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martes, 25 de junio de 2013

AMOR PAGANO (fragmento, 2da. entrega)

- Si me rechazan, haré taxi otra vez.

Hacer taxi significaba trabajar de noche. Volver a hipotecar su autoestima. Transigir. Las noches limeñas eran patéticas: putas, ladrones, indigentes. Drogas, abusos, oscuridad. No hacer ascos si querías ganar dinero. Ningún lugar está vedado. Ningún pasajero es inelegible o sospechoso. Lugares casi cósmicos, territorios de nadie, calles amenazantes. Soledad y abandono -Lizz Wright llegó desde algún lado de la casa: Hit the ground. Mara estaba siendo feliz a todo volumen-. Hacer taxi era dormirse en el auto de dos a cuatro de la madrugada en la puerta del motel de la avenida Arenales. Oír en Radioprogramas a los insomnes. Despertar para irse a los terminales de buses, donde malhumorados pasajeros desembarcan somnolientos y regatean hasta los confines. Pelearse con los demás taxistas por una moneda. Cargar y descargar apestosos bultos. Soportar la mierda misma. Hacer taxi era jugarse la vida por las mañanas, tratando de ganarle al tiempo. Entrar contra el tráfico, pasarse la luz roja, cruzar temerariamente las esquinas. Al todo o nada. Ser taxista en Lima es liarse a golpes con todo y con todos, con el único afán de ganar dinero y salir vivo. Buscar siempre entre las sombras pasajeros casi ocultos. Percibir a la distancia a los delincuentes que tratan de abordar con malas mañas. Rezar para no regresar sin pasajero después de un largo servicio, reprocharse el no haber esperado suficiente cuando el taxi de atrás logra hacerse del que habría sido tu pasajero. Hacer taxi era llegar pasadas las ocho de la mañana y tener que aguantar al compañero que por culpa tuya saldrá tarde. Hacer taxi era regresar exhausto y dormitando en el autobús, sin siquiera poderse laxar. Entrar a casa y no encontrar a Mara, sino los restos de un café bebido entre el adormecimiento, la premura y el desasosiego.
Que le aceptaran el manuscrito significaba no sólo la calma, sino el regreso desde la pesadilla. La mano que le quitaría el arma que ya le apuntaba a la cabeza. Que le aceptaran el manuscrito sería comenzar a cumplir sus promesas. Todas. Ya no más escapes ni exilios. El manuscrito era la llave de su creatividad. Miles de proyectos atascados en su mente irían pasando al papel. Así lo vio desde todos los estados de ánimo. Mara le había pedido que lo hicieran ambos, sin Lucas ni Alfredo, ni el Chuncho -esos son capaces de robarte al paso los manuscritos. Son del mismo club que el miserable ladrón de Cosme San Juan-. Mara podía ser todo lo ruda y despiadada con quien lo merecía.
Mara no era bella, ciertamente no era bella. Sus rasgos eran rectos, estilizados, firmes. No, no era bella para los parámetros de la belleza convencional; empero para Bruno Mara era mucho más que bella. Tenía un magnetismo único, que se podía percibir a la distancia. Sus gruesas cejas le daban un aire geométrico, que iba perfectamente con sus lentes. Sus ojos negros dejaban ver su insoslayable sinceridad. De tez mestiza, era delgada, piernilarga como un zancudo, busto pequeño, manos grandes, cabello lacio y tenía acuñada una sutil sonrisa que servía para desarmar a cualquiera.
Bruno y Mara se habían pasado corrigiendo largos fines de semana. Estaban seguros que el texto estaba en su punto. No le importaba el acuerdo monetario. Le daba lo mismo si fuera cien, diez o mil. Le importaba más el impulso que le daría a su vida, porque ya tendría, por fin, el otro plato de la balanza. Publicar le daría el tiempo que no había tenido para (solamente) escribir. Además de gratos momentos en la terraza, en plena meditación y disfrute de la música, mientras tramaba alguna historia; el orgullo tácito de Mara. Por fin podría ella ver al Bruno que conoció durante la premiación en el patio de letras de la Universidad ¿Ya ves? Bruno superó todo un complot, les diría Mara a sus amigos sociólogos y bibliotecólogos que no habían creído del todo en su buen ojo.

- No pienses hacer taxi. Cree en ti. Ese es tu problema, no crees en tus capacidades. Además, no me gusta que trabajes de noche. No me gusta que hagas taxi.

Mara sacudió su pelo húmedo y colocó su consabida mueca en el espacio. Bruno sabía lo que eso quería decir. Sus dientes, sus ojos, sus gestos. Era terca, no entendía de amenazas ni desplantes. Así era Mara.
El sol iba apareciendo cuando Bruno le hizo adiós antes de que ella trepara en el bus. Le dio rabia ver a su mujer en ese sórdido coloso rodante, donde se agolpaban mañosos, ladrones y ventajistas. Excepto aquél viejo escarabajo -a comienzos de los noventa- nunca habían tenido auto. Veinte años después seguían en la lucha diaria por subsistir, siempre cabalgados sobre la incertidumbre. Mara no le corría al trabajo. Desde anfitriona de eventos internacionales -aprovechando su dominio de tres idiomas-, bibliotecóloga asistente y, por cierto, socióloga. Viendo la austera vida que llevaban en su departamento alquilado, se podría decir que no habían progresado mucho. Seguían casi como al principio.
Para Bruno la vida había sido una rueda gigante que le había pasado por encima.

DE: AMOR PAGANO Copyright © Rogger Alzamora Quijano (AMOR PAGANO ©)

2 comentarios:

  1. Realmente dramática la espera de alguien que por lo que se puede ver es un talentoso escritor. La historia invita a leerla, aunque comprendo que la entregués por partes. Perdona que vuelva a insistir, ¿cómo puedo comprar tus libros Bitácora de la felicidad y El juego de la vida?
    J.

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  2. Hola Josephine, gracias por llegar a mi sitio, leer mis textos y comentarlos.
    BITÁCORA DE LA FELICIDAD y EL JUEGO DE LA VIDA estarán muy pronto en venta del mismo modo que DESHONRAS INMEMORIALES y 40 POEMAS Y OTROS TANTOS DESMANES. a propósito, gracias por comprarlos.

    Saludos. R.

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