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sábado, 6 de julio de 2013

AMOR PAGANO (fragmento, tercera entrega)



Aquel viernes Bruno sintió la necesidad de irse a casa y dormir en pleno día. Cerró las persianas, apagó su celular y se dijo que esa sería la noche más larga de su vida. Engulló dos alprazolanes y se metió en la cama. El sábado despertó con Mara mirándolo, derruida, llorosa. No habrá escapatoria le dijo, esta mañana hablaremos, esto no tiene que postergarse más. Y se sentaron. Bruno, medio ido aún por el soponcio de los somníferos y Mara ya serena y natural. Ni siquiera me preguntaste por el manuscrito, le reprocharía mentalmente Bruno, meses después mientras miraba por última vez el hospital donde Mara languidecía ajena a él y a los demás. Todo estaba bajo control, Bruno ya no se defendería, así que fueron directo al grano y firmaron la capitulación. Luego se dedicaron a seguir hablando para demostrarse que podrían llevar la fiesta en paz. Hablaron de sus recuerdos, su pasado, sus vidas, desde los tiempos aquellos en que yo era un borrachín y tú una morenita de diecinueve para veinte.
En una vida colmada de euforia, vértigo, rebeldía, exclusiones, transgresiones y provocaciones, y durante la ceremonia donde se le premiaría como ganador de los juegos florales universitarios -concurso que detestaba y en cuya convocatoria había tenido que participar obligado por la circunstancia de haber perdido una apuesta jugando al cubilete- habría de experimentar la primera punzada, señal inequívoca del amor. Eran tiempos de abandono, de autoexilio en el cuartucho de Cosme San Juan. Y Mara se reía -siempre se reía de aquél episodio infortunado que creyó un golpe de buena suerte-, la primera vez que Bruno se lo contó fue dos días después del día de la pared de neblina y cuatro después de la premiación adonde otra vez Bruno había acudido atontado por la malanoche, apestando a la bosta de caballo esa que fumaban tus dizque amigos y tú, y además cagándose de frío porque lo habían tenido media hora parado bajo la ducha, para que te pase el frío, huevón de mierda, y él, que prefería un ceviche con harto ají o un caldito de gallina levantamuertos, y los demás sin compasión párate ahí y aguanta, y el agua helada sobre el cuerpo desgraciado y laxo, tú saliste premiado, tú terminas de hacer el ridículo. Bruno fue a pararse al estrado, entre el rector y el clan de burócratas: vicerrectores, catedráticos y demás acólitos, y vio a Mara con una blusa estraples color naranja y una faldita de flores también naranjas en fondo negro, cascabeleando su mirada limpia, bamboleando con inocente gracia su talle estilizado y elegante como el de una vicuña, intentando ordenar el caos, parada sobre unas sandalias de taco mediano que alojaban la perfección y delicadeza de sus pequeños pies. Te quedé mirando hasta después de la insufrible ceremonia, aún con el diploma y el contrato para una futura publicación entre las manos y la huachafa medalla colgando en mi pecho mientras declaraba a la prensa y me concentraba en no perderte de vista. Finalizado el revuelo Bruno se aproximó con cautela para no asustarla, pero Mara oliendo el peligro y el alcohol barato escapó sin dudarlo, al menos hasta asegurarse de que el poeta de marras había sido ya remolcado a la sala de recepciones donde le ofrecerían vino, adulaciones y fotos, para terminar por la noche en una cantina de mala muerte, con tanto encumbrado y tanto intelectual desparramados sobre sus propios efluvios. Desde entonces buscó infatigablemente a Mara, sabiendo que en algún momento la encontraría, eras lo único bueno que me había pasado en los últimos quince años. Mara se sonreía mientras lo escuchaba narrar sus desplantes, es que no estabas sobrio nunca, llevabas una cara de permanente post vómito, todo pálido y con los ojos rojos, para qué iba a dejar que te acercaras. Pero Bruno no estaba listo para seguir viviendo sin ella y un día, mientras hacía la cola en la biblioteca, la vio y le acertó a la lotería. Hola le dijo, no sé cómo te llamas pero esta tarde te esperaré para que me tú me lo digas. Me sonó a improperio, recordó Mara, poniéndose sería como aquella vez, aunque ese día estabas sobrio, distinto, hecho un caballerito, y además no me diste tiempo para responderte, desapareciste como un renacuajo por entre los estantes. Bruno sabía que sólo la impertinencia funcionaría con ella, por la tarde la esperó oculto en el vértice de la siberia, desde donde se dominaba la salida de la biblioteca. Todos recuerdan ese rincón, allí el frío era soez, casi se podía sentir cómo la ventisca le arrancaba a uno los cabellos. Mara salió acompañada por sus colegas, y cubriéndose con las solapas hasta más arriba de las narices, se dirigió sin sospecharlo hacia la boca del lobo que le aguardaba agazapado. Cuando te vi tan de repente, me atraganté con el vendaval y comencé a toser, no estaba enferma, fue de la impresión. La neblina era color violeta de tan densa, los pasadizos hacia el patio de letras estaban desiertos, apenas se podía ver dónde poner los pies. Estabas pálido y muerto de frío como en la premiación, con la cara rojiza y los ojos congelados –también estaba muerto de miedo, le confesó recién Bruno-, me quedé mirándote sin saber si para bien o para mal, sólo que necesitábamos salir de allí, por eso te dije vayámonos, pero sentí tus manos como clavos de hielo tratando de agarrar las mías. Mara cerró los ojos, y cuando los volvió a abrir, la lluvia que había en su alma estaba mojando sus mejillas. Se quedó quieta, tragó saliva -me dabas tanta pena que me pareció que si no te abrazaba, allí mismo te ibas a morir, entonces apuré las cosas y te dije mi nombre, para que por fin caminaras, antes de romperte en pedazos, porque eso es lo que esperabas tú, a eso habías venido, a que te dijera mi nombre. Después que lo hice sentí como si hubieras colocado tu marca en mi vida. Los demás se habían ido difuminando, tragados por la neblina que ya era una pared. Mara se acordó que su cartera se había ido deslizando y cuando intentó colocarla en su hombro ya Bruno estaba demasiado cerca, tratando de secar mis lágrimas con tus horribles manos antárticas, como si no tuviera bastante con mi propio frío, pero tú no te diste cuenta, eras torpe, desatinado, desprotegido, pero también muy natural y auténtico, no sé dónde o cuándo perdiste eso Bruno, porque fue también por tu ética que me dejé abrazar aquella noche. No hubo beso, recordó Mara, salimos abrazados bajo esa alfombra negra que era aquella noche el cielo de Lima.
Los padres de Mara se enteraron del susodicho mequetrefe y quisieron prenderle fuego a Troya, pero se arrepintieron, convencidos de que también Mara se quemaría. La familia de Bruno siguió como siempre, brillando por su ausencia. Tres meses después, en una huérfana ceremonia donde Cosme San Juan fue el único asistente y testigo, se casaron sitiados por sus propias incertidumbres y urgidos por la premura del funcionario edil y el aburrimiento de Cosme San Juan.
Bruno, inestable, impulsivo, rebelde y errático. Mara inflexible, sutil, minuciosa y dinámica. Bruno, talentoso escritor a cuentagotas y bueno para nada más. Mara, una escuálida muchacha que necesitaba más bien un burgués panzón, metódico, sesudo, exitoso, solvente y prestigioso. Tal fue el diagnóstico de Cosme San Juan aquella noche de los platos rotos, recordó Bruno, es cierto que estaba enfurecido, pero lo sentí sincero, además de que eso mismo figura en su libro más famoso, tenías razón, ni Cosme San Juan ni ninguno de los demás valía un maravedí. Mara disparó una carcajada incompleta. Una manada de hienas, unos hediondos cerdos, eso eran y son. Mara lo miró con profundidad. Bruno sospechó que Mara estaba plenamente de acuerdo con el Cosme San Juan de esos tiempos, me da pena saberlo, es un instante, se puede leer en sus ojos, ahora que todo parece estar concluyendo puedo entender mejor. Como para despistar, Mara se reacomodó la larga cabellera y lo miró directo a los ojos. Después de todo, hemos tenido una vida de completa diversión, es insuperable la vida contigo Bruno, casi no tenemos comodidades, una sola vez tuvimos un viejo auto, los muebles son los mismos de hace veinte años, todo eso y más, pero he sido feliz contigo, hemos viajado, disfrutado como nadie los momentos de abundancia, dilapidado a manos llenas nuestros dineros, celebrado nuestras carencias. Hemos sido felices metidos en casa, comiendo o no, comprando baratijas y ropas de segunda mano o ropas de marca en tiendas exclusivas. Nada nos ha sido ajeno. Cada día contigo es como cien días con cualquier otra persona. Una sola cosa te faltaba para ser feliz, y eso no lo pudiste lograr nunca, era escribir con compromiso, con disciplina, con constancia, con seguridad en ti mismo, ya sé que me vas a decir que basta de sí se puede, pero quiero darme este gusto por última vez: te has rendido muchas veces y eso ha matado el Bruno que debías ser. Nunca me arrepentí por haberme casado contigo, ni por haber hipotecado mi desarrollo profesional a causa de la fiesta cotidiana que era vivir contigo, hoy tampoco lo haré, a pesar de estar decepcionada. Regresaba a casa siempre ansiosa, y tú siempre con la comida lista, con los gestos más sorprendentes, nunca me regalaste un ramo de flores caras, pero el verte haciendo una obra de arte con flores sencillas era como subir al cielo de tu mano, te levantabas muy temprano sólo para alistar mis ropas, lustrar mis zapatos, hacerme el desayuno, acompañarme hasta el paradero. Así como me hacías feliz debías haberte hecho feliz también tú. Descuidaste tu propio rumbo, te perdiste en el camino y ahora ya no te encuentras a ti mismo. Te suicidaste Bruno, estás muerto, no tienes nada. Mara rompió en llanto por un minuto. Midió cada palabra. Ya no voy a seguirte más, hasta aquí llegué. Bruno había dejado de sonreír, ni se acordaba del manuscrito, ni del entusiasmo de Philysia cuando leyó los primeros tramos. Sólo la quedó mirando, como el primer día en la universidad. Esta vez no sería impertinente, lo más probable era que Mara tuviera razón. El rechazo del manuscrito era cuestión de tiempo, Philysia no solía tardar mucho cuando se trataba de dar malas noticias, así que era mejor dejar ir a Mara y no seguir contaminándola con la desdicha. Bruno se paró, caminó lentamente hacia la puerta y se marchó.

El día que Bruno firmaba sus libros, una Philysia radiante y enamorada del éxito de su marido ordenaba el caos provocado por la multitud. Bruno le dio un beso y se escabulló por un segundo. Si pudieras verme Mara, no estoy haciendo taxi. Y escribió en silencio la mejor dedicatoria sobre su ineludible recuerdo.



DE: AMOR PAGANO © 2013 Rogger Alzamora Quijano (AMOR PAGANO © ES UN TÍTULO REGISTRADO)


2 comentarios:

  1. La he leído en sus tres partes varias veces y ya espero la siguiente entrega, pronto. El giro que toma la narración, tan íntimo y autocritico me encanta. Felicidades. J.

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  2. Gracias Josephine, pero ya no habrá más entregas de este relato, hasta que salga el libro. Sin embargo, en el futuro pondré fragmentos de otros relatos que componen AMOR PAGANO.
    Saludos.

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