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lunes, 20 de marzo de 2017

SERPIENTES DE BARRO


Escribe: Rogger Alzamora Quijano


Hoy veinte de marzo se anuncia el equinoccio de otoño en el hemisferio sur. En Perú casi nadie se da cuenta de este cambio. Hay muchas cosas que ver, sentir, reclamar, sufrir. Y también brindar, ayudar, compartir.
Una nota de Agence France-Presse me ha dictado el título de este post. Desde hace varios días nos encontramos —unos más, otros menos— trepados sobre una mesa que tiene cuatro apocalípticas patas: caos, desesperación, angustia e impotencia. Quisiéramos tener algo más que la explicación de la ira de Dios para nuestras preguntas más obvias, pero una vendría tras otra y terminaríamos perdiendo la fe o gritando plegarias para que Dios calme su ira. Pero en ningún caso reconoceríamos nuestros errores ni haríamos autocrítica oportuna.
La gente de menos recursos sufre en mayor escala la furia de la naturaleza. Todos exponen sus argumentos para explicar o tratar de explicar qué los lleva a establecerse en zonas de riesgo. Han sentado sus reales en los senderos favoritos de las serpientes de barro. Unas razones son sociales y económicas (de esas hay bastante y muchas de ellas no son coherentes. Ni siquiera la mayoría es de pobreza extrema. Muchos construyen verdaderos edificios aprovechando los bajos precios de los terrenos). Otras culturales (pese a las advertencias las personas no quieren ser re-ubicadas, porque allí vivieron sus abuelos o sienten una especial afinidad con el lugar, porque construyeron sus casas con sus propias manos, etc). Pero las razones políticas son las peores. Y suceden con todos los gobiernos. Municipal, regional o central. Todos ganan votos ofreciendo títulos gratuitos de propiedad, sin importar si se encuentran en quebradas por donde las serpientes de barro en algún momento bajarán trayendo muerte y destrucción. Y cuando eso pasa, como ahora, todos se culpan, se tiran la pelota, se soplan la pluma. Y allí, en la desgracia de los más pobres cultivan sus riquezas los más ricos. A partir de mañana, aprovechando el estado de emergencia, los mercaderes del dolor, como siempre sacarán provecho del caos. ¿Y los pobres? Por necesidad, desidia o terquedad, volverán a sus predios a retirar los escombros. Y esperarán, otra vez temerariamente, que un día la naturaleza o la ira de Dios, convoquen a las serpientes de barro a otro ciclo de desgracias que repetirán las mismas variables (que nunca varían): sociales, económicas, culturales y políticas.
Y los gobiernos, mientras tanto, en complicidad con los traficantes de tierras, seguirán timando a los pobres, con el cuento del título de propiedad, que en realidad no es otra cosa que el interés de las autoridades por incorporarlos a las listas de contribuyentes, así no les ofrezcan ningún servicio. Así no les brinden la mínima seguridad para sus vidas.

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