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jueves, 19 de agosto de 2010

EL DESDÉN

Escribe: Rogger Alzamora Quijano

Perdido durante miles de años en el amarillo opaco de su ceguera, Pedro salió una vez más a recorrer las calles. Recogió el mismo billete de loterías que nadie compraba; una bolsa de golosinas cuyas mieles destiladas rebasaban en exceso las envolturas y, por último, su buen humor de cada mañana. Abrió la puerta, pisó la calle y luego cerró con tres golpes de llave.
No llevaba bastón. Él mismo lograba asombrarse, como los demás, de su perfecto conocimiento de las calles.
Llegó a la esquina. Comprobó el aroma a zumo de naranjas del puesto de Isaac, enclavado junto al poste. Giró a la izquierda, mientras respondía el saludo del buen amigo y esperó que llegara el murmullo de los furtivos lectores del kiosco de periódicos. Llegó hasta el lugar. Oyó las noticias. Ensayó su primera oferta de la lotería, con una sonrisa cincelada. Nadie le hizo caso. Recogió su mano derecha y alargó la otra, con la bolsa de golosinas. Alguien le puso una moneda en la mano y no recogió el caramelo.
Luego de varias horas y cuando ya el frío aparecía por la gran avenida, Pedro se sentó en la larga banca del paradero de buses. Metió la mano en sus bolsillos y calculó: Veinte soles. No está mal, pese a no haber vendido nada.
Una vez más tendría que regresar a casa frustrado, con la agria sensación de haber transitado por el insulto.

DE: EL JUEGO DE LA VIDA © 2008 Rogger Alzamora Quijano