente ajena.
Sobre mi adiós villano.



DE: VERSOS CON VERSOS Derechos Reservados Copyright © 2016  Rogger Alzamora Quijano