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viernes, 28 de junio de 2013

POZO DE LOS DESEOS



Que la memoria alumbre como un sol tu soledad.
Que siempre recuerdes a quien mejor te quiere.
Que comprendas que hay muchas formas de ser, estar y existir.
Que sigas luchando por lo que has perdido.
Que puedas irte por la ventana, si la puerta te fue negada.
Que sigas buscando la perfección, aun sabiendo que no existe.
Que no te arrepientas, equivocarse es parte del proceso.
Que no desdeñes esa parte de tu vida de triunfos sin par.

Que nadie te imponga sus principios.
Que no se borre tu alegría.
Que nada sobrepase tus sueños.
Que nunca seas lo que no quieres.
Que vivas sin miedos ni silencios.

Hay quien te quiere así.





DE: BITÁCORA DE LA FELICIDAD Copyright © 2013 de Rogger Alzamora Quijano

martes, 25 de junio de 2013

AMOR PAGANO (fragmento, 2da. entrega)

- Si me rechazan, haré taxi otra vez.

Hacer taxi significaba trabajar de noche. Volver a hipotecar su autoestima. Transigir. Las noches limeñas eran patéticas: putas, ladrones, indigentes. Drogas, abusos, oscuridad. No hacer ascos si querías ganar dinero. Ningún lugar está vedado. Ningún pasajero es inelegible o sospechoso. Lugares casi cósmicos, territorios de nadie, calles amenazantes. Soledad y abandono -Lizz Wright llegó desde algún lado de la casa: Hit the ground. Mara estaba siendo feliz a todo volumen-. Hacer taxi era dormirse en el auto de dos a cuatro de la madrugada en la puerta del motel de la avenida Arenales. Oír en Radioprogramas a los insomnes. Despertar para irse a los terminales de buses, donde malhumorados pasajeros desembarcan somnolientos y regatean hasta los confines. Pelearse con los demás taxistas por una moneda. Cargar y descargar apestosos bultos. Soportar la mierda misma. Hacer taxi era jugarse la vida por las mañanas, tratando de ganarle al tiempo. Entrar contra el tráfico, pasarse la luz roja, cruzar temerariamente las esquinas. Al todo o nada. Ser taxista en Lima es liarse a golpes con todo y con todos, con el único afán de ganar dinero y salir vivo. Buscar siempre entre las sombras pasajeros casi ocultos. Percibir a la distancia a los delincuentes que tratan de abordar con malas mañas. Rezar para no regresar sin pasajero después de un largo servicio, reprocharse el no haber esperado suficiente cuando el taxi de atrás logra hacerse del que habría sido tu pasajero. Hacer taxi era llegar pasadas las ocho de la mañana y tener que aguantar al compañero que por culpa tuya saldrá tarde. Hacer taxi era regresar exhausto y dormitando en el autobús, sin siquiera poderse laxar. Entrar a casa y no encontrar a Mara, sino los restos de un café bebido entre el adormecimiento, la premura y el desasosiego.
Que le aceptaran el manuscrito significaba no sólo la calma, sino el regreso desde la pesadilla. La mano que le quitaría el arma que ya le apuntaba a la cabeza. Que le aceptaran el manuscrito sería comenzar a cumplir sus promesas. Todas. Ya no más escapes ni exilios. El manuscrito era la llave de su creatividad. Miles de proyectos atascados en su mente irían pasando al papel. Así lo vio desde todos los estados de ánimo. Mara le había pedido que lo hicieran ambos, sin Lucas ni Alfredo, ni el Chuncho -esos son capaces de robarte al paso los manuscritos. Son del mismo club que el miserable ladrón de Cosme San Juan-. Mara podía ser todo lo ruda y despiadada con quien lo merecía.
Mara no era bella, ciertamente no era bella. Sus rasgos eran rectos, estilizados, firmes. No, no era bella para los parámetros de la belleza convencional; empero para Bruno Mara era mucho más que bella. Tenía un magnetismo único, que se podía percibir a la distancia. Sus gruesas cejas le daban un aire geométrico, que iba perfectamente con sus lentes. Sus ojos negros dejaban ver su insoslayable sinceridad. De tez mestiza, era delgada, piernilarga como un zancudo, busto pequeño, manos grandes, cabello lacio y tenía acuñada una sutil sonrisa que servía para desarmar a cualquiera.
Bruno y Mara se habían pasado corrigiendo largos fines de semana. Estaban seguros que el texto estaba en su punto. No le importaba el acuerdo monetario. Le daba lo mismo si fuera cien, diez o mil. Le importaba más el impulso que le daría a su vida, porque ya tendría, por fin, el otro plato de la balanza. Publicar le daría el tiempo que no había tenido para (solamente) escribir. Además de gratos momentos en la terraza, en plena meditación y disfrute de la música, mientras tramaba alguna historia; el orgullo tácito de Mara. Por fin podría ella ver al Bruno que conoció durante la premiación en el patio de letras de la Universidad ¿Ya ves? Bruno superó todo un complot, les diría Mara a sus amigos sociólogos y bibliotecólogos que no habían creído del todo en su buen ojo.

- No pienses hacer taxi. Cree en ti. Ese es tu problema, no crees en tus capacidades. Además, no me gusta que trabajes de noche. No me gusta que hagas taxi.

Mara sacudió su pelo húmedo y colocó su consabida mueca en el espacio. Bruno sabía lo que eso quería decir. Sus dientes, sus ojos, sus gestos. Era terca, no entendía de amenazas ni desplantes. Así era Mara.
El sol iba apareciendo cuando Bruno le hizo adiós antes de que ella trepara en el bus. Le dio rabia ver a su mujer en ese sórdido coloso rodante, donde se agolpaban mañosos, ladrones y ventajistas. Excepto aquél viejo escarabajo -a comienzos de los noventa- nunca habían tenido auto. Veinte años después seguían en la lucha diaria por subsistir, siempre cabalgados sobre la incertidumbre. Mara no le corría al trabajo. Desde anfitriona de eventos internacionales -aprovechando su dominio de tres idiomas-, bibliotecóloga asistente y, por cierto, socióloga. Viendo la austera vida que llevaban en su departamento alquilado, se podría decir que no habían progresado mucho. Seguían casi como al principio.
Para Bruno la vida había sido una rueda gigante que le había pasado por encima.

DE: AMOR PAGANO Copyright © Rogger Alzamora Quijano (AMOR PAGANO ©)

domingo, 23 de junio de 2013

AMOR PAGANO (fragmento)

Había sido un largo día, tan largo que parecía iba durar el resto de su vida. Se estaba yendo al carajo. No solamente le habían rechazado el manuscrito, le habían tirado la puerta en las narices ¿Alguien se habría entrometido? Lucas quizá. Tal vez Alfredo. Había una veintena de posibilidades. Mequetrefes, seudoescritores que habían cerrado un círculo fáctico. Al estilo de un cártel, o como los políticos basura, que sólo buscan la comodidad encerrados en un círculo de poder. En los últimos quince años cada uno de ellos había publicado al menos tres libros y se habían repartido casi todos los premios literarios del país. Sin embargo, ninguno había tenido trascendencia. Se trataba de puros lugares comunes. Sus estilos llenos de retórica barata, como los discursos de los políticos. Puros libros deschables. Cero sustancia. Mara se hacía la boba, pero lo que estaba era realmente furiosa. No parecía enterarse hasta que explotaba. Eso Bruno lo sabía de memoria. Ya no faltaba nada.

Y sucedió. Dio su perorata como si Bruno estuviera viviendo sus vacaciones. Para ella no parecía pasar de una mala noticia. Para Bruno, sin embargo, era un torrente de todos los miedos juntos. La derrota, la vergüenza, la ruina moral, la inseguridad, el desprecio por sí mismo, el abandono, la autodestrucción. Latidos mortales que acababan con su voluntad. Mara parecía dormir, quedita y casi imperceptible. Pero no estaba durmiendo. Mara lo estaba viendo escribir y romper. Arrojar a la basura un papel atestado de esperanza. Un sueño más, otro intento. Lo veía enjaulado primero en su terquedad y luego en la desazón. A pesar de eso seguía regalándole su inquebrantable amor, su sonrisa única y sus dedos de nube.
El penúltimo capítulo había comenzado. Fin de las gollerías, le había dicho Mara. A ponerse el overol. No puedes esperar por siempre. Una tormenta giró en el estómago de Bruno. Perdedor de mil combates, soldado de antemano vencido. Cada vez que arrojaba sus escritos sentía la náusea violenta que lo mandaba al infierno. Y Mara siempre allí, con sus vapores aromáticos, su lencería, sus caricias celestiales.

Después de la tormenta, Mara finalizaba con la ternura que trataba de apocar los, cada vez más frecuentes, cíclicos reproches de Mara. Quería cubrir las heridas con las fragancias propias de una diosa que Bruno sabía que no podría, ni quería rechazar.

- Hasta mañana, tengo que levantarme temprano- había dicho Mara ¿Hacía cuánto? Quizá horas.

Podía imaginarla con la boca seca, perdida en un limbo entre el sueño y la pesadilla.

Por la mañana Bruno se levantó con dolor de cintura. Había dormido muy mal. Casi las seis y apenas la claridad se hacía un lugar. Escuchó el chorro de la ducha. Tendría que ir preparando el desayuno. Jugo de betarragas y naranjas. Café caliente y jamón con huevos revueltos.

Cuando se encontraba rompiendo un huevo, la mojada y vaporosa mano de Mara lo jaló hacia el beso. Largo y reparador.

- Buenos días, mi amor.

Bruno fijó el alfiler de su mirada en los ojos de Mara:

- La próxima vez que me presiones de esa forma insultante, me largo de acá -le dijo, sereno y calmado.

Mara le secó con el pulgar la cara que sus cabellos habían mojado y lo quedó mirando.

- ¿Me estás amenazando?

Bruno le corrigió la posición de su rostro, para que lo recordara siempre:

- Sí.

- Bien -respondió Mara, sabiendo la magnitud de esas palabras.

La tetera silbó su melodía. Se despabilaron y abrazados recorrieron el retorno. Las tacitas azules estaban listas. Los largos vasos de extracto, el azucarero y los panes. Había que disfrutar.
El desayuno fue todo miradas, todo silencio. Se establecía entre ellos una vez más un implícito acuerdo: la paz. Al final, cuando los pensamientos habían sido colocados detrás de las miradas, Mara tomó su mano, le alcanzó su dulzona mirada.

- ¿Irás a entregar ese manuscrito?
- Sí.
- Cree en ti mismo Bruno. Eres muy bueno escribiendo.
- Basta Mara, no quiero más sí se puede, por favor. Acabo de decírtelo pero ya te salió la amenaza por el otro oído. Yo no puedo ni quiero vivir acorralado. Detesto la presión.

Mara lo acarició largamente antes de irse.


FRAGMENTO DE: AMOR PAGANO Copyright © Rogger Alzamora Quijano (AMOR PAGANO) ©

jueves, 20 de junio de 2013

TAXI


Un frío súbito trepó hacia su garganta. Comenzó a temblar. Se incorporó mientras sus entrañas se le escapaban entre las manos. La gente lo siguió. Él pensó por un momento que tal vez estaba soñando, porque sólo en los sueños pueden las gentes verlo a uno caminar mientras se va muriendo.

- ¡Taxi!.. – gritó-. A un hospital, por favor.

El taxista lo miró. Iba a partir, cuando se dio cuenta de que manaba abundante sangre. Frenó en seco.

- Bájese- le dijo.

- Ya manché el auto – dijo él.

- ¡Bájese!

- Le daré mis zapatos, son nuevos y muy caros. Es lo único que tengo, todo lo demás me lo robaron- balbuceó.

- Démelos de una vez – lo apuró el taxista.



DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2012 Rogger Alzamora Quijano

NELSON, EL MARISCAL




Antes de salir, Nelson, El Mariscal, encargó al Doctor Miranda su atado con efectos personales y le pagó por adelantado. Su gabán negro se batía al viento. Nelson, El Mariscal, era alto, muy delgado, de larga cabellera y barba de año y medio. La claridad del día no le daba seguridad, pero esta vez no le importaría la impertinencia del sol.
- Nelsito, cariño -Betty, todavía estaba trabajando a esas horas.
- ¿No hay para el pan, preciosa?
- No he comido desde ayer ¿Adónde vas tan elegante?
- A casarme –dijo Nelson, El Mariscal, con voz solemne.
- Dijiste que te ibas a casar conmigo.
- Te prometo que le seré infiel. La engañaré contigo.
- Eres lindo. El más bello de mis amantes –Betty le sopló un beso desde su mano y le dedicó su mejor sonrisa.
Nelson, El Mariscal, le alcanzó un billete.
- Vete a casa.
Siguió su camino. Ningún rostro pacífico y ninguno confiable. La gente sana se extinguió el siglo pasado, pensó Nelson, El Mariscal. Llegó a la esquina de la iglesia y vio durmiendo sobre cartones a Felipe de Austria. Siguió caminando. Tomó la calle Normandía. Atravesó sin ascos los contenedores donde cada día se procuraba comida. No Nelson, hoy no. Hoy es un día de celebración.
- Nelson, El Mariscal, ¿qué te trae por Normandía? ¿Adónde vas?
Era Mosquito, el “dueño” de esa calle.
- A casarme.
- ¿No me invitas a la ceremonia?
- Cuida tu burdel y deja de joder.
Horas después, Nelson, El Mariscal, desembarcaba en la gran Avenida del Sur, su destino final. Casas hermosas, elegantes, costosas. Un enjambre de escolares salía del colegio. Chicos y chicas de uniforme gris, azul y blanco y corbatas rojas.
Nelson, El Mariscal, no evitó la colisión.
- ¡Mira, es Rasputín!!
Alguien tiró de su gabán. Una negra nube de buitres. Nelson, El Mariscal, siguió caminando. Le pareció que se le descoyuntaban los hombros, de tanto sopapo que le habían propinado.
Una voz de niña lo acusó ante su chofer:
- ¡Cuidado! ¡Es un loco peligroso!
El hombre, vestido de uniforme azul, lo ignoró. Nelson, El Mariscal le trató de decir que no, con la mirada. El bólido salió disparado. Los demás curiosos lo miraron entre asqueados y temerosos; siempre de lejos, guardando la prudente distancia que se debe guardar de los locos.
- Es guapo, -dijo una mujer a su amiga –un buen baño y me lo llevo.
La otra lo miró y sonrió.
Aunque burlón, el comentario era un gran regalo para ese día tan importante. Nelson, El Mariscal, encontró un parque verde y amplio, con unos pocos niños a quienes sus madres o nanas rescataron inmediatamente. Nelson, El Mariscal, los miró tratando de mostrarse amigable, pero sin conseguirlo.
Se sentó en una banca, destapó lentamente la botella, bebió tres grandes sorbos y se dispuso a esperar que lo envolvieran las definitivas sombras.

DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2013 Rogger Alzamora Quijano


miércoles, 19 de junio de 2013

SUEÑOS SON





despertar antes y dormir
después de abrigarte,
cerrar las puertas,
apagar las luces;
alistar el desayuno, las frutas,
el café caricia;
acompañarte,
cruzar las calles,
verte ir,
hacerte adiós,
ver la nieve en tus huellas,
y el olvido acechando.

la caliente comida,
tus nobles causas,
los paisajes matutinos,
sonámbulo sin tus brazos,
sin reír de nuestros miedos.

buscar colores
para la morada,
colocar flores,
calentar proyectos
en la estufa imposible.
Olvidar los pactos.

abrazarnos con y sin abrigo,
aferrarnos al sino esquivo.

y después
¿qué tenemos?
la sentencia de Calderón de la Barca.




DE: BITÁCORA DE LA FELICIDAD Copyright © 2013 de Rogger Alzamora Quijano

lunes, 17 de junio de 2013

DISQUISICIONES DE MARGARITA



Me quiere cuando lame las heridas, sufre ausencias, remienda desgarros.
No me quiere cuando insulta, tira mi nombre a la ciénaga, malversa mis atenciones.
Me quiere cuando abraza y me mira, cuando se ríe ante mis ojos, cuando corre en la arena, camina conmigo y no desanima.
No me quiere cuando anega mi nombre en el desprestigio.
Me quiere con cada gesto de nobleza, con su esfuerzo por tenerme cerca, sus intentos por agradarme, su canto al teléfono.
No me quiere con sus venganzas y enconos, cuando elige herir en vez de curar.
Me quiere con su vida simple, su mano sobre mi mano, manjares para mi amargura.
No me quiere con su precaria lealtad, sus infamias, su abandono inmediato.

Me quiere cuando comprende y escucha.
No me quiere cuando juzga y sentencia.
Me quiere cuando me mira y me tiene.
No me quiere cuando me olvida por muy poco.
Me quiere humilde.
No me quiere obcecada.
Me quiere sobre el techo del mundo.
No me quiere bajo la infamia.
Me quiere cuando regala el milagro.
No me quiere cuando lo malgasta.

La quiero desde que escuché su nombre.
No la quiero hoy que me humilla con su silencio.
La quiero porque sé que me quiere.
No la quiero cuando dice que me odia y lo sostiene.
La quiero cuando me vence con su mirada.
No la quiero cuando odia, porque mata todo lo que creó.
La quiero siempre.
A veces no puedo quererla.




De: BITÁCORA DE LA FELICIDAD Copyright © 2013 de Rogger Alzamora Quijano


domingo, 16 de junio de 2013

LA FELICIDAD NO ES REDONDA



- ¿Cómo es que nunca lo supe?

Mi amigo Fabián tragó saliva. Sus ojos intentaron escapar. Noté un leve temblor en sus manos, mientras trituraba las migas de pan en la terraza de aquél elegante lugar que casi planeaba sobre el mar.

Todo comenzó en mi auto. En la radio sonó la voz de Varela. Yo me puse a cantar. Fabián volteó hacia la ventana. Yo intuí que estaba recordando a aquella bellísima muchacha de ojos color tierra, el amor de su vida, a quien –según yo sabía- él había abandonado. Un poco de ironía me bastó para desatar en mi amigo la tormenta.
Interrumpió abruptamente su conversación, puedo asegurar que para encerrar su llanto.
Ya en la terraza, cafés de por medio, Fabián siguió taciturno, mirando el amplio mar de Lima. La vista era espléndida, pero yo no la podía gozar plenamente porque allí mismo, en el mismo cuadro, en el mismo paisaje, mi amigo se desangraba. Parecía buscar algo en la lejanía, en la profundidad de las grises aguas. Las migajas saltaban de sus dedos.

- Mil años. Han pasado mil años –dijo-. No es que me haya puesto a contarlos. Sólo que para mí el primer día, la primera noche de total desvelo y angustia fue como mil años de todas las muertes juntas. El tiempo que vino después sólo fue acumulándose sobre esos mil años.

- Lamento habértelo dicho. Hubiera preferido… habría sido mejor que te quedaras sin saberlo– dije yo, a modo de arrepentimiento por haber dejado suelta la lengua- Ya para qué.

- Pues sí, habría sido mejor. Ya me había acostumbrado a la historia oficial, la que se contó a los cuatro vientos y todos la dieron por cierta. Yo también. Acuñé esa mentira en mi cerebro. Me acostumbré a sentirme culpable. Me convencí de que la inmolación había sido la mejor decisión. Mejor que amar y sufrir, extrañar y añorar, soñar, y no poder tener ni tocar.

Fabián se quedó mirando el mar. Su inmensidad lo fue envolviendo. Yo quedé en silencio, viendo el inminente retorno de mi amigo desde el pasado.
Todos sabíamos de su sacrificio. Todos de su infinito dolor. Pero no todos sabíamos que aquella mujer los desairó. Era bellísima, pensé. Fabián lo sabía. Era bellísima, recordé. No han pasado mil años como él dice, pero sí varios. Cinco o seis. Suficientes para olvidar, para renunciar, para continuar.
Era bellísima, pero no logró ser preciosa, concluí. Mi percepción acerca de los hechos cambiará. Ella no había esperado a que Fabián terminará de irse, para traicionarlo. Era bellísima. Nunca se me habia dado por hacer un juicio sobre ella. Ahora una opinión cincelaba repetidamente. Ella sabía que era bellísima. Buscó y encontró el arrullo en otros territorios menos sinceros, menos profundos… pero inmediatos. Echó sus anclas y olvidó.

Fabián dejó de mirar el mar, para mirarse él.

- La felicidad no es redonda– dijo.



DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2013 Rogger Alzamora Quijano


martes, 4 de junio de 2013

COMO NOCTILUCAS EN LA NOCHE MARINA


Todavía vemos el brillo de las estrellas muertas hace mil años.
Todavía algún lejano verano trae sonrisas nostalgia.
O nace una rosa centella y su encanto aplasta las sombras.

¡Quién sabe de brillos reales o milagros tangibles!
Quizá el mar paraíso lleva tormentas, duele y castiga,
pero es el mismo mar donde nadan los sueños.
El mismo mar donde resuenan las límpidas risas,
donde duermen la ofrenda, el sacrificio y el futuro,
donde refulge el honor de los valientes.

Hay de todo en el mar sin calma.
Brillos de paz y de muerte.
Son como noctilucas en la noche marina.

Viven y se apagan los días esperanza,
reverberan y luego se calcinan.

Como noctilucas en la noche marina.



DE: BITÁCORA DE LA FELICIDAD Copyright © 2013 de Rogger Alzamora Quijano

domingo, 2 de junio de 2013

LAGO NEGRO




Hace menos de un año yo visité ese mismo pueblo, en la sierra del Perú. Pequeño, hermoso, casi vacío de gentes pero lleno de cultura e historia. La semana pasada, mientras revisaba el periódico, mis ojos se detuvieron en una crónica y en la foto del mismo Lago Negro que yo conozco.

Entre el pueblo y la montaña hay apenas un par de kilómetros. Tal vez un poco más. La cuesta no es pronunciada. Saliendo por el lado oeste de la ciudad uno se topa con el Lago Negro, junto al camposanto. Es un lugar solitario, donde el aire frío sopla inclemente en toda época, según me dijeron. Un lugar donde ni en su cenit el sol logra calentar una pizca.

La crónica cuenta que una princesa y un modesto amauta caminaron hasta la cumbre de la montaña para aprovechar la que quizá sería la única oportunidad de sellar su amor. Ante las miradas protectoras y cómplices del sol, el viento, las montañas y los espíritus de los gentiles, decidieron unirse en unas nupcias muy originales y sinceras. Aquella brillante mañana, la princesa olvidó su solitaria vida -de rígida disciplina establecida por el curaca, su padre-. También habló de sus sueños, tan modestos como el de cualquier doncella: amar, tener hijos, ser feliz. Y se casaron, como una forma implícita de pertenecerse, más que como un ritual o formalidad. Algo muy suyo, algo que significara la celebración de un amor único, total y definitivo. Hicieron sus alianzas con los ichus frescos de la puna y brindaron con agua de la lluvia empozada en la roca. Luego treparon hasta la luna (de miel) mientras descubrían allá, sobre la línea del poniente, un futuro de preciosos colores y repleto de esperanzas. Antes de despedirse, se juraron fidelidad hasta la muerte.

Sin embargo, un día en que la soledad la aplastó además con ausencia, la princesa decidió tener un marido que estuviese siempre cerca. Se casó y se entregó de inmediato a aquél, y cambió sus promesas por la prontitud y la cercanía.
El amauta resistió inquebrantable el desaire.

Mucho tiempo después, la princesa y el amauta se encontraron junto al Lago Negro. Según versiones que el cronista ha recogido -y que parece explicarlo todo- se dice que allí fueron vistos por última vez. Y que mientras se miraban a los ojos, de pronto, en un instante desaparecieron. No se supo más de ellos. El escándalo cundió entre sus familias, como es de suponer en un pueblo pequeño. Y aunque el marido de la princesa usó con furia todo su poder, jamás encontró sus rastros, y años después murió sin haber saciado su venganza.

El Lago Negro se había tragado a los amantes -eso dicen y eso parece- y oscurecido sus aguas para que en sus profundidades pudieran cumplir sus promesas sin jamás ser descubiertos. Hay quienes aseguran que por las noches se pueden escuchar risas y voces de niños, en una fiesta constante de familias felices.

Desde entonces, el Lago Negro es el mundo donde viven los amantes que en vida no pudieron juntarse.

DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2013 Rogger Alzamora Quijano