Escribe: Rogger Alzamora Quijano
Música: Ludovico Einaudi "OLTREMARE"
Para ti, que viajas buscando siempre una experiencia única.
Llegué al quinto piso en ascensor, dejando para otro día mi costumbre de subir escaleras. Casi arrastraba los pies. Había sido un día larguísimo y con tormenta hasta el filo de la noche. Inserté la tarjeta y entré en el apartamento. Dejé mis zapatos en la entrada, accioné el control remoto para abrir la persiana enrollable anti-huracanes y me dirigí al refrigerador, saqué helados y galletas saladas y me fui a sentar en la terraza. El cielo había quedado limpio. Una hora después y muerto de sueño me metí en la cama. Casi las nueve. Puse el televisor en apagado automático y no supe más.
No sé cuánto tiempo después desperté sobresaltado. El sonido de la música me aplastaba como una pesadilla. Me levanté de un salto y no era en mi propia habitación, como llegué a creer. Era dos apartamentos más allá, quizá en el 2004. Había una celebración con orquesta de bachata en vivo... Lo que me había costado arrastrarme hasta la cama pensando que así terminaba aquél trabajoso día. No pude retomar mi sueño. Di vueltas hasta perder la paciencia y sin siquiera poder mirar la televisión pues el sonido de la orquesta lo inundaba todo. Media hora de divagaciones terminaron en la terraza nuevamente. La vista era espectacular aún con la poca luz que regalaba aquella pequeña porción de luna menguante. Menos de cien metros separaban el condominio Marbella de la orilla del mar. Abajo, en la gran piscina, se podía ver chapotear a unos cuantos niños y sus padres. Me quedé viendo la inmensidad de aquél mar de preciosos arrecifes y nula agresividad. Juan Dolio es el paraíso. Ni tan bullicioso como Boca Chica, ni demasiado sofisticado como Punta Cana. De pronto la música cesó. Miré el reloj: exactamente la medianoche. Sentí desfilar a los músicos, y poco a poco también a la gente. No recordaba haber oído alguna recomendación al respecto de parte de Monsieur Laurent, dueño del apartamento que la editora había rentado para mí, pero me sentí finalmente respetado.
Me disponía a regresar al dormitorio cuando vino a mi mente un pequeño relato de Hemingway en un librito azul del cual no recuerdo el nombre -tenía que ver con su vida y experiencias, la revista Sur y Victoria Ocampo- (libro que perdí o me robaron). Allí, el escritor narraba un increíble amanecer en una playa cubana. Encendí la lámpara. Estaba precisamente en el Caribe y me quedaba apenas una última noche. Al día siguiente tendría que gastar mi tiempo en alistar mi equipaje de retorno, desayunar e ir al aeropuerto. Busqué mi fiel Rulfo de casi doscientos cincuenta páginas y abrigado para la madrugada me senté a leer y esperar. Poco después los niños y sus familias abandonaban la piscina envueltos en toallas multicolores.
Al filo de las cuatro decidí concentrarme en el horizonte. Por un momento pensé bajar hasta la playa, tan cercana como blanquísima, pero preferí quedarme donde estaba. Necesitaba sentirme menos insignificante frente a la inmensa penumbra y el rumor del mar.
De pronto la moribunda oscuridad del cielo se encendió dando paso a un fulgor levísimo de un verde increíble, inenarrable, que latió sobre la línea del mar y se fue difuminando conforme se expandía en el cielo. Las tonalidades se mezclaron rápidamente con el celeste pero ya el verde absoluto había quedado absorbido para siempre por mis pupilas. Apareció la claridad y se extendió hasta cubrirlo todo.
Fue breve pero magnífico. Quedé perturbado, hipnotizado y preso de aquél color único, irrepetible para mí, como estoy seguro lo fue para Ernest Hemingway.
De: Cuadernos Imcompletos © 2010
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1 comentarios:
Que maravillosa descripción has realizado, sí bien fue al inicio incomodo volver del sueño; el haber tenido el privilegio de observar ese amanecer con esa tonalidad que se torno vasta, infinita...TOTAL.
Siempre va a existir ahí, en ese lugar...
Y por supuesto en ti. Que ya sabes donde esta.
Estoy completamente conmovida.
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