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viernes, 8 de marzo de 2013

DRESDEN, LA CIUDAD DE LA NOSTALGIA



Escribe: Rogger Alzamora Quijano


La fría mañana develó, no obstante, un Dresden espléndido. El cielo gris contrastaba con Altstadt -la ciudad vieja-. Habíamos bajado del tranvía que nos trajo desde nuestro alojamiento en Moritzburguer Weg. Apenas pusimos los pies vimos los dorados, ornamentos por doquier, arquitectura fabulosa. Latidos de la cultura sajona que se sienten en cada rincón, en cada vista lejana o próxima. La espléndida era de Meissen que viajaron desde el siglo VIII hasta nuestros días. No quisimos -y no habríamos podido- elegir entre el Río Elba y sus puentes, o la Brühlsche Terrasse -la espléndida Terraza de Brühl- primorosamente vestida de flores y con razón llamada por Goethe El Balcón de Europa, y desde donde se puede ver la historia de cientos de años desfilando sin fin. Tendríamos poco tiempo para recorrer Dresden, así que no desperdiciaríamos ni un minuto, en especial Altstadt. Era las nueve de la mañana cuando comenzamos a humillarnos ante la Escuela Superior de Artes Plásticas, con sus imponentes estatuas. Nos miramos sin poder decir palabra, invadidos por el asombro y la urgencia de la contemplación. El intenso frío pasó a ser una anécdota. Todo era importante, todo imposible evitar.
Nos sentamos brevemente en el Planetendenkmal para la obvia foto; colocamos nuestros pies sobre la dorada inscripción “Venus: Liebe herrscht ohne Gesetz" -Venus: Las reglas del amor sin ley-; nos dejamos encantar por los primorosos edificios que se alzaban ante nosotros: el Georgenbau -Palacio del duque Georg, el Barbudo-, construcción renacentista de señoriales portales impecablemente conservados, con su espléndida Grünes Gewölbe -Bóveda Verde-, la más importante colección de Europa en su género; Augustusbrücke –quizá el más bello puente sobre el Elba-; Haussmannsturm, Ständenhaus, la ópera Semperoper, Theaterplatz, Hofkirche, Schloßplatz. A pesar del frío el paisaje era exuberante, con cientos de personas discurriendo lenta y apaciblemente como el mismo Elba. Debe ser por ello que en mi memoria, como en el de casi todo visitante de Dresden, resulta ineludible asociar a Canaletto y su grabado del siglo XVI, con la vista de Altstadt desde la margen derecha del río. El gran Elba, precioso y mítico río, me arrancó lágrimas del alma. Nos quedamos mirando el lujoso paisaje que se extendía ante nuestros ojos que convergieron en el mismo sentimiento, el mismo asombro, igual emoción.
Ya en Schloßplatz -Plaza del Palacio- todo alrededor es único. Desde la escalera de la Terraza se puede tener la mejor vista de Hofkirche, la iglesia católica imperial, con su preciosa torre de 83 metros de altura adornada con 78 estatuas de tres metros cada una. Cada detalle de la fastuosa estructura barroca tardía, construida por Chiavari en el siglo XVII por encargo de Augusto III para contrarrestar a la luterana Frauenkirche -Iglesia de Nuestra Señora- es un supremo deleite para la vista. Varios de los edificios han sido reconstruidos después del salvaje bombardeo durante la Segunda Guerra Mundial, pero mantienen su espíritu vivo, el espíritu sajón. Atravesamos el pequeño túnel y vimos abrirse a nosotros la espléndida calle Sophienstr. La Frauenkirche no nos dejó mirar su interior: habría un concierto de música y estaría cerrada al público. No teníamos boletos, así que no nos quedó más que lamentarnos pues se trata de un emblemático monumento de arquitectura fascinante en piedra arenisca, y de la que se dice es una de las joyas más destacadas de Europa, pero que además fue reconstruida con los aportes de miles o millones de gentes de todo el mundo, deseosas por recuperar tan importante legado arquitectónico e histórico, que había sido abandonado por la RDA so pretexto de ser conservada en ruinas como la consecuencia de la guerra. Pasada la desazón, acometimos la ruta que no dejaba de invitarnos. El Georgenbau, que debe su intenso color oscuro al elevado contenido de hierro de la arenisca sajona con la que fue construido y que le añade una indudable elegancia, nos tocó enseguida. El interior impresiona por sus ornamentos de grafito y la ominosa belleza de su frontis de estilo renacentista con tres portales delicadamente engarzados.
No podíamos haber continuado sin darle una mirada a la tienda de la centenaria firma Meissen, vitrina de la mejor porcelana. Sus esculturas nos dejaron perplejos por su delicadeza, finura y elegancia. Piezas de hasta 75,000 euros se exponen en su interior. Con esa sensación todavía caliente nos dirigimos hacia el muro Johanneum donde a lo largo de 102 metros se deja registro -usando 25,000 azulejos de Meissen- “El Desfile de los Príncipes”: la sucesión de la dinastía de los príncipes electores de Wettin con sus respectivas vestimentas y armas de la época. Una verdadera y monumental obra que no pudo ser destruida ni siquiera durante los bombardeos de 1945. Un mimo ataviado a la usanza de Augusto III nos miró. Nos acercamos a él sólo para comprobar su imperturbable y pulcro trabajo. No pestañeó. No mostró ninguna reacción. Solemne quietud, soberbia mirada, rígido talante, seguramente como en los tiempos de su monarca.
Luego fuimos a desembocar tras un portal en la espléndida Theaterplatz -Plaza del Teatro-, que mostraba su perla más valiosa: la barroca Zwinger (Ronda), situada entre la Semperoper y la Postplatz. Un pasaje da lugar al patio interior que tiene una sencilla pileta sin ornamentos, que obliga a resaltar la belleza de las escalinatas, las esculturas y todo el conjunto. Un todo que data del siglo XVI y que Pöpelmann terminó, logrando una perfecta simbiosis de arquitectura y magia que termina por seducir al más escéptico. Arriba, con despampanante presencia está el Kronentor -el Portal de la Corona-, símbolo del poder de la realeza, sostenido por cuatro águilas y con un dorado centellante, que parece nunca corromperse aun a la intemperie más tenaz. Siempre asombrados, recorrimos Langgalerie -La larga galería-, desde la cual se puede ver completamente el patio de Zwinger y en dichosa perspectiva la vista idílica del Nynphenbad -El baño de las ninfas-, de Permoser, y su preciosa cascada. El Zwinger nos lleva a pensar que todo cuanto se puede ver en el Dresden de estos tiempos –cientos de años después de haber sido ideado y construido- es el resultado de la conjunción de las mentes creativas más brillantes de su tiempo, quienes quisieron perennizar sus huellas como un puente de comunicación entre todos los pueblos, todas las razas, todas las naciones, todos los credos, todos los conceptos del arte. El Salón de Ciencias Físicas y Matemáticas, el Museo Zoológico, enlazados magistralmente con el Wallpavillon o Pabellón de la Muralla son un dechado de imaginería, armonía, plasticidad y genialidad en sus estructuras y decorados. La cereza de la torta resulta siendo la recreación de la fábula de las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides.
A la izquierda del Portal de la Corona se encuentra la Porzellansammlung -La Colección de Porcelana-, que guarda valiosas piezas de Asia Oriental y obviamente de la porcelana de Meissen y que la convierte en una de las mejores colecciones del mundo. Desde allí se ve la fachada de la Pinacoteca Gemäldegalerie “Alte Meister” -La Galería de los "Maestros Antiguos”- que luce con orgullo las obras de Rafael (por ejemplo, la invaluable “Madonna Sixtina”), Rembrandt, Durero, Giorgione, Tiziano, Carregio, Vermeer van Delft, Van Eyck, Lucas Cranach. Con la premura del tiempo sobre nuestras cabezas, decidimos dejar el encantamiento y salir otra vez hacia el Pabellón del Carillón. Desde allí observamos el Taschenbergpalais, destruido durante la guerra y que tuvo que esperar por su reconstrucción durante casi 50 años. Valió la pena, ahora luce fantástica. La vista se completa con la bellísima y gótica Fuente del Cólera de Semper, con sus 18 metros de altura y que semeja el chapitel de una iglesia. Una joya.
El reloj de la torre del Ayuntamiento de 98 metros de altura, rematada con el Goldener Mann -El hombre de oro nos aplazó el hambre hasta después. Casi las dos de la tarde. Media hora después decidimos continuar nuestro periplo. Elegimos el Kutscherschänke, en Münzgasse 10. Acepté de buena gana la recomendación, que poco después agradecería: un sabroso Ente mit Kartoffelknödel und Rotkohl -medio pato con bolas de harina de papas hervidas y col roja-. Delicioso. Y para beber, unas cervezas.
Al salir todavía pudimos ver parte de Alstad, pero teníamos la idea fija de enfilar hacia el Terrassenufer, el gran malecón sobre el Elba. Caminaríamos hasta cruzar el puente Marienbrücke rumbo a la Neustad. Apenas salimos hacia la gran terraza nos llamó la atención el Moritzmonument -Monumento al duque Moritz- ubicado en plena espuela del bastión: una hornacina bellamente labrada por Hans Walther II el siglo XIV, lo que hace de él el monumento más antiguo de Dresden. Cada centímetro exuda poesía, libertad, ingenio, belleza. Observamos los pequeños muelles de atraque para embarcaciones, bajamos las escaleras dejando sobre nosotros el muro de contención ante las crecidas del Elba, un camino amplio, empedrado y decorado con cubetas de flores. Unas preciosas trinitarias amarillas de corazón morado me trajeron la compañía de mamá Agustina hasta las orillas del Elba. Tomé una foto antes de sentarme en el banco de al lado y tuve su abrazo para abrigar mi nostalgia. Retomando la caminata, fuimos atrapados por la excelsa prestancia de la Staatliche Akademie der Bildenden Kuenste –Academia estatal de Bellas Artes-, justo cuando el barco Stadt Wehlen terminaba de pasar bajo el Marienbrücke. Por sobre los hombros de los demás edificios sobresale la Yenidze, la ex fábrica de tabaco en forma de mezquita, con su impresionante cúpula de vidrio colorado.
El puente Marienbrücke nos acogió mostrándonos sus viejas columnas y medialunas para el descanso. Desde allí vimos el Elba que parecía coquetear, sabedora de nuestra inocultable devoción. El paisaje era esplendoroso. Mientras íbamos llegando al otro extremo del puente, se hacían cada vez más notorias las delicadas líneas del Japanisches Palais -Palacio Japonés- en la Ciudad Nueva, y su extraña arquitectura de rasgos orientales, diseñada para ser el palacio de la porcelana asiática. Con la muerte de su propulsor, Augusto el Fuerte, habría de morir también el proyecto de lograr un interior cubierto hasta los techos con porcelana.
Un bello jardín de añosos árboles rodea el Palacio y un poco más hacia la colina se puede ver el Elba y enfrente Altstadt en su máximo esplendor. Decidimos tomar la ruta de polvo rojizo en la margen del Elba. Era una gran oportunidad para caminar por las riberas. Hacía frío, eran casi las cuatro, pero sabíamos que no iba a llover y eso era todo lo que queríamos para aprovechar nuestro plan. A las seis tendríamos que estar esperando a nuestra amiga Sue bajo el puente peatonal, en Albertstraße. Mientras caminamos disfrutando al máximo el sendero adornado con arbustos muy bien cuidados, bancas y muros de piedra, revisamos la fotografía inmejorable que se completa con los patos y otras aves al borde del río. El camino rojizo dió paso a un sendero de tierra que matizó perfectamente con nuestras más íntimas ilusiones. Sentimos muy cerca el rumor de sus tranquilas aguas, nos acercamos hasta tomarlas en las manos y, en ese trance, la magia del gran río nos cubrió con su velo de sensibilidad y esperanza. Ahora podíamos refrescar nuestras historias, dolorosas, tristes y felices.
Al filo de las cinco estábamos ya entre Köpckestraße y Albertstraße. Desde allí pudimos ver la Jägerhof -Quinta de los Cazadores-, la construcción más antigua de la Neustad, pensada por Augusto el Fuerte como casa para animales exóticos, y algunos siglos después como cuartel de caballería. Caminamos lentamente y descubrimos una preciosa fuente con cinco elefantes, desde uno pequeño hasta el más grande. Al medio de la pileta, un arlequín que completaba la notable fuente. Nos gustó. Entre risas nos tomamos unas fotos antes de cruzar hacia la otra vera del camino.
Dresden, la ciudad de la nostalgia, al día siguiente nos despidió con lluvia. Y no fue casual. Era el rostro de la despedida. Prometimos volver, para terminar esta crónica aún incompleta.

Nota del autor: Hay quienes prefieren llamarlo Dresde. Yo elegí Dresden, porque se trata de un nombre propio, el cual debe ser respetado para todos sus efectos.

DE: "LA HISTORIA EN CADA ESQUINA" (FRAGMENTO). Copyright © 2012 Rogger Alzamora Quijano.



1 comentario:

  1. Señor Alzamora, siempre es un gusto leerle.- Esta vez me ha impresionado con este relato muy peculiar a cerca de la ciudad alemana Dresden. Es una manera peculiar la suya de transmitir cultura, historia y vivencias directas suyas.
    Siga brindándonos relatos interesantes desde su punto observador, que ayuda a tener una idea directa de los lugares importantes del mundo donde Usted se encuentra.
    Espero como siempre con espectativa sus trabajos.
    Saludos.

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