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viernes, 10 de mayo de 2013

CAMINANDO CON MAMÁ

Agustina: 36 años después tengo fresca nuestra historia. Déjame contarla ahora.


Agosto en Lima. La temperatura dice que hace un poco más de diez grados, pero la realidad la desmiente. Hace mucho más frío.
Tengo diecisiete años pero hoy no siento frío. Lo que tengo es angustia. Vine muy temprano ansiando abrazarla y la encontré levantada, pálida, adolorida.
La ayudo a alistarse.
Tengo diecisiete, repito. No tengo frío, repito. Tengo angustia, repito, pero además tengo preguntas que martillan mi cabeza y esas no quiero repetirlas. No sirven las dudas existenciales ahora.
Bajamos los casi veinte escalones de madera. La pensión es una casa antigua y mi madre está hospedada aquí desde esta madrugada. Yo estoy alojado más lejos, en Barranco.
Luego del lento descenso, ya estamos en la calle. Casi las siete de la mañana.
Unas cuantas personas nos miran, quizá sin comprender.
Yo tampoco comprendo mucho.
Mamá me pide que le ayude a mantener erguida su cabeza.
La primera estación del vía crucis debe ser la esquina, apenas a diez metros de la puerta de la pensión. Llegamos allí. Nos miramos. Es decir, la miro. Ella trata de no mirarme.
Emprendemos otra vez la travesía.
Voy pegado a ella, tratando de seguir sus instrucciones. Un poco más hacia acá o allá, abajo o arriba, así, allí está bien. Aunque habla serena, siento que mi madre tiembla.
Tengo diecisiete y no pienso en la muerte. Sólo pienso en mi madre, en llevar su cabeza entre mis manos, tratando de mantenerla quieta, absolutamente quieta. Cuando lo logro, ella deja de sufrir.
Pienso en llegar pronto a la siguiente estación. Hasta la esquina, dice ella al notarme cansado. Un poco más, hasta la esquina.
Cuando llegamos a la esquina, veo el reloj: siete y treinta y tres. Media hora para ciento diez metros. Nos faltan otros ochocientos. Miro al cielo, pero no tengo tiempo de suplicar. Debo tomar su cabeza y seguir viviendo aquí, en esta calle, en esta nueva obsesión por la quietud absoluta.
Cuatro horas después estamos frente a la puerta de emergencia del hospital central. Ella y yo empapados en sudor. Puedo ver que sus ojos están mojados, pero ella, al sospecharlo también, dice: qué calor. Y se seca la frente y, soterradamente, las lágrimas.
Yo pienso en los límites del dolor. Me pregunto qué extraña fuerza nutre su valentía.
Y por un instante soy feliz.
Porque si ella es valiente, también yo lo seré.
Pronto su rostro agotado me reclama. Entramos. Un médico va de salida en el larguísimo trecho entre la calle y la puerta de ingreso. Le pregunta algo. Ella responde. Yo veo el traje blanco como si fuera una luz. Le quiero decir algo, pero ya él va de regreso. Ella se limpia el sudor y me dice que esperemos allí mismo.
El médico retorna muy pronto, con una enfermera, un collarín ortopédico y una silla de ruedas. Ella suspira y vuelve a suspirar, mientras la enfermera le coloca el collarín y la ayuda a sentarse.
Mamá me toma del brazo y me da las gracias con la mirada. Ya no tiembla.
Yo también suspiro.
Es cuatro de Agosto. Mamá y yo hablamos de muchas cosas mientras aguardamos por una cama disponible. Alguien nos dice que en otro hospital afiliado la aceptarán. Y nos envían en una ambulancia por todo Lima, buscando aquí o allá la habitación que nos dará sosiego. No hay cupo dice uno, no hay cupo dice otro; el seguro no paga a tiempo, dice otro. Regresamos al hospital central. Está cayendo la tarde.
Quizá reforzado por la valentía que ella me contagia, me despabilo y entro a exigirle -a no sé quién- que encuentre una cama. No sé si lo amenazo, no sé si le imploro. No importa. Él me escucha y promete que en media hora tendremos habitación. Casi una hora después ella ya está instalada en su habitación.
Faltan diez días para tu cumpleaños, le digo. Ella sonríe.
Sí, dice. Ya para eso estaremos en casa.
Y nos iremos al teatro, le digo.
Ella asiente.
Ella sabe que no será así. Yo siento lo que ella sabe.
La miro y ella a mí. Si ella no llora, tampoco yo lo haré. Pero me dan tantas ganas. Ha sido un larguísimo día y todavía no puedo creer que estemos en una habitación del hospital.
Ella me pide que mañana le traiga su tejido. La veo sonreír. Los palitos de tejer vuelan en sus ojos.

DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2013 Rogger Alzamora Quijano

4 comentarios:

  1. Qué bueno que has escrito lo que has escrito ayer en tu blog. Se siente, te siento. Cada oración la tienes súper transparente. Has tenido el honor de tener una Señora madre, pues no se puede explicar de otro modo esa forma especial que tienes de ser y eso es un privilegio, no sucede en todos los casos. Ahora lo puedo ver mejor. Eso impacta en las vidas de las personas y después en sus hijos y en los hijos de sus hijos y así sucesivamente.
    Te sigo admirando, más por lo que llevas en esa mente que tienes y en esa personalidad donde cargas a tu madre definitivamente.
    Nos toca celebrar la vida, por ella y por todas esa madres que ya no están aquí. Te aplaudo Rogger Alzamora.

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    1. El amor de una madre o hacia ella es inasequible. A través del tiempo se siente con mayor profundidad su ausencia física. Sin embargo, para los que mantienen la fe, a pesar de las duras pruebas de la vida... Que sé han sido muchas, ese maravilloso y dulce sentimiento SIEMPRE estará presente, por ello tu madre te llena de bendiciones desde el cielo, y no me refiero a los clichés tan socorridos, sino me apego al significado de FE: CREER SIN VER. En cuanto a tus palabras, inundadas de ternura... Con toda seguridad tengo la certeza de que ni la misma separación física podrá quebrantar ese lazo que existe entre la valentía, la devoción, el temple... Los detalles que conforman esas páginas de tu historia, conseguir para ella hasta un pequeño fruto para demostrarle tu cariño... todo se conjunta en ti; que eres el reflejo de tu madre, así, con todo su resplandor permanece contigo eternamente. Que Dios te llene de bendiciones, y un beso para ella que supere el espacio y el tiempo, por el hijo tan magnífico que dio a luz. Porque el amor hacia una madre, es un amor que es para SIEMPRE.
      P.d. Recuedo las mandarinas...

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  2. Muchas gracias por vuestros comentarios, sentidos y sensibles.Gracias también por los nobles gestos envueltos en dulces palabras y empapados de cariño y generosidad. Finalmente, gracias por recordar conmigo detalles tan personales.

    Un abrazo a quienes corresponda.

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  3. Un tributo a la fortaleza. Homenaje a la valentía de una madre y de un hijo. Vale.

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