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viernes, 9 de diciembre de 2016

HORA DEL RELOJ



Unos meses antes de morir mamá resolvió acompañarme durante el primer tramo de mi viaje hacia Lima. Se habían terminado mis vacaciones. Era la última semana de noviembre. Debía regresar a prepararme para intentar ingresar a la escuela de oficiales de las Fuerzas Armadas. Era el sueño de ella. Yo estaba deslumbrado. No era para menos. Tenía dieciséis y provenía de un colegio fiscal provinciano.
Llegamos a Huaraz al filo del mediodía. Por entonces la capital de Ancash se recuperaba acelerada y desordenadamente de los estragos del terremoto del setenta. Apenas habían pasado seis años. La efervescencia bullía por todas partes. Nos bajamos del carro y fuimos caminando con mi maletín hacia la agencia de autobuses a Lima. Debía partir a la una y media y mamá regresaría a Aija al día siguiente.
Camino al hotel Raimondi ella se detuvo en Sotomayor y Cía., una mediana tienda atestada de escaparates, mostradores y fotografías del Huascarán. Yo y mi maletín no cabíamos dentro, así que no entré. Luego de casi media hora salió con un pequeño paquete. Unas cuadras más adelante nos sentamos a almorzar en un restaurante. Mientras esperábamos, ella desplegó la envoltura y extrajo de la caja un reluciente reloj Tissot automático, de esfera y correa azules y caja gris. Me dijo que era mi regalo por Navidad y por todas las celebraciones que no tuve. Tomó mi muñeca y cuidadosamente ajustó el reloj. Yo estaba tan emocionado mirando mi primer reloj, hermoso por su sencillez pero indudablemente refinado y azul. Recuerdo haber admirado la exquisitez de su estampa, aunque yo no sabía de relojes y menos de marcas. También recuerdo que me causó curiosidad la marca con doble ese y dos tes. Pasaron meses antes que descubriera su ralea suiza y años para saber lo que ello implicaba en el mundo de la precisión. En ese momento apenas atiné a besar a mi madre y darle las gracias. Ella no me dio pistas acerca del hercúleo esfuerzo que le significó traer aquél reloj hasta mis manos.
Viajé, llegué, pasaron varios días en los que apenas me lo quitaba cuando me metía en la ducha, pero inmediatamente después lo devolvía a su posición. Allí se quedaba las veinticuatro horas. Hasta que mi padrino me preguntó si alguna vez había hecho el intento de quitarme el reloj, a lo que asentí con no poco azoro. Ahí me lo quité. Mamá murió pocos meses después, mirándome a los ojos y vaciando sobre mi cabeza un torrente de bendiciones que comenzaron a dar frutos cuando fui rechazado en el último examen para ingresar a la carrera militar. Mi vara nunca llegó.

La vida, el mar.
Los minutos, las olas.
La vida es de momentos,
de trozos, de sorbos.
No hay más recurso
que sembrar en la memoria
y labrar los recuerdos.
Cada día.

Comencé a trabajar en mi propio desarrollo. Posé y me engañé con banalidades propias de mi estupidez. Fui de aquí allá con tanta suerte que no me perdí. Pasaron muchas cosas. Mi padrino me pidió prestado el reloj y se lo di de buena gana. Lo tuvo por más de un año. Pese a que las cosas no me iban bien, tampoco era para decir que iban mal. Excepto cuando un treinta de agosto un seudo feligrés dejó mi muñeca izquierda vacía y solitaria tras una magistral y silenciosa extirpación de mi reloj, única traza tangible de mi madre. Me quedé perplejo mirando al bicho alejarse entre la multitud que pugnaba por echar sus cartas en el pozo de Santa Rosa de Lima.

Sin saber que iba regresé.
Sin tiempo y sin fe.
Por las noches enmohecía
y de día el desconcierto me dominaba.
Aprendí a vivir a golpes,
como debe darse en estos casos
en que la vida te cobra
sus cuotas por adelantado.

Por veintinueve años mi muñeca me dolió sin tregua. Más en los noviembres y agostos, porque coincidían con mis fríos subterráneos, inaccesibles, eternos.
No iba a permitir que se cumplieran los treinta. Decidí ponerle una prótesis a mi memoria recurrentemente áspera, de culpas y arrepentimientos. Busqué planificada y serenamente un reloj de la misma casa helvética y que tuviera similares características. Ya no estamos en los ochenta y por tanto no iba a pretender comprar un modelo igual. Había llegado la hora del reloj. Por fin encontré uno azul con gris metálico, correa azul de cuero, suizo, señero y hermoso como aquél. Apenas lo vi me llené de júbilo. No por la moda, no por la marca ni lo que le concierne. Sino porque significaba recuperar el más importante regalo de mamá. El más importante porque fue el primero y el último. Ya sé que he tardado mucho, quiero pensar que fue porque no estaba listo para entender el significado de aquél gesto el año setenta y seis, a la hora nona de su vida. Por fin lo comprendí. Gracias por el invaluable mensaje, mamá. Simbolizaba tu propia vigencia, tu esfuerzo, tu lucha, tu triunfo frente al tiempo y a cualquier sinónimo de la palabra imposible.

Tengo el sello de su raza,
tengo la magia de sus ojos.
Hay música en su nombre,
hay flores en su voz.

Tengo la luz y el silencio.
Tengo el tiempo en mi mano.



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