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jueves, 17 de noviembre de 2011

DÍA VEINTIOCHO (FELICIDAD)




Felicidad es
esperarte,
fresca como la madrugada.

Felicidad es saberte y conocerte
en los predios de tu señera modestia,
en las aguas de la conciencia limpia,
en tu desdén por los conspiradores.

Felicidad es
tenerte en un abrazo largo y urgente,
quedarme conociendo, en el terreno de tu frente,
mapas de un mundo que nadie conoce.

Felicidad es
Oír tu risa cósmica,
la nube de tu tacto,
las colinas de tus hombros,
acantilados y bebederos.

Felicidad es
confluir en un mismo milagro.



DE: 40 POEMAS Y OTROS TANTOS DESMANES © Rogger Alzamora Quijano

domingo, 6 de noviembre de 2011

EL PESO DEL ALMA

Escribe: Rogger Alzamora Quijano

Francis Crick, el biólogo y Premio Nobel, encontró que el alma humana pesa 21 gramos y está ubicada en la marea de neurotransmisores y recovecos de las estructuras cerebrales.
Son esos 21 gramos los que se separan del cuerpo cuando morimos.
Ese último suspiro, aquella exhalación definitiva tiene entonces una explicación científica.

Pero, al margen de ella, ¿qué contienen esos 21 gramos? ¿Qué es lo que incluye aquél último equipaje que se desprende de nosotros para dejar que sólo la carne se corrompa? ¿Son acaso las mejores experiencias? ¿Son nuestros mejores sentimientos? ¿Son la mejor parte de nosotros? ¿Es lo más negativo, ruin y oscuro de nuestro ser? ¿O es un último ejercicio que nos obliga a aceptar que los 21 gramos se lleven la mejor o peor parte, según los dictados del azar?

Cuando morimos disfrutamos de un último estallido de conciencia, aquél panorama misterioso que nos obliga a confrontarnos acerca de nuestra naturaleza única. Lo inexplicable de su origen, lo fascinante e intrincado de su definición, hacen del alma la parte más importante aunque paradójicamente también la más liviana.

¿Qué se va con esos 21 gramos? Quizá nuestros valores y prejuicios, nuestras taras y virtudes. Nuestros placeres más intensos y los sabores más deliciosos. Lo que nos dolió y lo que nos enfureció. Aquellos nobles sentimientos frente a la desdicha propia y ajena; el deseo de disfrute y la sensación de paz. Todo eso que parece ser abundante e interminable sólo pesa 21 gramos.

Quizá haya que entender que el rayo destellante que se da en llamar “córtex visual” puede terminar en una explicación acerca de la teoría de la oscilación (grupos de neuronas que cambian de foco de atención según su percepción de los estímulos), y que la “conciencia” puede construir por sí misma vías alternas desde la transmisión e interpretación. Sin embargo, es el momento en que el alma abandona su cuerpo para irse a un limbo metafísico donde acampará quién sabe para siempre, que desencadena el temor general de que el tiempo destinado a desmenuzarlo y valorarlo nos será insuficiente. Aunque 21 gramos sea el equivalente a una pequeña rebanada de pan, su contenido está elevado a la enésima potencia.

El alma, ese gigante contenedor de experiencias y sentimientos, recuerdos y proyectos, desgracia y felicidad, pesa apenas 21 gramos. Pero no es su peso físico lo que importa -o le da importancia-, sino que ello significa lo que pesa la vida, lo que se llevará la muerte. Lo que realmente contiene ese menudo ato que viaja hacia algún lugar, en el momento mismo en que morimos.

Lo único cierto, entonces, es que ese equipaje está repleto de vivencias.



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