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lunes, 3 de diciembre de 2012

LITIGIO

Escribe: Rogger Alzamora Quijano


Tengo ante mis ojos los tres cuadernos que dejó. Están llenos de su escandalosa letra, deforme y salpicada de jeroglíficos. Hay poemas y notas, letras de avezadas canciones y elucubraciones nada sutiles sobre la muerte. Hay uno que me impacta por dos frases memorables, que prefiero no decirlas por temor a que se conviertan en una premonición.
La fecha: mayo del 83 no me dice mucho, excepto porque recuerdo claramente que nuestro pequeño y clandestino círculo de letras conmemoraba -dolientes y borrachos todos- los veinte años de la muerte de Javier Heraud en un cuartucho atestado del inconfundible vaho proveniente de un balde de guinda de Huaura combinada con ron Cartavio. Vaya veneno. Terminábamos de componer una canción para el mítico poeta, de la que recuerdo apenas el estribillo:
A pesar de tu ternura
y de los bosques de poemas,
a pesar de tu ausencia
los tiempos son iguales
y la pena es la misma.


Seis estrofas cuya partitura y grabación en una cinta casete obran en mi poder. Todo en escala diatónica -lo que en el alcoholizado estado en el que estábamos nos complicó hasta la náusea-. Las letras son prescindibles, pero la vibrante melodía fue una muestra del ingenio al que llegamos de la mano de un muchacho a quien conocíamos por el nombre de Jota, músico autodidacta que llevaba escritas -me consta- los cuatro movimientos de una sinfonía con la que tal vez ya pasó a la historia: “Cabildo en el Cuzco, 1534”.
A lo que iba. Para entonces yo había sido testigo de todos sus versos, tanto como él de los míos. Jota se limitaba a observarnos, sospecho que desde algún recodo de su intrincada sinfonía. Revisábamos febrilmente nuestros poemas mientras fumábamos -cada uno de su propio Premier-. Las risotadas y el humo nos secaban la boca, empero, así como buenos amigos y contertulios, éramos también furibundos disidentes. Su poesía pesimista y mis cursis epigramas eran buen motivo para ahogarnos en discusiones bizantinas. Su obsesión por adornar mis simplezas y mi obstinación por quitarle drama a sus versos eran suficiente motivo de enfado.
- Bueno –decía- allá tú, sea como fuere la buena noticia es que “esto” no saldrá a la luz, así que tranquilo. No harás el ridículo.
Era alto, piel canela, ojos expresivos y grandes manos; sonrisa magnética, prestancia y lucidez sobrias y latentes, carácter irascible por el que perdía amigos y mujeres tan fácilmente como los hacía. Introvertido y tímido, orgulloso y noble, sincero y afable. Fue mi único amigo. Cuando salió de la cárcel sólo yo fui a esperarlo. Cinco días en los apestosos sótanos del palacio de justicia -a causa de una memorable golpiza a cierto agiotista bravucón- lo devolvieron a la calle con la desfachatez propia de quien se sabe indemne y resistente al abuso. Me abrazó al tiempo que pronunciaba la frase de César Moro que siempre llevó como un escapulario colgado en el alma: “Il es´t question de la victoire sur le temps”.
- Sí -le dije-, de eso tú sabes más que yo.
Se quedó mirando la calle.

El tercer y último cuaderno era también el más antiguo. Allí encontré este poema, escrito de su puño y letra:

Hoy escuché Albinoni
y su adagio sonó más triste
que tu despedida.
Hoy sé, por fin,
Que hay cosas más tristes
que tu ausencia.

Fechado: 03 de diciembre de 1978. Dos años antes de que yo escribiera mi "Epigrama de invierno"... y cuando aún no nos conocíamos:

Hoy escuché Albinoni
y su adagio sonó más sordo
que el goteo de la lluvia
sobre los charcos.
Hoy sé, por fin,
que hay cosas peores
que tu ausencia.

Me quedé perplejo. Si Paco no hubiese muerto ayer, en este momento él me estaría acusando de plagio y yo… yo no sabría de qué, pero tendría también que acusarlo de algo.

DE: EL JUEGO DE LA VIDA Copyright © Rogger Alzamora Quijano

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