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miércoles, 24 de julio de 2013

LA CARTA ESCONDIDA


Este es el último aliento de esta historia. Todavía se me critica el haber retenido la respuesta que Facundo había escrito para Flor. El día que me entregó la carta, el aspecto demacrado de mi amigo ya tenía un halo que a mí me pareció dignidad. Tal vez por eso decidí protegerlo de sus propias palabras.
- No pude resistirme a escribirle -me dijo por toda explicación-. Haz el favor de llevar esta carta al correo, pues mi osadía no da para tanto. No me quedan más fuerzas, ahí está la dirección y aquí tienes el dinero.
Y me dio unas monedas. No sé bien qué me impulsó a retener esta carta junto a las demás que me entregó en custodia. Hoy sé que hice bien, porque aquella última carta de Facundo solamente lo habría puesto de rodillas, cuando lo que él necesitaba era mantenerse en pie.
Flor se fue lejos, se casó, tuvo una hija y fracasó, todo casi al mismo tiempo. De Facundo no sabemos nada. Alguien lo vio con sotana de cura y no, no era él. Otro vendiendo helados, y tampoco era él. Luisa lo vio tocando el violín, de mesa en mesa, en un restaurante: falsa alarma, tampoco era él. Me gustaría encontrármelo, para de una vez quitarle el peso que estoy seguro lo agobia. Decirle nunca deposité tu última carta. Me abrazaría alborozado. Luego iríamos a emborracharnos, y quizá hasta nos iríamos de putas, sólo para darle a la celebración un toque único e inolvidable.
Aquí el tenor de la infructuosa carta:


Mi Flor indeleble:
Tu carta es una copa de veneno, pero no mata. No a mí. A veces me he preguntado si es porque ya estoy muerto, pero no. Estoy vivo y me gusta la vida: mantiene mi curiosidad, sé que me tiene preparadas nuevas argucias, intrincados estratagemas, además de abundantes letras. Seguiré viviendo con afán.
Después de leer tu "amistosa" última carta, me dio por dejarle al olvido la tarea de alimentarme. Caminaba largas horas, corría el doble de lo habitual, auscultaba minuciosa y obsesivamente las novedades electrónicas en los centros comerciales, hacía lo imposible por mimetizarme con la multitud, y cosas por el estilo. No me cansaba, no tenía hambre, no echaba de menos mi cama, olvidé a mis perros. Sólo una cosa me convenció de escribirte esta nota: Un jueves de noche fría, diecinueve horas y siete minutos en mi reloj, regresaba del trabajo como siempre, aplastado en el penúltimo asiento del bus, cuando subieron dos muchachos, uno con guitarra y otro con charango. Se ubicaron en los extremos y comenzaron a cantar “tengo marcado en el pecho todos los días que el tiempo no me dejó estar aquí, tengo una fe que madura, que va conmigo y me cura desde que te conocí".

Sus voces no eran las mejores. Sabe Dios cuántas horas llevaban rasgando sus gargantas, pero cantaban con oficio y le agregaban emoción. Aguanté firme la primera estrofa, pero cuando prosiguieron con “tengo una huella perdida entre tu sombra y la mía, que no me deja mentir” tuve que mirar la ventana, la calle, la gente, la nada y el todo. Cualquier cosa, menos mirarte a ti, que habitas en aquella canción. Aun así no pude evitar que se inundaran mis ojos. Por fortuna logré que no rebalsaran. Cuando los muchachos llegaron al estribillo ya las gotas se habían secado a fuerza de recordar tu última carta llena de desplantes y rezumando displicencia. Terminaron la canción. Se hizo silencio. Y como si supieran del golpe que me habían propinado, le dieron otro tono, la otra cara de la moneda, mientras emprendían la retirada. De mis tiempos de novel artista cantaron: “Cunumicita, linda que tienes ojos de guapurú, dame el encanto de tu boquita llena de achachairú. ¿No ves que estoy sufriendo las ansias locas por tu querer?; y ya me voy muriendo de tanta angustia por ti mujer".


Los muchachos pasaron por mi asiento: “Ya verás qué lindo es amarse con emoción. Mi amor te lo daré, cunumi con todo el corazón”. Les di, sin dudarlo, un billete de a diez. Lo merecían. Me habían llevado a ti, la flor más hermosa sobre la tierra. Fui hasta tus ojos miel. Sentí que me envolvían otra vez tus cabellos, tus manos ennoblecidas por el rigor de tus años de lucha, tu sonrisa limpia. Volvió mi ansiedad por tu talle, tu cuerpo durazno, tu abrazo mío. Y cuando me encontraba en caída libre hacia el abismo de nuestros recuerdos juntos, los mismos muchachos me habían lanzado el salvavidas de la “Cunumicita” de mis tiempos de goce, para no seguir matándome de ti.

Cuando los muchachos se fueron, me quedé pensando. No sé qué espero de ti, pero nada ha llegado, nada ha sucedido, nada ha cambiado. Tenía la esperanza de que tu abandono fuera solamente una burla del destino. Que lo sucedido fuera historia de otras personas, no de Flor y Facundo. O, que fueran una Flor y un Facundo de otros mundos, de otros tiempos. Quise que tus cartas hubieran sido el libreto de alguna película de horror y suspenso, algo que hubiera sido escrito para hacer sufrir en los cines. Pero han pasado muchos días y noches, y lo único que tengo en mis manos son tu ausencia, tus seis cartas, las ocho mías y la noticia de que andas con otro. Eso ha pasado, eso sigue pasando. No existen los milagros para nosotros. Ya nos gastamos los tres que teníamos asignados.

Hay en mi corazón una puerta que tú cerraste. Sólo tú la podrás abrir, si acaso ya no tiraste la llave al abismo. Como puedes ver estaré vivo para saber que has vuelto, y vivo para convencerme que ya no volverás.

Si alguna vez regresas al rincón donde nos sentábamos a conversar, a las páginas que escribimos juntos, a las canciones que nos hacían llorar, encontrarás vestigios de mi espera. Entonces, tal vez te provoque llamarme. Hazlo, pequeña Flor de luz, te escucharé, te atenderé, te ayudaré. Cuando tengas incertidumbre acerca de alguna intrincada tarea que no puedas resolver, llámame también para desentrañarla juntos. Cuando lleguen los momentos cruciales, la partida inminente de alguien muy querido y sepas que solamente yo puedo ayudarte a cargar el dolor, llámame Flor.

Gota a gota aprenderé a ser tu amigo, y podré vivir contigo sin vivir a tu lado.

Siempre, Facundo.

DE: CARTAS APÓCRIFAS, EL JUEGO DE LA VIDA Copyright © 2013 Rogger Alzamora Quijano

5 comentarios:

  1. Qué carta, maestro!

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  2. Gran carta para preciosa. El amor sin límites. Se me hace un nudo en la garganta. Digno final para la saga.
    J.

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  3. El amor indomable. Hay en tus personajes una conexión indisoluble que trasunta las apariencias. Están unidos. En el caso de Flor, no lo sabe, en el de Facundo no lo oculta.
    Una vez más, me suscribo con admiración.
    Marc María Vollonte, Cádiz.

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  4. Lindas canciones, triste carta, gran estilo para transmitir.

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  5. Estas son las cartas finales ¿dónde comenzó la historia?

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